www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Los 200 años de Ramón de Campoamor

miércoles 18 de enero de 2017, 20:07h
Actualizado el: 18/01/2017 20:52h

Los afectos y el encanto, como creía Stevenson, también son una parte importante de la literatura. Ramón de Campoamor (1817-1901) pertenece a la agradable y respetada especie de aquellos literatos españoles que a lo largo de las generaciones sigue manteniendo una relación personal con cada lector. En su época, fue leído y admirado, pero también podemos no admirarlo, como suele suceder con las relaciones entre amigos; sin embargo, es imposible no quererlo. Para una persona sentimental y ociosa como yo (asumo los dos epítetos), la intensa y romántica historia de este poeta resulta siempre un estímulo.

Leí, de muy joven, Doloras, humoradas, cantares y pequeños poemas, de don Ramón de Campoamor, en un añejo volumen publicado en Madrid en el siglo XIX, que atesoraba mi madre y aún conservo como una reliquia, y, no hace demasiado tiempo,Campoamor y su mundo, la excelente biografía que le dedica Manuel Lombardero, con un acertado prólogo de Luis García Montero, que interpreta históricamente el escepticismo de don Ramón. Confieso que el libro me atrapó. Es un buen ejemplo del relieve que puede alcanzar el estudio de la vida y la obra de un poeta, entrelazada con los avatares políticos, sumergida en el laberinto de las relaciones personales y en el desarrollo de las instituciones culturales que frecuentó y lo tuvieron como protagonista. A lo largo de cuatrocientas páginas, Lombardero nos muestra cómo el poeta Campoamor se fue convirtiendo, siempre al lado de los liberales moderados, en un hombre público (gobernador civil, diputado, consejero de Estado, senador, rico hacendado y en una gloria nacional comparable con Manuel José de Quintana y José Zorrilla. Si bien Campoamor, en su moderación, rehuyó los fastos de una coronación poética, fue un hombre singular como filósofo y político. Yo siempre lo cito rememorando esos versos menos ubicuos que espléndidos y verdaderos:

Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.

No sé si hay otra vida; pero, si la hay, espero que me esperen algunos libros de este gallardo español, tan injustamente olvidado. Sobre todo, de manera imperdonable, en este año de 2017, que se conmemora el 200 aniversario de su nacimiento y aún no se ha declarado El Año Campoamor en España, a pesar del pedido que hiciera, con los debidos fundamentos, el profesor Juan José Sánchez Balaguer en su condición de Vocal de la Fundación Patronato Histórico-Artístico de la Ciudad de Orihuela.

Pero agreguemos otros datos biográficos a este texto, que no vienen de más si de don Ramón se trata. Hijo de un rico labrador asturiano, que murió cuando él aún no había cumplido los cuatro años, y de una madre de familia noble de los Campo Osorio de Navia, Ramón de Campoamor sintió desde muy niño su vocación por el estudio y la escritura. A los diez años ingresó en la carrera de Latín y Humanidades en Puerto de Vega, donde obtuvo el certificado de estudios primarios. No mucho después, con quince años y una decisión admirable, se marchó a Santiago de Compostela para cursar filosofía, lógica y matemáticas; estudios que completó en el convento de Santo Tomás de Madrid. Ingresado a la Universidad, no demoró en matriculase en medicina, aunque no demasiado le duró ese empeño. Un catedrático le aconsejó con vehemencia dedicarse a la literatura, ya que creyó descubrir en él la natural inclinación a las letras más que a las ciencias (“Yo vomitaba en las disecciones”, recordaría. “Solamente no me disgustaban la lectura ni la escritura y pasaba largas horas leyendo clásicos en la Biblioteca Nacional.”), por lo que se consagró al oficio de periodista (para ganarse la vida) y a la literatura (para gozar escribiendo).

Don José de Espronceda, que se deslumbró con él, lo estimuló para publicar su primera poesía, que data de 1837. Por esa época empezó a colaborar en publicaciones románticas como El Alba y No me olvides y fue redactor de Las Musas y El Español; después, como periodista, dirigió El Estado. Sus primeros versos románticos aparecen en el libro Ternezas y flores; pero es en Ayes del alma, su segundo libro lírico, cuando empieza a alejarse del Romanticismo. En Fábulas se hallan ya prefigurados sus caracteres esenciales, que han de ser creados y cultivados intensamente por el poeta a lo largo de su obra: las personalísimas Doloras, Pequeños poemas y Humoradas, que le adscriben a la estética del Realismo.

Si vivir no es dudar, prenda querida,

Decidme, en mal tan fuerte:

es el fin de esta vida nuestra muerte,

o es la muerte el principio de otra vida…

Ya desde Ternezas y Flores, Campoamor muestra una enorme personalidad poética que le aleja de Zorrilla y culmina en las Doloras. En estas composiciones la inspiración poética queda en un plano secundario respecto a la reflexión y el estudio; son poemas de ideas, no de sentimientos. Suelen por ello acercarse al prosaísmo y –casi sin metáforas ni símbolos- contienen cierto humor irónico. Esa poética personal es la que defiende un lenguaje poético per se de carácter pragmático que le conduce a una suerte de didactismo. Así, sus Doloras son la muestra principal de la poesía antirromántica que coincide con el desarrollo del positivismo y una concepción decididamente antiidealista, que se define por oposición a Zorrilla y a Espronceda. Se trata de una corriente renovadora que se inicia en el romanticismo y se distancia progresivamente de lo que él llama “metáforas petrificadas”.

