www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

NOVELA

Haruki Murakami: La caza del carnero salvaje

domingo 13 de noviembre de 2016, 17:01h
Haruki Murakami: La caza del carnero salvaje

Traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets. Barcelona, 2016. 384 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. Última entrega de la trilogía de "El Rata", aunque puede leerse de forma independiente, donde está todo el gran escritor japonés. Una obra leve y profunda a la vez.

Por José Pazó Espinosa

Tusquets acaba de publicar La caza del carnero salvaje, una novela del año 1982 de Haruki Murakami. Existía ya una traducción al español anterior de Fernando Rodríguez-Izquierdo, uno de los mejores traductores de haiku del japonés, pero la nueva versión de Gabriel Álvarez Martínez se lee bien, y tiene la virtud de la invisibilidad del traductor, algo que no deja de agradecerse.

Murakami ganó con esta novela, su tercer libro, el prestigioso premio Noma japonés para autores noveles. La caza del carnero salvaje es la última entrega de la trilogía de “El Rata” y su amigo, el narrador. El mote puede sonar desconcertante, pero adelanto ya que “El Rata” es un amigo muerto, un fantasma, un alter ego del narrador que le guía sutilmente a una serie de aventuras que han merecido muchas lecturas. La caza del carnero salvaje tiene además otras cualidades murakamianas: aunque forma parte de la trilogía mencionada, tiene una independencia casi total, y se puede leer sin haber leído las anteriores. Además, es en cierta manera la precuela de Baila, baila, baila, por lo que es una novela-eje, novela-gozne, que catapultó a Murakami a un estrellato incipiente y anterior al que le llevó la muy conocida El bosque noruego; pero totalmente merecido. Porque todo Murakami está aquí, en esta novela de fácil lectura pero de compleja interpretación. Una obra leve y profunda a la vez, como es casi siempre el buen arte japonés.

La obra se abre con un hombre joven, el narrador, que recibe una carta y una foto de un amigo, “El Rata”. “El Rata” es un amigo de su primera juventud, igual que Jay, el dueño de Jay’s bar, un bar de jazz. El narrador, que se acaba de divorciar, usa esa foto -un paisaje con montañas y corderos- para un trabajo publicitario, y ese hecho desencadena una caza del carnero salvaje por Hokkaido, la isla más septentrional del archipiélago nipón. Sin casi darnos cuenta, la historia, a través de un misterioso personaje, pasa a ser una historia de desapariciones y de capturas. El narrador se hospeda en el “Dolphin Hotel”, y viaja por las montañas siguiendo la senda de la fotografía y de un aínu, un japonés perteneciente a esa misteriosa raza de pobladores medio caucásicos del Japón antiguo del Norte. La estancia en Hokkaido, culmina con una conversación con un fantasma. Y aquí es donde entra la interpretación y los desacuerdos.

A menudo, esta obra se ha leído como un relato postmoderno, neo-pop, o como una sátira a una obra de Mishima, Natsuko. Sin embargo, reducir Murakami a eso es una suerte de miopía literaria. Murakami es un autor desconcertante; sus novelas están llenas de marcas, de referencias a productos comerciales de la cultura popular. Sus personajes beben una Heineken no una cerveza, visten Levi-Strauss no unos vaqueros y conducen un Mitsubishi no un coche. En Murakami hay siempre un supertexto pop, una continua referencia a objetos y productos de la realidad más contemporánea. Pero, a la vez, hay referencias sutiles y a veces desconcertantes al mundo más clásico japonés relacionado con el más allá y la muerte. En este caso, con dos conceptos interesantísimos y muy poco conocidos: el de “kamikakushi” (con la variante “onikakushi”), y el de “yamabito”.

Kamikakushi” es una desaparición inesperada y repentina de alguien que es abducido por un dios (kami) o por un demonio (oni), alguien que deja la realidad para penetrar en el mundo de los espíritus. Son formas populares de referirse a la muerte o/y al suicidio, muy comunes en el teatro Noh. Por otro lado, otra figura del folclore tradicional japonés es la del “Yamabito”, documentada desde hace más de cien años por el antropólogo Yanagita en su libro Tono Monogatari. Los “Yamabito” u hombres de la montaña eran míticos pobladores de Japón, expulsados hacia el norte y hacia las montañas, al país del frío, por los pobladores de las llanuras, los actuales “yamato-jin”, o japoneses contemporáneos. Con estos mimbres, usados de forma casi invisible, Murakami construye una novela de alter egos, de posesiones en busca del poder, de yoes que se suicidan y vuelven a hablar con uno mismo, de mujeres a las que amar por la delicadeza de sus orejas, de casas que viven solas en el silencio y el aislamiento a la espera de que alguien las more y las caliente, de momentos llenos de tiempo vacío, de ese “mu” budista o taoísta que es la nada, y que se debe saborear con delectación y calma.

La caza del carnero salvaje es una obra preinternet. Los personajes no tienen teléfonos móviles y matan el tiempo con la bebida, la comida, la limpieza, la lectura, los cigarrillos y la proyección de uno mismo y sus fantasmas en el espacio breve de la propia habitación. Es, en ese sentido, una obra delicada, sabrosamente anacrónica, pero profundamente actual. Porque el aburrimiento y la soledad nos siguen cercando, a pesar de las pantallas, como lo continua haciendo el misterio del más allá. Murakami siempre ordena los tres mundos japoneses: el inframundo (el reino de los fantasmas, de los muertos, de la oscuridad), el mundo intermedio aparentemente real (el ámbito de la cotidianeidad, las marcas, los hábitos), y el supramundo (una referencia a un pasado ideal que se rompió y duele). Esos mundos se combinan de forma especial en los hoteles, lugares impersonales, agujeros negros del ser moderno, espacios en los que se existe dejando de ser uno mismo. Las novelas de Murakami trenzan estos tres mundos y dibujan tapices goyescos aparentemente amables, pero con una pintura negra debajo, un mundo de sombras con el que inevitablemente hay que lidiar.

La caza del carnero salvaje es la caza de uno mismo. Es la búsqueda de una paz interna a través de la destrucción de algún yo. Es la aventura que rodea a un carnero que todos queremos ser, y que casi siempre logramos ser. El narrador de Murakami, ese ser deudor de Sherlock Holmes, observa nuestros intentos con distancia y escepticismo. Sabe que nuestros afanes son los suyos. Y nos lo cuenta con calma, sin prisa, dando por sentado que somos lo bastante inteligentes como para entenderlo sin que nos lo digan claramente. Y así nos produce un placer difícil de describir y, quizá por esa razón, banal y a la vez misterioso.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+

0 comentarios