En 2005, la Asamblea General de Naciones Unidas proclamó el 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto. Cada año, coincidiendo aproximadamente con esa fecha, se celebran en toda España ceremonias que recuerdan a los seis millones de judíos exterminados, así como a otras víctimas del régimen nazi. A ellas asisten representantes de todos los partidos políticos que tienen representación en las instituciones que acogen el acto, desde el Senado hasta los distintos ayuntamientos que han ido sumándose a las conmemoraciones a lo largo de los años. En España, este año se celebra el 30 de enero con un acto de Estado en el Senado.
Durante estos días, las redes sociales se llenan de mensajes que -de distintas maneras- traen a la memoria la barbarie de los nazis y sus aliados: fotografías, vídeos, fotomontajes, etc. A veces, parece que el lenguaje se va agotando a la hora de describir el horror que asoló Europa y que se ensañó con los hijos de Israel, que venían sufriendo siglos de antisemitismo. Esta dificultad para narrar en toda su extensión la atrocidad cometida, contrasta con la diversidad de lenguajes a través de los que se difundió el odio a los judíos durante tanto tiempo. Desde el cine y el teatro hasta la fotografía, la caricatura y todos los géneros periodísticos, la demonización, la deslegitimación y el doble rasero aplicado a los judíos terminó produciendo el resultado que en este tiempo se recuerda.
El camino a Auschwitz comenzó antes de que los nazis accediesen al poder. El antisemitismo moderno encontró en los medios de comunicación de masas y, en general, en la propaganda, un instrumento eficacísimo para extender el odio, la hostilidad y la violencia contra los judíos. Se los acusó de la muerte ritual de niños, de la violación de mujeres, de la opresión de los trabajadores y de controlar el mundo. Los acusaron de ser, a la vez, los ricos que manipulaban las finanzas internacionales y los pobres miserables que solo propagaban enfermedades. Todo servía para excluir al judío de la comunidad de los seres humanos.
Durante las celebraciones, uno pensaría que este discurso yace olvidado en el rincón más oscuro de la historia. Son tantos los líderes políticos que se comprometen y hacen votos de que nada así vuelva a repetirse, que uno tiende a sentir cierto optimismo.
Sin embargo, basta poco tiempo -a veces, solo unas horas- para descubrir con tristeza que el antisemitismo sigue vivo entre nosotros. Junto a sus viejos rostros, el antisemitismo se ha escondido bajo la máscara del odio a Israel, el Estado de los judíos.
Pierre-André Taguieff ha descrito con claridad cómo funciona este nuevo antisemitismo que recorre Europa alimentado por la extrema derecha nostálgica, la extrema izquierda populista y el islamismo que ha hundido sus raíces en el continente. Por supuesto, los antisemitas no suelen declarar que lo son. Suelen disfrazarse de antisionistas e, incluso, suelen argumentar que hay judíos que no reconocen a Israel, al modo de alguien que esgrime una coartada.
Este nuevo antisemitismo justifica el terrorismo y llama al boicot contra Israel en el comercio, en las instituciones, en las universidades, en la sociedad civil. Es inevitable recordar el Judenboicott del 1 de abril de 1933 y los jóvenes camisas pardas sosteniendo los carteles que el nuevo antisemitismo repite: “no compren a los judíos”. Como los antisemitas de hoy, aquellos pretendían que ningún judío impartiese clase en la universidad ni escribiese en un periódico ni tocase en una orquesta.
Hoy los antisemitas dicen que su oposición es a Israel, pero sus propias acciones los delatan: los ataques a la legitimidad de Israel, la demonización de la única democracia sólida del Oriente Próximo y el doble rasero con que juzgan todo lo que haga o deje de hacer el Estado judío democrático, prueban que el antisemitismo sigue vivo en España. Los antisemitas solo perdonan, por ahora, al judío que declare sin fisuras su odio a Israel.
Así, la vieja extrema derecha, la extrema izquierda de siempre y los islamistas de cualquier tiempo coinciden en el odio a los judíos y en su voluntad decidida de extenderlo por Europa. Condenan toda forma de terrorismo, salvo que el atentado sea contra israelíes. Perdonan toda forma de violencia -desde el chaleco explosivo al cuchillo o el camión- siempre que las víctimas sean israelíes. En el debate público, parece de mal gusto citar, entre las víctimas del terrorismo, a los israelíes muertos a manos de los terroristas de Hamás, de Hizbolá y las demás organizaciones de asesinos.
A menudo, se tolera esta confusión moral que, a veces, solo nace de una mala fe deliberada.
Precisamente esta confusión fue la que condujo a Europa hacia el abismo. Victor Klemperer, uno de los hombres más lúcidos de su tiempo, describió en “La lengua del Tercer Reich” cómo el lenguaje de los nazis fue transformando la vida alemana, cómo la fue deformando hasta hacer irreconocible la verdad.
Al escuchar los discursos de Hitler y de los jerarcas nazis y sus aliados, muchos pensaron que exageraban. Todo cambiarían, decían, al llegar al poder. Se trataba, según ellos, sólo de propaganda. Después vinieron los boicots, las estrellas amarillas, los guetos, los campos de concentración y de exterminio, las fosas, las cámaras de gas y esa oscuridad de la que Europa aún no ha conseguido despegarse por completo.
En la tradición judía, la memoria no sirve para atarnos al pasado, sino para proyectarnos hacia el futuro.
Años después del Holocausto y de la independencia del Estado de Israel en 1948, Elie Wiesel, superviviente, declaró: “Me siento solo y tengo miedo. Hace falta estar bien ciego para no reconocerlo: la actitud antijudía ha vuelto a ponerse de moda. En este momento de la Historia, el pueblo judío y el Estado judío están indisolublemente ligados. Uno no sabría sobrevivir sin el otro. ¿Cuál es, pues, la solución? Hitler propuso una. Y la quería final. Yo lo recuerdo y tengo miedo”. Esa actitud antijudía no tarda en aparecer una vez han pasado las conmemoraciones.
El judaísmo tiene 613 mandamientos. Emil Fackenheim formuló el que se dio en llamar “mandamiento 614 “: “primero, se nos ordena sobrevivir como judíos no sea que el pueblo judío perezca. Se nos ordena, en segundo lugar, recordar en lo más profundo de nuestro ser a los mártires del Holocausto no sea que su memoria perezca. Se nos prohíbe, en tercer lugar, negar o desesperar de Dios […] no sea que el judaísmo perezca. Se nos prohíbe, finalmente, desesperar del mundo como el lugar que va a ser el Reino de Dios no sea que lo convirtamos en un lugar donde Dios esté muerto, sea irrelevante o todo esté permitido. Abandonar cualquiera de estos imperativos, en respuesta de la victoria de Hitler en Auschwitz, sería darle todavía otra victoria póstuma”. No creo que el sentido último de este deber esté limitado a los judíos.
La tragedia que estos días se recuerda nos impone la responsabilidad de reaccionar ante quienes hoy siguen llamando al boicot y la exclusión de los judíos, quienes justifican el terrorismo contra ellos, quienes exaltan a sus autores y silencian a sus víctimas. Debemos alzar la voz frente a quienes esconden el antisemitismo de siempre tras un pretendido antisionismo que, en realidad, los delata.
Debemos impedir que Hitler y sus aliados logren una victoria póstuma.