Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) ha conseguido el milagro, no tan frecuente, de aunar el favor del público y de la crítica. Y esto no solo en España sino también fuera de nuestras fronteras, contando con millones y millones de lectores en todo el mundo. Esa conciliación fue aumentando a medida que el escritor cartagenero y miembro de la real Academia Española incrementaba su producción con nuevos títulos que hoy suman ya más de una treintena de novelas -bastante de ellas llevadas al cine o la televisión-, a los que hay que añadir sus recopilaciones de artículos que dan cuenta de su habitual presencia en la prensa y de una voz que, sin temerle a la polémica, sino todo lo contrario, expresa sus opiniones sobre todo lo divino y lo humano sin cortapisas y sin miedo en saltarse a la torera lo políticamente correcto.
En la narrativa, fecunda ha sido su trayectoria desde que, tras dejar su trabajo como reportero de guerra durante más de dos décadas, decidió volcarse en la literatura. En la mente de todos están obras como, entre otras, La tabla de Flandes, El club Dumas, La carta esférica, La reina del Sur, El tango de la vieja guardia, El francotirador paciente, y Hombres buenos. Sin olvidar su serie de Las aventuras del capitán Alatriste, protagonizada por un veterano de los tercios de Flandes que vive malamente en el Madrid del siglo XVII como espadachín a sueldo.
Como espía a sueldo es Lorenzo Falcó, el personaje ahora creado por Pérez-Reverte, que, sin duda, está llamado a vivir nuevas aventuras y convertirse, como Alatriste, en una de las figuras más populares de las letras españolas de hoy. En esta primera entrega -el propio escritor ha confesado que habrá otras-, Falcó se ve inmerso en una peripecia que, aunque no de la manera en que se aborda en esta novela, tiene su parte de hecho real: el intento de liberar al fundador de La Falange, José Antonio Primo de Rivera, de la cárcel de Alicante, zona republicana, donde finalmente fue fusilado el 20 de noviembre 1936, cinco meses después de que la que sería una larga contienda fratricida estallara en España. No es, claro está, que Falcó sea falangista. A sus actividades como traficante de armas, entre otras no precisamente edificantes, se suma su trabajo para el franquista Servicio Nacional de Información y Operaciones (SNIO), que le encarga esa misión.
Así, Pérez-Reverte en esta primera salida de su nuevo personaje se enfrenta a un reto del que sale más que airoso: la novela no se aglutina en torno a una intriga central -sabemos que la misión fracasará-, y, sin embargo, la habilidad de su autor consigue que una vez comenzada la lectura sea imposible abandonarla.
Y ello es así, más allá incluso de la acción, que la hay en abundancia, y de un estilo cortante, rápido y muy eficaz, gracias a la construcción del personaje de Falcó. No en vano su nombre da título a la novela. Porque, sin duda, cuando un escritor logra erigir un personaje seductor, consigue que interese cuánto le suceda. Y Falcó encierra esa seducción. la de un personaje novelesco de buena ley que se contempla a sí mismo “como al resto del mundo, con tranquila e irónica melancolía”. Provisto de una resistencia física y psicológica fuera de lo común, a los treinta y siete años acarrea “una densa biografía a la espalda: América, Europa, España. La guerra. Trenes nocturnos, fronteras cruzadas bajo la nieve o la lluvia, hoteles internacionales, calles oscuras e inquietantes, abrazos clandestinos”.
Su talón de Aquiles son los fortísimos dolores de cabeza que frecuentemente le torturan, y que combate con cafiaspirinas, su loción es Varon Dandy y fuma cigarrillos Players. Pérez Reverte, como es habitual, cuida mucho los detalles.Y, en su bolsillo, junto a este analgésico, Falcó lleva una capsula de cianuro. Nunca se sabe si puede ser necesaria, le gusta le gusta, como recomendaba Nietzsche, vivir peligrosamente, pasearse por el filo de la navaja. Sea cuál sea su coste: “La vida era para él un territorio fascinante; un coto de caza mayor cuyo derecho a transitarlo estaba reservado a unos pocos audaces: a los dispuestos a correr el riesgo y pagar el precio, cuando tocara, sin rechistar. Dígame cuánto le debo, camarero. Y quédese con el cambio. Había premios inmediatos y tal vez castigos atroces que aguardaban su hora, pero estos últimos estaban todavía demasiado lejos”.
Al lado de Falcó, desfila toda una galería de personajes, con hallazgos como Eva Rengel, vuelta de tuerca a la femme fatale, y el jefe de Falcó, el Almirante. Falcó está recorrida por secretos, traiciones y sorpresas en un mundo donde la crueldad se ha hecho fuerte, más allá de ideologías. Y Falcó nada en él como pez en el agua, pues para él “los dos bandos estaban perfectamente definidos: de una parte él, y de la otra todos los demás”. Aunque la cuestión es que quizá Falcó tiene un código ético personal. O puede que ningún escrúpulo. Lean y juzguen.