Si bien la fama de Ramón de Campoamor ha cambiado mucho desde su tiempo hasta nuestros días. Fue uno de los poetas más populares y sus versos fueron memorizados y declamados en muy distintos espacios, alcanzando numerosas ediciones. Además, postales, cromos, folletos publicitarios y canciones los hicieron familiares; su presencia en antologías, ediciones baratas y libros de texto los tornaron célebres. ¿Quién no recuerda los célebres alejandrinos de El busto de nieve?

De amor tentado un penitente un día
con nieve un busto de mujer formaba,
y el cuerpo al busto con furor juntaba,
templando el fuego que en su pecho ardía.

Cuanto más con el busto el cuerpo unía,
más la nieve con fuego se mezclaba,
y de aquel santo el corazón se helaba,
y el busto de mujer se deshacía.

En tus luchas ¡oh amor de quien reniego!
siempre se une el invierno y el estío,
y si uno ama sin fe, quiere otro ciego.

Así te pasa a ti, corazón mío,
que uniendo ella su nieve con tu fuego,
por matar de calor, mueres de frío.

Su teatro no le restó intensidad a su poesía ni a su vida pública; tal vez su obra más conocida fue Guerra a la guerra, a la que siguieron el drama sacro El hombre Dios y la zarzuela Jorge el guerrillero y, por la misma época, las comedias Moneda falsa, Cuerdos y locos, Dies irae y Las penas del purgatorio. Ya en la década de los ochenta dio por concluida su carrera dramática dedicándose a los monólogos (Cómo rezan las solteras, El amor o la muerte y El confesor confesado).

Como filósofo, don Ramón de Campoamor fue un hombre fecundo, menos tradicionalista que moderado, al que le atraía especialmente el positivismo. La ética era acaso su vocación verdadera, que le ocasionó más de un problema. Con Filosofía de las leyes, su primer tratado, se topó con la polémica ya que, según la censura de la época, contenía “proposiciones contrarias a la doctrina católica, erróneas o inductivas a error, falsas, inmorales y ofensivas e injuriosas a nuestra religión y a sus santas instituciones”. Y agrega él con cierta resignación: “¡La filosofía! Sólo inspira un interés mediano, lo bueno que no es bello, y lo verdadero que no es hermoso. Los sistemas filosóficos, ¿son otra cosa más que unos poemas sin imágenes? Estas creaciones, que parecen castillos amasados con tinieblas y habitados por espectros, se ocupan del bien y el mal, pero inútilmente, porque esta vida en las nubes no tiene realidad hasta que algún sacerdocio, invirtiendo el procedimiento, convierte la filosofía en acción y todo un orden moral de ideas las representa por medio de símbolos, y una completa serie de pensamientos abstractos los reduce a imágenes sensibles.”

No es menos agudo cuando se refiere a sí mismo. “El mejor retrato mío sería el siguiente: “Leyó por entretenerse; escribió para divertirse, vivió haciendo al prójimo todo el bien que pudo, y se morirá con gusto por olvidar el mal que muchos prójimos le hicieron”. Y concluirá con ironía: “Mi biografía es muy sencilla: la de alguno de mis detractores será un poco más complicada, pues en materia de temeridades intelectuales yo me confieso pecador y digo como el filósofo: ¿Hablan mal de mí? Pues si supieran otros defectos que tengo, aún hablarían peor.”

Su escepticismo también se hace evidente cuando afirma: “No convirtáis las verdades filosóficas en piedras de escándalo, porque el hombre, en último resultado, se reduce a ser una razón dudando. ¿Hay cosa más natural que el infeliz que va cruzando el camino de la inmensidad se pregunte a sí mismo, o pregunte a los demás, si viajamos sólo por impulso de nuestro libre albedrío, o por la fuerza de una implacable fatalidad? En medio de este hervidero de dolores, ¿es posible que el pensador no pregunte, como Segismundo, si la vida es un sueño en acción, o como Fausto, si es una acción horrible?”

Afiliado al Partido Moderado, fue leal a sus ideas políticas que consistían en un gran fervor por la reina Isabel II y, en general, hacia la monarquía como forma de organización del Estado. Fue nombrado consejero real y gobernador civil de la provincia de Castellón y, poco más tarde, de Alicante, donde realizó grandes obras urbanísticas como el Paseo que lleva su nombre y que donó a la ciudad. También ocupó un escaño en el Congreso de los Diputados y el cargo de gobernador civil de Valencia.

Durante esa época de intensa actividad pública, se casó con Guillermina O'Gorman, una joven dama de acomodada familia irlandesa, cuya cuantiosa dote le convirtió, si no lo era ya, en un acaudalado burgués afligido por la gota.

Hombre y poeta y de una pieza, don Ramón de Campoamor llegó a ser conocido y admirado en España y toda Hispanoamérica, muy a pesar de sus contundentes y revulsivas opiniones (o quizá gracias a ellas). Reverbera aún su lírico consejo: “No rechaces tus sueños. ¿Sin la ilusión el mundo qué sería?”

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (13)    No(0)

+
0 comentarios