El 8 de diciembre de 1980, Mark David Chapman acabó a tiros con la vida del mítico cantante británico a las puertas del edificio Dakota de Nueva York conmocionando a un mundo que sigue muy alejado de los mensajes de paz de Lennon. Condenado a un mínimo de 20 años de cárcel y un máximo de cadena perpetua, a Chapman le ha sido denegada en nueve ocasiones la libertad condicional.
Aquella, la del frío 8 de diciembre de 1980, se convirtió de inmediato en otra de esas fechas malditas difíciles de olvidar. John Lennon, famoso más allá de los Beatles, poeta excéntrico, mensajero de amor y paz, exquisito compositor y rebelde enamorado, acababa de ser asesinado a las puertas de su casa neoyorquina. La impactante noticia recorrió velozmente el mundo, a pesar de la ausencia de redes sociales, y junto a la música del cantante de Liverpool empezó a sonar el nombre de su asesino, Mark David Chapman. Un joven texano de 25 años, obsesionado con Holden Caulfield, protagonista del libro de J.D. Salinger “El guardián entre el centeno”, que unas horas antes de apretar el gatillo ya había abordado a Lennon en la calle para conseguir el autógrafo de su “objetivo”.
Como suele ocurrir, los problemas mentales de Chapman venían de largo y las alarmas sonaron más de una vez, pero –también como suele ocurrir– nadie podía imaginar lo que tramaba aquel joven de infancia marcada por las drogas y el maltrato que a los dieciséis años quiso poner rumbo en su deriva refugiándose en el cristianismo. La novela de Salinger volvió a prender la mecha de su locura, como en realidad lo habría hecho cualquier otra cosa. “Me estoy volviendo loco. El guardian entre el centeno”, escribió Chapman en una carta a su amiga Lynda Irish tres meses antes de viajar a Nueva York. Otros amigos aseguraron entonces que Chapman estaba enfadado con Lennon por haber dicho que “los Beatles eran más grandes que Jesucristo” y por haberle pedido a la gente que imaginase un mundo sin posesiones cuando él tenía millones de dólares, “riéndose de gente como yo que se creyó sus mentiras y compró sus discos y construyó una gran parte de su vida alrededor de su música”. Sin embargo, a la sinrazón nunca le han hecho falta excusas.
Hoy, aquel joven sudoroso de gafas ahumadas y gesto adusto que descubrimos en la ficha policial que dio la vuelta al mundo es un hombre de 61 años a quien ya se le ha denegado la libertad condicional en nueve ocasiones. Después del asesinato y tras ser evaluado por los correspondientes psiquiatras – de los seis que trabajaban en su defensa, cinco diagnosticaron esquizofrenia paranoide y el último lo calificó de maniaco-depresivo -, todo parecía indicar que Chapman iba a ser ingresado en un hospital, pero él negó que fuera “un loco” y despidió a su defensa, confesándose culpable del asesinato: la sentencia le condenó a un mínimo de 20 años de cárcel a un máximo de cadena perpetua. En el año 2000, Chapman se sometió por primera vez a reconocimiento para determinar si se le concedía la libertad condicional. Fue también la primera que se le denegó. Yoko Ono envió una carta oponiéndose a la liberación en la que alegaba temer por su propia seguridad y la de sus hijos, y el tribunal determinó que poner en libertad al asesino de Lennon “sería menospreciar la gravedad del crimen y socavar el respeto por la ley”.
De forma regular, cada dos años como prevé la ley, Chapman ha seguido solicitando en vano la libertad condicional. Asegura que no supone un peligro para la sociedad y jura haber encontrado la paz en Jesús, pero continúa en la cárcel, donde su convivencia con otros reclusos es todavía restringida. Está previsto que la próxima audiencia del tribunal a Chapman tenga lugar en 2018. La viuda de Lennon no ha cambiado de opinión y lo quiere entre rejas, igual que la hermana del artista, para quien Chapman debe seguir recibiendo tratamiento psiquiátrico en prisión. Sin embargo, el debate sobre la libertad de Chapman está cada vez más abierto. Todavía de forma mayoritaria en contra, pero con el tiempo, año tras año, cuando llega el momento de volver a comparecer ante el tribunal, se escuchan con más fuerza las voces, antes muy tímidas, que cantan a favor de que Chapman salga en libertad.
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