El catalán en un círculo vicioso
Ángel Duarte
x
aduarteelimparciales/8/1/8/20
martes 24 de junio de 2008, 23:11h
Es la del idioma catalán una cuestión espinosa, vidriosa. Me refiero, en este caso concreto, a que lo es para quienes crecimos con él y, a pesar de las adversidades de la década de 1960, en él. Sé que para muchos de mis conciudadanos lo es, hoy en día y de manera amplificada, por razones bien distintas. Por razones antagónicas, aunque igual de bien fundadas, a las que en origen fueron las mías. En cualquier caso, quede claro que para mí el catalán es un problema porque no abomino de él, ni quiero ni pienso hacerlo. Puedo desaprobar el nacionalismo, puedo tener reparos graves para con las políticas lingüísticas, pero todo ello no me lleva, ni siquiera por la vía del matiz, a renegar del catalán.
El catalán ha sido la lengua de buena parte de mis afectos y de mis relaciones. Lo relevante del caso es que no se trata de una vivencia estrictamente personal, única e intransferible. El catalán, insisto, es una de las raíces que han contribuido a dotar de cierto sentido a la existencia, a la mía y a la de numerosos españoles nacidos en tierras de habla catalana. Primero, en familia. Más tarde, en la universidad de finales de los setenta, resultó ser, junto a otros idiomas, empezando claro está por el castellano o español -que me es indiferente el rótulo con el que lo designemos-, un más que eficaz instrumento para la adquisición de conocimientos. Y no sólo era ventajoso para la aprehensión de los mismos, también para el contacto abierto con la comunidad en la que me movía, la de los historiadores. Mis incipientes artículos, así como los primeros libros fruto de mis investigaciones, fueron publicados en catalán. Y en catalán se leían por parte de colegas de toda España.
Estoy remitiéndome, ya, a los primeros años ochenta. En el tema que nos ocupa las referencias cronológicas no derivan del prurito de historiador. Son importantes para intentar entender qué ha pasado y por qué. Pues bien, en la década de 1980 no puede decirse que fuese la radical originalidad de mis planteamientos lo que hiciese imprescindible, a mis compañeros de Madrid o de Santiago de Compostela, de Málaga o de Santander, hacerse con un mínimo conocimiento de lo que escribía sobre el republicanismo histórico -que sobre eso investigaba por aquel entonces. Cierto, su curiosidad jugaba a mi favor. Aunque, por encima de cualquier otra consideración, estaban unas altas dosis de complicidad, indiquemos que, ambiental. Estábamos, todavía, tras la estela de las reciprocidades castellano/catalanas -es decir, españolas- derivadas de la oposición a la política cultural del franquismo y alimentadas -salvo errores puntuales, que los hubo- por quienes al fin y al cabo serían los principales actores de la Transición. Por aquel entonces el catalán era -José María Pemán dixit- un vaso de agua clara.
Han pasado los años y observo, con melancolía y un punto de coraje, las crecientes dificultades que afronta el catalán en un mundo donde se imponen unos pocos códigos y donde se abomina de la confusión elemental, pero liberadora, que nos viene de Babel.
No es menos cierto que esas dificultades están siendo reforzadas -qué digo reforzadas, multiplicadas- por una acción política y administrativa que enajena simpatías y convierte un código de expresión surgido para la comunicación en ariete político, en arma arrojadiza. El catalán, que no es, como decía, ajeno a lo español, se ha visto siempre favorecido, en el interior de Cataluña y en el conjunto de España, por la eclosión de climas de libertad y por las capacidades de sus hablantes para ampliar las connivencias y las convivencias. El nacionalismo ha conseguido, en pocos años, convertir lo que, por momentos, sólo por momentos, consiguió ser un círculo virtuoso en otro de profundamente vicioso y viciado. Sabido es que hay a quienes les irrita lo complejo y que para combatir al nacionalismo no tienen reparos en denigrar la parla del otro. Pero es absurdo darles razones. También hay quienes reclaman sus derechos individuales y no otorgárselos es algo peor que absurdo, es ruin. La presencia de consejeros de ERC en el Gobierno de la Generalitat ha agudizado las lógicas de confrontación. Los últimos hechos rozan lo estrafalario. Ya lo saben ustedes: el bloqueo a la tercera hora de enseñanza en lengua castellana. O la exigencia como requisito previo, de la que sabiamente se ha desmarcado la Universitat Autònoma de Barcelona, de un certificado de conocimiento del catalán -el del nivel C- para los profesores que quieran entrar a formar parte de los claustros universitarios.
El intervencionismo está resultando ser un desastre. Encuestas recientes apuntan a que un segmento muy importante de las jóvenes generaciones -tras tres décadas de inmersión en la enseñanza, TV3 y toda suerte de iniciativas proteccionistas- ven en el catalán un problema. Una dificultad añadida a las propias de un mercado laboral de por sí complejo.
No soy sociolingüista, cierto. Sólo un catalán preocupado por la decreciente vitalidad social y cultural de una de sus lenguas, tanto como por el aumento espectacular del celo tutelar de nuestras autoridades en esta materia. ¿Y si probasen a dejar hacer a la sociedad? Para mí resulta evidente que sólo en la pluralidad de voces, y con el retorno al círculo virtuoso que completaban la calidad de la producción y las complicidades ibéricas, el catalán recuperará, si estamos a tiempos, sus capacidades. Puro wishfull thinking, lo sé. Qué quieren que les diga. Sigue siendo preferible al ir haciendo desde la hostilidad mal disimulada.
|
Catedrático de Universidad de Gerona
|
aduarteelimparciales/8/1/8/20
|