Imposible no reparar en el discurso del Presidente de la gestora del Partido Socialista del pasado sábado: una pieza oratoria absolutamente modélica, en la forma y en el fondo, e insólita en nuestra vida política; espléndida reflexión sobre las posibilidades y límites, sobre la grandeza y las frustraciones de la acción política. Comencemos por la forma. Se trata de una intervención no leída, pronunciada sin vacilación ni vehemencia, con la fuerza de convicción de los argumentos, que el orador traslada tranquilamente a la audiencia. Oyéndole desgranar las ideas, lo que Javier Fernández llama el “frío argumento de la razón”, uno tiene presente la frecuencia con que se incumple el principio de nuestro viejo parlamentarismo que recordaba Azorín: en el Congreso no se pueden leer los discursos; hay que pronunciarlos. Fernando Savater ha dicho también alguna vez que es incapaz de hablar y leer al mismo tiempo. Pero estas intervenciones sin apoyatura escrita alguna son difíciles: hay que hablar desde la sinceridad, par coeur, que dicen los franceses, o con una preparación esmerada. En esta ocasión, sea como fuere, el resultado es extraordinariamente brillante.
Vayamos ahora al fondo del discurso. Lo que caracteriza a un gran partido político, sostiene el Presidente, es actuar con responsabilidad, esté en el poder o se encuentre en la oposición. La responsabilidad implica disposición para pactar o llegar a acuerdos cuando estos son posibles sin renunciar a las propias posiciones esenciales. “Un responsable político tiene que distinguir entre lo que es un compromiso, o un acuerdo razonable, y un pacto indigno”. Aunque en la inhóspita realidad española el enfrentamiento tiene prestigio, y es a lo que conduce la acción política conducida por la emoción, la gravedad de la situación puede exigir refrenar el impulso primario y atender a la razón, que demanda transigir, porque la incapacidad para el acuerdo se paga siempre a un precio muy alto que es el de la degradación de las instituciones, el descredito del sistema democrático. En la esencia de nuestras democracias, especialmente en los momentos graves, está la disposición al compromiso.
El Partido Socialista es una fuerza política moderada. La moderación se muestra en la fijación del alcance de la acción política: reducción de la igualdad, defensa de lo público; pero es asimismo la seña de cierta actitud o modo de hacer política, afirmada sobre el diálogo o la creencia en la capacidad de convencer mediante la razón, y focalizada en el parlamento. “La moderación es la que me hace no hacer del adversario un enemigo porque si hacemos del adversario el enemigo, renunciamos al diálogo. Y si renunciamos al diálogo, renunciamos al Parlamento y si renunciamos al Parlamento, renunciamos a la política. La política se hace allí” y es donde el partido, en la coyuntura actual que vivimos, ha de acreditarse por su labor frente al gobierno y como alternativa al mismo. De cara a los ciudadanos lo que caracteriza al Partido Socialista ha de ser su compromiso con lo público, cuya justificación es asimismo general, pues son los servicios públicos los que aseguran la igualdad esencial de los ciudadanos y permiten el rendimiento cabal de las potencialidades de la sociedad. La historia del partido es la expansión de su puertas a quienes en el origen no eran ni obreros ni socialistas.. La última incorporación será la de los creadores, los investigadores, los innovadores, los emprendedores, esto es, las figuras centrales del nuevo paradigma productivo. “ Y tendremos que decir que esa gente investiga más y emprende más e innova mejor en sociedades cohesionadas, en sociedades que tienen unos servicios públicos sólidos, universales, porque son más seguras, porque son más estables, porque son más humanas, más vivibles, más habitables”.
Quizás lo mejor del discurso de Javier Fernández, a quien por cierto no conozco: no le he saludado en mi vida, es la parte dedicada a su reflexión sobre el modelo territorial (“el mayor problema para los ciudadanos es el paro, pero lo que más nos divide es el modelo de Estado”, dice).Son tres las afirmaciones del Presidente. Primero, socialismo no es nacionalismo, pues se trata de ideologías radicalmente enfrentadas, podía haber dicho recordando a Unamuno. Su lógica, o estructura mental característica es esencialmente diferente: el socialismo recurre al escueto argumento de la razón, no al sentimiento o los relatos mentales que tienen que ver con la tribu y el grupo. También, en segundo lugar, es distinto el tipo de comunidad política en que piensan ambos planteamientos políticos: el vínculo que quiere establecer el socialismo no es el de la identidad o diferencia, como busca el nacionalismo, sino el de la igualdad o la solidaridad. En fin, la orientación nacionalista es pretérita, la socialista dinámica y futura: los socialistas no miran a una Europa neomedieval con reinos, principados y repúblicas, hecha de los fragmentos de los estados, sino un nuevo tipo de forma política construida sobre una ciudadanía compartida. De todos modos el mensaje de Fernández a los nacionalistas es más de entendimiento que de confrontación, cuando queda como elemento de juntura, hasta ahora, el estado común.
El discurso está festoneado con algunas citas literarias de Borges, Mann y Cernuda (bello su verso “el viento del olvido cuando sopla, mata”. Pero las referencias auténticas, implícitas, son azañistas y machadianas. En Azaña encontramos la idea de la política como arte de convencer, y de Machado procede la receta de Fernández para dialogar: no hablar en nombre de la verdad y no mentir.