Lunes 7 de noviembre, siete de la noche hora de América. Las redes hierven acá de este lado del océano y del lado de la frontera sur de los EE.UU. No hay espacio para la reflexión. O con el diablo o con la diabla. Los intentos de analizar perfiles, propuestas, discursos, declaraciones, carecen de sentido. Pruebo el ambiente colocando en redes algunas frases contra Hillary Clinton y las respuestas son apabullantes: no importa si enfrenta evidencias de corrupción, si su campaña representa los intereses de Wall Street, si ella misma no parece confiable. Nada: es la opción contra Donald Trump.
Las encuestas perfilan… incertidumbre. Hay para todos los gustos: a favor de una o del otro. En las redes tampoco hay reflexión sobre los formatos de las preguntas. Nada: hay que aferrarse a la que refleje las pasiones del momento. La prensa estadunidense ha perdido el decoro: apoya acríticamente a Hillary, sin regateos, esconde información de ella, multiplica las acusaciones contra él, publica editoriales magnificando a Hillary sin el mínimo rubor crítico. Algo sabrán de lo que está en juego, pero no lo dicen con claridad.
El dato más revelador se pierde entre las pasiones: las encuestas del lunes cierran con datos casi parejos; para el análisis no importa mucho el reparto de los 538 votos electorales que deciden a quién entregarle el poder; lo que debe llamar la atención es el voto popular: mitad con el discurso agresivo de Trump, mitad con el discurso a la defensiva de Hillary, el país dividido en dos mitades. ¿De dónde salieron los estadunidenses del siglo XIX, donde aparecen los estadunidenses liberales no en ideas sino en comportamientos sociales? El mensaje no puede ser más claro: los EE.UU. no han resuelto sus contradicciones sociales; las han administrado con los gobiernos liberales, las han puesto a resguardo a la espera de gobiernos conservadores. La guerra civil se ganó en el campo de batalla, pero se sigue perdiendo en la cotidianeidad del transcurrir de las horas.
Martes 8 de noviembre, primeras horas de la mañana. Los liberales han ganado los estados de ánimo pero no carecen de asideros reales: Hillary no da para garantizar un auténtico liberalismo; los liberales no quieren el regreso de las corporaciones de Wall Street pero Hillary no hace más que representar a esos grupos; ni modo. La culpa, dicen como auto justificación, es de Trump: para que salió a revolver el pasado, sin tener garantías del presente. Hillary no es la transición, cierto, aunque tampoco es la garantía de una transformación; apenas el dique de contención de lo que representa Trump. No basta, pero apenas alcanza.
Hillary no entendió la lógica del conflicto político porque se preparó para competir contra republicanos tradicionales, tradicionalistas, conservadores de centro. Y menos aún asimiló el desafío: un verdadero liberalismo social; no, Hillary carece de esa comprensión de la realidad. Su discurso se ajustó a la coyuntura pero no asumió ningún compromiso real para modificar la estructura de la desigualdad social. Por eso no será la abanderada de la transición; al contrario, en los hechos tendrá que entender y no modificar algunas de las propuestas de Trump. Al final de cuentas, Hillary se preparó para ganar el poder, no para liderar la transición.
Martes 8 de noviembre, mediodía. Polémicas en redes sociales porque cada texto de irregularidades de Hillary recibe la descalificación de los anti Trump. Ahí está el punto central: no es que Hillary sea la esperanza; no; el asunto es más simple, más terriblemente simple: es la candidata que enfrenta a Trump. Y no, ni los liberales estadunidenses ni los liberales mexicanos son capaces de construir un voto de protesta. O Hillary o Trump. Los liberales prefieren cuatro u ocho años de Hillary a reventar la estabilidad política con la abstención, el voto en blanco o el voto por el candidato libertario o la candidata verde, otros cuatro u ocho años perdidos con tal de parar a Trump; triste destino de una sociedad incapaz de romper con el fatalismo sistémico. Allá ellos, pero también acá nosotros que padeceremos el imperialismo de dominación de Hillary.
Martes 8 de noviembre, tarde. Inevitable el resultado: no ganó el sentido común; ¿el sentido común?; al final, decían, ganará Hillary porque es el sentido común, pero no ganó la estructura del poder, ganó el ciudadano de a pie, el del destino manifiesto, el olvidado por las élites. La victoria que importa es la del voto popular: diferencia mínima entre los EE.UU. de Hillary y los EE.UU. de Trump. Habrá que ver cómo gobernará Trump: entre la mayoría silenciosa reaccionaria que quiso regresar por lo perdido y el legado de un Obama incompetente para modificar la estructura social del país; paradójico que el primer presidente negro esté dejando un país incendiado racialmente.
Martes 8 de noviembre, noche: las aguas han regresado a su cauce, la fiesta republicana, la tristeza demócrata, Hillary despidiéndose hacia las ocho de la noche, las quejas republicanas, la sociedad de regreso a sus cuevas del aislacionismo, algunos festejando, otros rumiando su derrota, el país herido, fragmentado, fracturado, quebrado, roto; el verdadero EE.UU. seguirá en la violencia en las calles, sin solucionar el deterioro moral, el 1% feliz de mantener sus expectativas, las masas sin saber qué viene, el mundo por su cuenta, el imperio sin una salida moral.
El 8 de noviembre de 2016 se puede resumir en una imagen: Bill Clinton, el depredador sexual, no pudo regresar a la Casa Blanca; Trump, el depredador sexual, ganó en las urnas; y Hillary Clinton como Lady Macbeth vistiendo siempre de pantalón masculino y nunca una falda como para demostrar que el poder es asexuado, es el poder en sí mismo, el poder, el poder, siempre el poder, el poder en masculino, paseando su sonambulismo por los pasillos de una Casa Blanca desolada.
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