Hace poco más de una semana un terrorista mató a cuatro militares israelíes -una oficial y tres soldados- e hirió a otros 17. Fue el primer atentado en Jerusalén inspirado en las tácticas del Estado Islámico. El autor fue el joven palestino Fadi Al Qunbar, que arremetió contra un grupo de soldados con un camión. Después de la primera embestida, retrocedió para un segundo atropello. Lo abatió un guía turístico que, en ese momento, acompañaba a los soldados. Al conocer la noticia, la hermana del terrorista celebró el atentado: “Alabado sea Dios porque mi hermano ha sido un mártir. Es el martirio más hermoso”.
Las similitudes con los atentados de Niza (14 de julio de 2016) y de Berlín (19 de diciembre de 2016) son evidentes y no necesitarían de explicación. Creo que, en general, nadie consideraría “atropellos” aquellos dos atentados cometidos en Europa. Sin duda, si una persona es golpeada de muerte por un camión, uno puede entender que la ha “atropellado”, pero -en general- el atropello se asocia al accidente, a la involuntariedad. Considerar que lo de Niza o Berlín fueron atropellos, entrañaría un engaño so pretexto de rigor. Sería la más peligrosa de las mentiras: la media verdad.
Sin embargo, en España leímos aquellos días, en relación con este atentado en Jerusalén, mensajes desafortunados o engañosos por no decir, directamente, infames. Se escribía y se hablaba de “atropello” como si éste no hubiese sido la táctica empleada en un atentado terrorista, sino un acontecimiento cuya sola explicación pudiera ser el infortunio, es decir, como si se tratase de un accidente de tráfico o de un conductor temerario. Hubo otros que añadieron a la mentira del eufemismo la ofensa de justificarlo invocando la “ocupación” o el “conflicto”.
Una mentira no dice nada de la realidad -ni siquiera la media verdad que pueda camuflarla- pero puede decir muchísimo del mentiroso y de quien le da crédito. Habla de la mala fe de aquél y también revela la ignorancia, la ingenuidad o la confusión de éste. A veces, pues, uno y otro quedan desenmascarados por esa mentira que oculta una verdad -la de los hechos- pero nos muestra otra: la del mentiroso, sus víctimas y sus cómplices.
En España y, en general, en Europa, venimos padeciendo una confusión letal en lo que se refiere al terrorismo yihadista. Lo que claramente resulta condenable cuando sus víctimas son europeos, se silencia o incluso se justifica con los más diversos pretextos cuando los muertos son israelíes. Así, el discurso se desenfoca. Deja de hablarse del terrorismo y pasa a discutirse si hay circunstancias que lo legitiman. Jamás admitiríamos este debate si se tratase de atentados terroristas en Europa.
Esta confusión moral es suicida.
En España, el doble rasero que se aplica al terrorismo cuando los atentados son en Israel dice poco de lo ocurrido, pero dice mucho de nuestra sociedad y sus errores. Durante años, hubo quien asumió que el terrorismo era el recurso de los “débiles” frente a los “poderosos”. Por otras ofuscaciones -en las que ahora no entraré- parecía evidente que los primeros necesariamente debían tener razón frente a los segundos. Sin embargo, ahora sabemos que el terrorismo es el arma de los fanáticos frente a todos los demás. Tiene poco que ver con la riqueza -salvo que entremos a ver quién financia a las organizaciones terroristas- y mucho que ver con la educación en el odio, el radicalismo religioso y la propaganda yihadista.
La combinación de confusión moral, corrección política y miedo nos está asfixiando como sociedades y está debilitando los fundamentos que toda democracia necesita para mantenerse cohesionada. A diferencia de las tiranías teocráticas que fomentan el yihadismo, las sociedades occidentales -entre las cuales está Israel- se basan en la dignidad intrínseca del ser humano, en la libertad, en la razón, en la limitación del poder. Todo esto se vuelve vano cuando uno tiene miedo a llamar a las cosas por su nombre. Si tememos decir que este atentado en Jerusalén fue un acto de terrorismo, los yihadistas ya habrán obtenido una primera victoria.