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TRIBUNA

Rehacer las Américas

Víctor Rodríguez Gago
lunes 30 de enero de 2017, 20:10h

El conflicto por el muro fronterizo entraña algo más que un forcejeo episódico entre México y los Estados Unidos. No es solo el control de la migración y el tráfico de drogas, las remesas de divisas o la cuestión de quién paga su edificación. Es la separación secular de identidades americanas lo que reaparece con toda la potencia simbólica de un muro. El secretario general de la OEA lo resumió en un tuit: el muro no es con México, es con toda América Latina. ¿Y qué hay de España? ¿No le concierne el muro? ¿Va a inhibirse del debate hispanoamericano, como acostumbra su estamento político, o va a hacerlo suyo, siguiendo a lo mejor de su inteligencia? Lo hispanoamericano es la relación de España y América sin centro ni periferia, afirma Agapito Maestre en su Diario de México. España y América se configuran poéticamente en ese desorden, dice el filósofo. ¿Era Ercilla español o americano? ¿Sor Juana? ¿Silvestre de Balboa? No hay manera de establecer un centro, ni de vallar una comarca así. No hay otra civilización igual. Los residentes más lúcidos, de Menéndez Pelayo a César Vallejo, de Valle-Inclán a Octavio Paz, de María Zambrano a José-Miguel Ullán, han paseado por el territorio diáfano de lo americano-español.

El muro de Trump hace que Hispanoamérica se pregunte otra vez quién es. El conflicto recupera la tradición de un nacionalismo latinoamericano que se afirma frente al vecino del Norte. La diversidad en conflicto, y no la identidad compacta, define América Latina, para Antonio Cornejo Polar. Piedra de Sísifo, cada vez que Hispanoamérica ha buscado una identidad fuerte, ha acabado descubriendo su propia heterogeneidad conflictiva.

Desde el viaje Del Plata al Niágara, de Paul Groussac, y el Ariel de José Enrique Rodó, la visión que ha prevalecido en la América española es la de un choque de civilizaciones con los Estados Unidos. No ha sido sin resistencia la difusión de este relato. Hubo, antes y después de la formulación supremacista de Groussac y Rodó, una visión alternativa de las Américas: todas las naciones al norte y el sur de Río Bravo tenían un destino común. Una única civilización, síntesis de lo mejor de los dos lados de la frontera, era la promesa de América a la historia de la humanidad. La democracia, la libertad individual, el comercio, el desarrollo tecnológico correrían por cuenta de los Estados Unidos. La excelencia artística, un humanismo de raíz greco-latina –decantada por los clásicos españoles e hispanoamericanos–, el mestizaje, o una religiosidad católica que reconoce la Gracia en indios, negros, mestizos y colonizadores europeos serían la contribución hispánica. Es la utopía panamericana de Francisco de Miranda, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, y en días alternos, también la de Rubén.

Con la fuerza metafórica del muro, Trump no solo está clausurando la política panamericanista de Obama. Está replicando desde el lado norteamericano –por primera vez– la lógica de bloques del anti-imperialismo hispanoamericano. Panamericanismo y anti-imperialismo: una vez más, concurren los dos polos que han modulado, desde el XIX, el discurso de una identidad hispanoamericana.

Más allá de los intereses en juego en este episodio, el muro de Trump reanuda la visión conflictiva de Las Américas. Inaugura un anti-americanismo que fluye, por primera vez, de Norte a Sur, sin dejar de hacerlo como siempre, de Sur a Norte. Su retórica del muro crea la paradoja de un anti-americanismo panamericano.

Previsiblemente, su arquitectura dará lugar a simetrías. En el lado mexicano de la frontera, ya se percibe la réplica de un nacionalismo de la identidad latinoamericana. Esa identidad, forjada en el victimismo anti-imperialista, es un patrimonio casi exclusivo de la izquierda. Si alguien en México puede sacar ventaja del muro, no es el presidente Peña Nieto, hundido en un 12% de aprobación popular, sino los partidos de la izquierda, el PRD y MORENA, y líderes neo-chavistas como López Obrador.

El anti-americanismo conservador de Trump reanima el anti-americanismo revolucionario hispano, que parecía languidecer con el colapso de la revolución bolivariana de Venezuela y el desmantelamiento del ALBA, el bloque anti-imperialista impulsado por Chávez en la comarca iberoamericana. Del mismo modo, el anti-europeísmo de Trump reafirma a Merkel y Hollande, dos líderes en la bajada de sus respectivas carreras, en el liderazgo de una visión de Europa elitista y burocrática, que muchos europeos ven con antipatía.

Juego de simetrías, efectos colaterales de la política de muros.

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