Las sacudidas electorales en el año que acaba han puesto la democracia liberal a la defensiva. Los prescriptores miran con desasosiego hacia el bosque del que salen las voces del malestar. En la alegoría de M. Night Shyamalan, el bosque representa la morada del otro. Es frontera y margen. En la crisis de la democracia representativa, el bosque ocupa el centro de la ciudad. El referéndum sobre la Unión Europea en el Reino Unido, la elección de Donald Trump en los Estados Unidos, las consultas de Colombia, sobre el acuerdo de paz, e Italia, sobre la reforma constitucional, han instalado a la tribus del bosque en la polis. Ultras, populistas, radicales no gimen en los márgenes. Rugen en el foro.
Una mutación de la democracia en tecnocracia hace del bosque además un lugar de confinamiento. Allí acaban los repelidos por los códigos de la eficiencia y el victimismo. Ser un experto o tener una identidad agraviada –étnica, religiosa, sexual, de género– priman como fuentes de legitimidad. Dan acceso inmediato a las coaliciones dominantes. Razón y trauma, descripción y exorcismo, la democracia se ha vuelto el gobierno de los tecnócratas y los neuróticos. Es más: ha conseguido hacer del dato una forma de neurosis, y del victimismo, una técnica del poder. Lugar de vida civilizada en los extremos –realismo y demonios; hechos y fantasmas–, la democracia de los expertos y las identidades se ha olvidado de qué hacer con el común de los mortales. El no iniciado, el no afiliado, el sujeto en soledad, forman la nueva barbarie del bosque en el que ningún demócrata quiere entrar. No saber–no pertenecer: taras de los comunes, síntomas del infectado.
El voto del Brexit, el “no” en Italia y Colombia, la elección de Trump, enseñan que el bosque no crece a las afueras de la ciudad. Por el contrario, es la confortable polis liberal la que está plantada en medio del bosque. Al desafiar a los expertos, al cuestionar la legitimidad de las minorías identitarias para ordenar la sociedad en nombre de todos, los expulsados han constituido en una nueva identidad en sí misma. Exaltan la voluntad del pueblo y, al mismo tiempo, son los mayores críticos de la democracia. Apelan a las instituciones y las niegan. Celebran la tradición y la erosionan con un discurso revolucionario. Su lugar está en permanente tensión con la zona de confort de la democracia. Su lugar es el bosque.
Son los nuevos pachucos, las tribus de jóvenes de ascendencia mexicana en las ciudades de California, de las que habla Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “...incapaces de asimilar una civilización que, por lo demás, los rechaza, los pachucos no han encontrado más respuesta a la hostilidad ambiente que esta exasperada afirmación de su personalidad”. Su rebelión no es la del hombre-masa descrito por Ortega. Aquella era una fuerza de destrucción dirigida conscientemente contra la democracia liberal. Por el contrario, esta rebelión de los comunes responde a un instinto de conservación. Su malestar nace de la imposibilidad de afirmarse. La ruptura del orden democrático no está, en principio, en el programa de las criaturas del bosque.
Aun así, la tensión con la democracia se da en ambos lados de la frontera entre el bosque y la ciudad. De aquel lado, una afirmación anti-elitista que puede acabar produciendo mutaciones reaccionarias. El nacionalismo, la nostalgia por el orden de los Estados-nación del siglo XIX, ciertos discursos xenófobos, el resurgir del antisemitismo, o el reconocimiento de la Rusia de Vladimir Putin como un éxito del épica tribal son algunos zarpazos de esa vis monstruosa. El confinamiento puede ayudar a que esa cepa anti-democrática se desarrolle. A este lado, la tentación autoritaria también flirtea con la coalición dominante. Políticos, expertos, periodistas y grupos identitarios tienden a acentuar su desconfianza de las mayorías.
El debate sobre la influencia de las fake news –“noticias falsas”– que ha ocupado a la industria de los medios desde el triunfo electoral de Trump es solo un ejemplo de esta tensión entre tecnocracia y libertad. Un estado de “post-verdad” en las sociedades democráticas explicaría el ascenso de los “populismos”. El declive de una cultura del conocimiento habría dado paso a otra del prejuicio. Esta degradación cultural estaría detrás de todo lo que está pasando: desde el referéndum del Brexit a las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, pasando por el rechazo al acuerdo de paz en Colombia y a la reforma constitucional en Italia, o el crecimiento de nuevos partidos que niegan el statu quo y se sitúan al margen de las coaliciones de poder y de sus consensos.
Como puede apreciarse, ni siquiera las profesiones dirigentes escapan a su propia burbuja de análisis, y tampoco son inmunes a la postración del mundo factual. Necesitan sus propias metáforas. El bosque y sus voces torturadas son el mito del “otro” en esta democracia a la defensiva.
El bosque, con sus deplorables, sus bulos en internet y sus cámaras de eco. El bosque, linde de la democracia. Su afuera aquí.
Una buena metáfora a mano siempre es mejor que reconocer la falta de autoridad de los prescriptores y el fracaso de sus políticas de la identidad.