Entre gente "guapa" aplaudía la llegada de Francisco. Por Rafael Ortega
Todo comenzó hace 63 años, cuando el entonces Papa Pío XII se acercó por primera vez a la romana Plaza de España a depositar una corona de flores ante la columna que sostiene una imágen de la Inmaculada, que está situada entre el edificio de Propaganda Fidei y la Embajada de España cerca de la Santa Sede. Ahora, el pasado jueves, he visto llorar a un pobre, entre tanta gente "guapa", que aplaudía la llegada de Francisco.
He visto llorar a un pobre al que un policía apartaba bruscamente porque iba a pasar el Papa, que ha mirado al hombre mientras le saludaban ceremoniosamente el Vicario de Roma, cardenal Valini, y la alcaldesa, Virginia Ragi.
Un pobre que ha oído las palabras de Francisco dirigidas a la Virgen: "Te traigo, Madre, a la familias que llevan adelante la vida y la sociedad con su compromiso cotidiano. En particular a las familias que tienen más dificultades por tantos problemas internos y externos. Te traigo, Madre, a todos los trabajadores, hombres y mujeres y te encomiendo especialmente a quien por necesidad se esfuerzan por desempeñar un trabajo indigno y a quien ha perdido el trabajo y no puede en encontrarlo".
Unas palabras aplaudidas por todos, incluso por la gente "guapa" pero que han hecho sonrerir al pobre, a quien le he preguntado por su cambio de actitud.
-Hoy el Papa -me ha dicho- me ha dado la mejor limosna.
Y este pobre periodista, que acudía como otros muchos años a la ceremonia, se ha emocionado, pues Francisco sabe llegar a las periferias aunque esté en pleno centro de Roma junto a las calles donde la moda más cara del mundo se cruza con el pobre y donde el rico más rico, aunque sea sólo un 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción, tiene que bajar la cabeza.