Más allá de la repulsión al personaje que me despierta Donald Trump, que esta semana vivirá el momento de su vida al ser investido como cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos, cabe hacer un ejercicio de reflexión y darle al César lo que es del César, pues aunque nos cueste reconocerlo el magnate es un genio en lo suyo.
Durante meses, el presidente todavía electo ha desarrollado una estrategia de comunicación que aún hoy, con las puertas de la Casa Blanca abiertas de par en par a él y a su cuadrilla, le sigue dando un rédito inusitado. Lo fácil es quedarse con la fachada, con la verborrea de la que hace gala siempre que puede y que no sólo resulta insulsa y hasta ofensiva, sino que muchas veces carece de todo sentido ejecutivo.
Sin embargo, Trump ha sabido leer mejor que nadie, y desde luego lo hizo mucho mejor que su rival en las presidenciales, Hillary Clinton, cómo tratar a esa masa atontada que representa la opinión pública norteamericana. Rompiendo con las formas tradicionales, ha eliminado a los periodistas, que debemos hacer un examen de conciencia en profundidad, como intermediarios de su discurso y se ha centrado en el meollo de la cuestión: convencer al electorado, que es el que manda.
Nos sobran los ejemplos de políticos que hablan de cara a la galería, se les llena la boca para convencer a analistas y periodistas pero que olvidan la razón de ser de un discurso político, que no es otro que convencer al individuo, y no tanto al colectivo, de que se es mejor opción que el contrincante para el bien común. Por ello, Trump pasa olímpicamente de ruedas de prensa, a las que de vez en cuando asiste con evidente desdén por lo que tiene enfrente, y prefiere proyectar su discurso llano y simplón, sí, pero también directo y accesible a través de las redes sociales.
Solo su rueda de prensa de la semana pasada, la primera en más de dos meses desde su victoria, fue seguida por más de 10 millones de personas a través de su plataforma de Facebook. Su cuenta de Twitter, su púlpito personal donde tan pronto habla de Rusia o Estado Islámico como carga contra Meryl Streep por "sobrevalorada" y que utiliza en primera persona con gran asiduidad, es seguida por más de 20 millones de 'followers', una audiencia envidiable y preciada.
Es por ello que podremos menospreciar al que va a ser el presidente de EEUU durante los próximos cuatro años como político, pero lo que hay que reconocerle es una habilidad superlativa a la hora de diseñar un mensaje para engatusar y convencer. Lejos de la interesada palabrería prefabricada y eufemística de la clase política tradicional, Trump, populista y popular, ha dado con la tecla a través de un mensaje que entiende desde el licenciado magna cum laude forjado en la Ivy League hasta el vaquero más aislado de Wyoming.
Quizás se encuentre ahí el quid de la cuestión y de un modo rocambolesco este nuevo líder del mundo occidental que nos ha tocado haya reescrito las reglas de la comunicación política moderna. Nos gustará más o menos, pero hay que admitir que, al menos en esto, Trump ha demostrado ser un genio que está dos pasos por delante de la mayoría.