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POCO A POCO

La socialdemocracia ha muerto

lunes 12 de diciembre de 2016, 16:01h

A finales de los años 70, la izquierda europea como conjunto se encontraba en una encrucijada, en ese punto de inflexión que acontece una vez en la vida y que a la postre lleva al éxito o al rotundo fracaso. Marxistas, comunistas y otros radicales optaban por seguir en la trinchera, mientras que socialistas y socialdemócratas optaban por la moderación y la palabra como arma política.

En los comienzos de la arquitectura comunitaria actual, la socialdemocracia en el Viejo Continente, cuyo objetivo era reformular el capitalismo desde el poder de las urnas para que este sirviera al individuo y no al mercado, tenía ante sí la disyuntiva de elegir entre una construcción común, insuflada por los aires de crecimiento y bonanza, que giraba en torno al liberalismo económico o seguir embarrada en la lucha social que tantos réditos le había dado en los lustros anteriores. Debía decidir entre convivir con lo que consideraba el diablo u oxidarse en su propio discurso.

Ante esta tesitura tan comprometida como comprometedora, la izquierda moderna se decantó, quizás creyendo que desde el poder económico su proyecto progresista arraigaría más y mejor, subirse al carro comunitario, ese que mira por cualquier cosa antes que por su principal activo: el ciudadano. Ese fue el momento en el que la socialdemocracia se condenó a sí misma, y así le luce el pelo hoy en día.

Cómo entender que los mismos que bregaron por los avances proletarios, aquellos que consiguieron cada pequeño logro social que hoy disfrutamos como si hubiesen surgido por generación espontánea, aquel movimiento que recogió la voz de las mujeres, los inmigrantes y las minorías, que abrió el espectro ideológico lejos de los extremismos del comunismo soviético y el marxismo utópico, hayan perdido tanto el rumbo y hayan acabado por encallar en su propia identidad.

La izquierda social no sabe qué es ni a quién se dirige. Repiten, sin distinción de latitudes, discursos que suenan muy bien pero que no casan con una realidad que les da de collejas por todos lados evidenciando que ha acabado por ser el alumno tonto que se lleva todas las del grupo. Le ha pasado por fuera una izquierda populista y radicalizada que ha sabido echar raíces en ese descontento de las clases más bajas con la política y hastiada con tanto cinismo dogmático, y por la derecha un conservadurismo que sí ha sabido adaptarse al liberalismo del siglo XXI y gestionar con más astucia el poder.

Hoy en día, la socialdemocracia en Europa languidece en un discurso a mitad de camino entre el sinsentido y la hipocresía. De Francia a España, pasando por Alemania, Italia, Portugal o Reino Unido, el progresismo moderado ha caído en ese falso paradigma que les hace creerse poseedores de una verdad que sólo tiene sentido y significado para ellos mismos, la de la lucha de las clases medias y bajas, cuando éstas han sido despreciadas sistemáticamente desde hace años por presidentes y primeros ministros que se debían más a las políticas de Bruselas que a los principios que les auparon al poder.

Cabe pensar que es momento de refundarse, de reescribir las bases para empezar a levantar el proyecto. Pero, ¿sobre qué? El discurso de mediados del siglo pasado, que es el que se escucha todavía en los mítines hoy en día, ya no vale para el 2017 que estamos a punto de empezar. Hace falta perspectiva de futuro, visión política y responsabilidad ideológica, y cuesta ver un líder en la siniestra europea que aúne esos atributos.

La socialdemocracia, tal y como se conocía, ha muerto, porque ya no es ni social ni mucho menos democrática. Ya no tiene cabida en la sociedad actual en las formas ni en el fondo de hace 50, 40, 30 o incluso 20 años. Es momento de que la izquierda caiga en la cuenta de que debe 'resetearse' a sí misma y afrontar el futuro con otro prisma. Es hora de una catarsis que lleva años tardando en producirse y de ahí los resultados a lo ancho y largo de Europa. Es imperativo y es ahora o nunca.

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