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AL PASO

Fidel Castro: una doble mirada

Juan José Solozábal
martes 29 de noviembre de 2016, 20:11h

La desaparición de Fidel Castro provoca una doble mirada. Fidel es quizás el exponente de la mitología de la juventud de mi generación, pues para nosotros encarnó durante mucho tiempo la posibilidad de la revolución. ¿Qué es lo que propiciaba en nosotros un pensamiento social utópico, reacio al realismo y al análisis de los hechos, y propenso a la idealización y cierto simplismo, como el que abrazamos casi sin excepción? Puede creerse que era la dureza de la situación española en que nos movíamos, correspondiente a una sociedad subdesarrollada y aislada, cuya superación se antojaba más factible si se intentaba de una vez y drásticamente que mediante el gradualismo y el aprovechamiento de las experiencias de otras sociedades contemporáneas, transitando necesariamente por un camino semejante al que otros países habían recorrido, esto es, con etapas intermedias y situaciones provisionales y complejas, que podían abocar a un escenario social y político quizás, a pesar de las apariencias, no muy diferente de aquel de que partíamos, alcanzando una libertad, decíamos, meramente formal, propia de las democracias de fachada o no verdaderas.

Lo que representaba el castrismo era la encarnación viva de la revolución planteada en el nivel ideológico fundamentalmente desde la perspectiva marxista. El futuro perfecto aparecía, además, abocado a la realización, a través de la práctica revolucionaria organizada por el partido. Así, el castrismo, en efecto, suministraba visos de verosimilitud a la utopía, que dejaba de existir exclusivamente en el nivel del pensamiento –su realización en la Unión Soviética nunca nos pareció atractiva: nos ocurría como a aquel personaje del Cándido de Sciascia, que, pensando en el exilio si la revolución comunista fracasaba en Italia, lo localizaba en París, pero nunca en la Unión Soviética-. Cierto que con el tiempo acabaríamos abandonando el modelo castrista, a medida que los tintes censoriles y represivos del régimen alcanzaron trazos insoportables, que por ejemplo le llevaron a prohibir la difusión de las obras de Sartre o Simone de Beauvoir, por haber criticado la persecución y el enjuiciamiento del disidente y poeta Heberto Padilla en 1971, según cuenta Enrique Krauze en un equilibrado comentario en la New York Review of Books en abril de 2015 a dos monografías sobre la época castrista; pero la cuestión continúa planteada, ¿por qué preferíamos la utopía al estudio de nuestra forma social, la filosofía especulativa a la historia, la mitología revolucionaria al análisis de los procesos sociales.?

Las ciencias sociales tenían durante el franquismo un sesgo ideológico indudable, pues se enfocaban preferentemente como intentos de justificación del sistema. Carecíamos de la referencia de maestros con un componente crítico que nos enseñaran las posibilidades de transformación del modelo social y nos formaran en el dominio de instrumentos del análisis histórico, económico, etc, propio de las universidades de los países de nuestro entorno. La guerra civil nos había privado de la plantilla de la universidad republicana, que en diversas disciplinas, había alcanzado un nivel considerable, parangonable sin duda con el de las instituciones académicas europeas. Los maestros del Centro de Estudios Históricos, o los filólogos de la Facultad de Letras de la Complutense, o los juristas de la Revista de Derecho Público, tras la guerra civil, debieron salir del país o callarse. La privación de esta referencia científica, hablo de las disciplinas sociales, nos dejó inermes frente a la tentación de la simplificación de la utopía revolucionaria y su palabrería.

La segunda reflexión tiene que ver con el futuro del sistema político establecido por el castrismo. Hace algo más de diez años, antes de que Fidel hubiese abandonado el timón, pero vigilase el proceso desde un puesto de observador privilegiado, tuve ocasión de participar en un seminario, organizado por la New York University, sobre la transición cubana. Partíamos de que la transición cubana habría de ser más difícil que la española, pues la transformación requerida no solo tenía que ver con el sistema político sino con el propio orden económico, abandonando, a través de una fase de economía intervenida, una economía dirigida en favor de un modelo que reconociese la iniciativa privada y un rol determinante al mercado. Las transformaciones económicas de la Europa el Este, y de la propia Unión Soviética, a las que me parece que se refirió en la reunión académica mi querido colega Michel Rosenfeld, ofrecían detalles positivos, pero también escollos y errores que debían evitarse.

En el aspecto político, me atreví a realizar dos observaciones que podrían resultar de utilidad también en el caso cubano. Primero, en España la desaparición de Franco generó unas posibilidades que desbordaron cumplidamente las previsiones del propio régimen para su modificación: no es cierto, por tanto, que el sistema llevase a cabo una transición que se desarrollase exactamente conforme a pautas fijadas de antemano. Las elecciones del 15 de junio de 1977 no fueron convocadas expresamente como constituyentes, pero tal rol se asumiría como evidente de modo inmediato; la liquidación de las instituciones del régimen anterior fue también un objetivo impuesto al gobierno de Suárez; la legalización del partido comunista, en sí un exponente de la seriedad de la voluntad reformista, se hizo inevitable tras la demostración de fuerza en el entierro de los asesinados en el despacho laboralista de Atocha.

En segundo lugar era conveniente que los exiliados cubanos en los Estados Unidos no contemplasen el futuro político de la isla desde la perspectiva de la revancha o el ajuste de cuentas con el régimen. De modo que la transición habría de ser pactada, y a ser posible con el protagonismo de alguien procedente de las mismas fuerzas castristas, como había ocurrido en el caso español con Suárez, que había sido durante el franquismo precisamente ministro secretario del Movimiento, esto es, el jefe del partido único del régimen.

Han ocurrido algunas cosas en Cuba después de que expusiera mi análisis del modelo de transición. De una parte, Raúl Castro ha llevado a cabo una liberalización económica del sistema, de modo que se calculan en más de 500.000 los agentes económicos independientes en la actualidad. De otro lado el establishment mismo ha tomado medidas para asegurar su supervivencia o la resistencia a la trasformación, que, por su parte, el modelo español también experimentaría, aunque no se optase por la ruptura y el cambio se presentase como reforma. Esto no quiere decir para nada, seguramente, que la muda del sistema haya de esperar hasta la renuncia de Raúl Castro en el año 2018. La desaparición del fundador del castrismo llevará, sin duda, a la liquidación del régimen, más pronto que tarde. No tengo la menor duda.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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