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TRIBUNA

Botellón y muerte

sábado 19 de noviembre de 2016, 19:11h

Hace pocos días, una niña moría a los doce años de vida, tras una intoxicación etílica de nocturno fin de semana. No haré la autopsia psicológica del caso concreto, cuya intrahistoria desconozco. Es su dolor lo que me conmueve e inspira la reflexión de hoy.

Este hecho atroz se repite, para desgracia de todos. Las noches de los fines de semana, que empiezan en jueves, son riadas de comas etílicos que desembocan en las urgencias de los hospitales, con adolescentes que han madrugado por la noche para encontrarse con la muerte, aunque no lo consigan. Y tampoco son suicidas voluntarios, ni lo sospechan.

La desertización de valores que sufrimos comienza temprano, al amanecer de la vida, y ésta queda estéril, empozada en un sinsentido nihilista, o víctima de una bulimia de estímulos a devorar, o suspendida de un hilo de araña, la eventual casualidad de la ocurrencia.

El fenómeno no es universal, para suerte de todos, por el esfuerzo de padres y maestros responsables. Los niños afortunados, logran un desarrollo íntegro de su persona y llegan a ser de provecho para sí mismos y para la sociedad. Otros hacen por hacer, alelados por el consumo y esclavos de sus rituales. Estos están enfermos, desnortados; pero no lo saben. Algunos se precipitan, bien pronto, por el desgalgadero de las estimulaciones y se estrellan.

¿Qué pasa?, ¿qué estamos haciendo mal?. El próximo jueves está al caer y la muerte del siguiente no se hará esperar y será definitiva como la anterior.

La palabra economía (del griego oikonomós) antes hacía alusión a la administración de una casa y estaba ajustada a frugalidad, orden y gobierno. Como quiera que todo fluye, los significados también; hoy la economía consiste en ver cuánto aguanta la tarjeta de crédito y está casada con el consumo, eje de giro de nuestra sociedad e ídolo al que rendimos pleitesía, hasta la prosternación absoluta.

Un contingente numeroso de padres no educa. Han mutado a suministradores que, habitualmente, están en el ir. Madrugan para ir a trabajar; para luego ir a comprar; para ir después a casa, a descansar. Mañana vuelta a empezar. Cuando vuelven de estar yendo, traen cosas, muchas y demasiadas: ropa de temporada de usar y tirar, juguetes que van a parar al montón, chucherías que engordan y no alimentan, propuestas de adónde ir el próximo fin de semana. Todas son cosas monas y divertidas, que se esfuman sin dejar huella.

El poco tiempo de coincidencia en casa, entre padres e hijos, no da para nada. Cuando los niños vuelven de las extra escolares, o de los deberes, o de la play, o de la tablet, van a bañarse y vienen para cenar, para ir enseguida a la cama. Mientras, sus padres van haciendo la cena rápida, vienen a coger el teléfono portátil, van a poner la televisión y vuelven al ordenador a ver su correo (¡!). Y mañana vuelta a empezar, en un eterno retorno pernicioso.

¿Qué harían los maestros si hubieran de prescindir de los carísimos libros de texto con que el sistema agobia al alumnado, arriñonado de tanto ir y venir transportando la biblioteca?, ¿qué didácticas, qué pedagogía habría que emplear?, ¿cómo habría que (e-ducere) educar?, ¿dónde estará hoy la mayéutica?, ¿dónde el aprendizaje significativo?, ¿dónde el aprender a aprender?, ¿cómo educar para conseguir que la ley sea innecesaria, como pretendía Giner de los Ríos?, ¿dónde está aquella escuela sin libros, ni lágrimas, que añoró Bartolomé Cossío?.

La carga de los deberes es a la educación lo mismo que el montón de juguetes al sentido lúdico, la farmacia doméstica a la salud y los relojes blandos de Dalí al aprovechamiento del tiempo: un apaciguamiento de la culpa inconsciente, o mero surrealismo.

La expansión del botellón, como fenómeno posmoderno, paradójicamente, nació en los campus de las universidades y crece en sentido inverso a la retracción de las Humanidades y sus valores; pregona el fracaso del sistema educativo en su conjunto; es un epifenómeno que simboliza, a la perfección, la sociedad de consumo que nos hace girar como derviches sobre su eje y nos retrotrae a las bacanales romanas, pero sin Dionysos.

Además, es un ritual de muerte: muerte crónica, a consecuencia de cada intoxicación, que mata miles de neuronas y altera la química y estructura corporal del borracho; muerte física, definitiva, cuando la ingesta resulta insoportable para el organismo; muerte psíquica, por el efecto de la dependencia, cuya secuencia y etapas están medidas técnicamente; muerte social, porque el sistema de relación que permite el alcohol es un remedo de la riqueza interactiva que puede dar de sí un ser humano sobrio.

Todo en aras de una sacrosanta libertad. Como si ésta fuera posible, dando la espalda a las causas de la conducta que se tiene por libre, y cerrando los ojos a las consecuencias de la misma. No puede haber una mejor y más plena colaboración con la Moira Átropos y sus tijeras. Por cierto, que era hija de Nix, la noche…Y es que los mitos avisan, aunque sean ignorados.

Padres y maestros, educadores para la vida, hagan pensar, inviertan tiempo en dialogar, reflexionen juntos con sus discípulos, hijos y educandos; jueguen con ellos; compartan paseos, exposiciones, visitas a museos, conciertos; gasten menos en cosas superfluas, aunque paguen menos impuestos y produzcan menos plusvalías para el capital, pero empléense a fondo en las personas; denles a conocer sus sentimientos y maneras de sentir. Así, les darán permiso para vivir y profundizarán la humanidad del hombre y la mujer que tienen enfrente.

La receta es barata y eficaz.

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