www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Azorín en la raíz de Paterson

Nada más opuesto a América que un libro de Azorín, decía Ortega. La innovación y el porvenir contra el terciopelo del pasado. Pero Jim Jarmusch ha dirigido una película de impronta americana como a teselas de Azorín.

La trama de Paterson se cuenta rápido porque no hay ninguna. Paterson vive en Paterson, Nueva Jersey. Conduce un bus de línea, pasea al perro, se toma su caña y escribe poemas. Paterson levita entre el rigor de sus hábitos, iluminando con ojo sencillo la bruma de su rutina.

Filosofía de las cosas

Su musa es su mujer, una caja de cerillas, las cataratas del Passaic desde el banco donde abre su cuaderno y su fiambrera. Y su dios de las pequeñas cosas, el poeta William Carlos Williams, cuyo mundo simbólico reverbera en la mirada y los versos de Paterson:

Un mundo hecho de cosas reales y concretas –decía de Williams Carlo Izzo–, pero aisladas en una atmósfera hiperlúcida para evitar intromisiones que perturben la nitidez de la evocación.

El sinfronismo Paterson-Williams es obvio y triangula en Azorín. No hay ideas sino en las cosas, abanderaba Williams en su poemario Paterson. No ideas but in things, escuchamos en la cinta. ¿Cómo? Porque todas las cosas, responde Azorín, llevan un reflejo del alma universal.

Y eso es Paterson: transparencias sobre el encanto y la filosofía de las vidas opacas, de sus costumbres y sus pequeñas cosas. Lo máximo en lo mínimo. Que todo lleva un reflejo del alma universal y la rutina es el asombro de estar vivo para volver a verlo. Ortega lo tituló “Azorín o primores de lo vulgar”. Es decir: Paterson o primores de lo vulgar.

Quien haya visto la película, y leído al de Monóvar, no me dejará mentir. Aunque nadie mejor que Ortega y su discípula María Zambrano para desvelar el alcance de esta equivalencia, y por lo tanto del drama durmiente que se abisma en el metraje.

En Paterson, igual que en los poemas de Williams, no hay espacio para la perturbación. Y cuando asoma es inmediatamente reducida a lo risible. Los personajes de Paterson no tienen ningún conflicto dramático real, dice Jarmusch: La película está hecha para dejarse deslizar por ella como desde una góndola mecánica a través de una ciudad pequeña y olvidada.

Impotencia y sensibilidad

Pero esto es justo lo perturbador. Pues en ese fluir de caricia sin tropiezo no hay vida verdadera y palpitante, sino un irse muriendo entre el latido gastado de las ruinas. Paterson es algo sencillo, lindo, luminoso y lejano, diría Ortega: ¡Qué encanto! Mas por lo mismo algo débil, pobre, angosto, perdido, lamentable y pretérito. ¡Qué pena!

María Zambrano también comprendió que la de Azorín era una ingravidez encadenada. Y donde ella dijo Azorín, nosotros ponemos Paterson y plagiamos:

Hay un escritor, Paterson, cuyo rasgo característico es la sensibilidad. La sensibilidad para lo vulgar, menudo, cotidiano y pequeño. Paterson o la sensibilidad, podríamos decir. Una sensibilidad que se extiende por todas las cosas y que no conoce límites en su conocimiento. Sin embargo, Paterson, definido por ella, es muy limitado. La sensibilidad de Paterson le encierra, le limita, y aún parece que le separa…

Y donde dijo España ponemos América y seguimos: La sensibilidad de Paterson funciona para aprehender una América que se nos va. Una América sobre la que no vamos a actuar ni lo deseamos. Una América que no es pista de ningún anhelo, proyecto ni construcción.

Es con esta sensibilidad que Paterson nos da una medida de América. Una América al fin habitable, donde el Aullido y la tragedia ha sido eliminados. Donde las señoras no tienen que remangarse las faldas porque no hay que atravesar ningún infierno. Pero esa medida de América podría ser banal y seguramente ese es su mayor riesgo: su misma falta de riesgo. El de poseer una América sin dolor, al precio de conservarla sin esperanza.

Así es. Paterson se recrea en los repliegues de su plana plenitud. Que es plana porque no arriesga. Porque se ha negado el origen de todas las enormidades, de todo lo monstruoso: la voluntad y el deseo. El grande querer. Lo que hace Historia de una historia.

Eliminado esto, Paterson pasa el día más tranquilo. Replegado sobre sí, contempla lo suyo. Secretea bien y le amamos por ello. Pero lo que le resta es fantasmal. El reverso de su pura transparencia. Quizá por eso el bar donde se acoda después de cada jornada se llama Shades (Sombras).

El despertar en la raíz

Pero que Paterson se encuentre sumergido, no significa que esté ahogado. Le salva la confianza en el susurro germinal de su poesía, luz y raíz de la palabra. Mientras exista poesía, dijo Zambrano, existirá España. Y Paterson se agarra a América por la raíz de la palabra. Llevando la primavera al modesto sótano donde cultiva cartujo sus poemas. Su conciencia es la continuidad, la firmeza de América. Sólo que todavía no lo sabe.

Paterson se deleita con los versos domésticos de William Carlos Williams. Pero el estro de Williams sobrepuja la almendra de Paterson. Es más profundo que su mirada de lo pequeño tratado a lo grande. Está en su ensayo En la raíz de América. Iluminaciones sobre la historia de un continente con su delirio, sus aullidos y todas las oportunidades sinfónicas del grande querer.

En la raíz de América es el eje poético de Williams, escribió Octavio Paz. ¿Y qué encontramos, en esta raíz? Las Indias de España. Williams estudia cartas, diarios, relaciones. Siempre los documentos originales. Domina el español porque lo de Carlos le viene de su madre, que era de Puerto Rico.

Vuelve pues a las fuentes. Y desde ellas nos habla del acre testimonio de la empresa colombina. Del choque entre el audaz Cortés y la Numancia azteca. De las fatigas de Ponce de León, que tras la fuente de la eterna juventud halló el sueño eterno por el caño de sangre que le flecharon los yamasses. O de la odisea sin retorno de Hernando de Soto, sepultado por sus fieles en el fondo del Misisipi para que los indios no encontraran el cadáver del Hijo del Sol.

Williams recrea, canta y comenta a los cronistas. Persigue y asume lo que estaba escondido a la vista de todos: El fósforo extraño de la vida que yacía bajo el peso de un nombre falso. Quiere rescatar el verdadero carácter de las cosas. Prender luz y calor entre raíces.

Lo mismo busca Paterson. Y tiene, para ello, algo más que cajitas de cerillas o el discurso de las letras. La cámara lo enfoca brevemente al empezar el filme. Son los portarretratos que hay sobre su mesilla. En uno le vemos a él uniformado de Marine. En el otro a sus padres.

Vean Paterson. Debe quedarle poco en cartelera este 2017. Es decir, a cincuenta años del fallecimiento de Azorín (1967), y a cien de la publicación de “Azorín o primores de lo vulgar” (1917). Ortega no erraba, la única receta para vivir es el combate. En las páginas de El Espectador todavía no se pone el sol.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (9)    No(1)

Comenta esta noticia
Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.
  • Tu dirección de email no será publicada.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.