La vida de Montserrat Roig Fransitorra (1946-1991) se exprime en este hiperdocumentado texto con profusión de detalles; su autora, una filóloga también oriunda de Barcelona que tiene estudios de posgrado sobre literatura feminista, nos ofrece el retrato de una mujer que incomoda porque se siente incómoda.
De padre abogado y dramaturgo (miembro de FESTA, una especie de sindicato que trata de favorecer al teatro amateur barcelonés) y madre periodista, en una Barcelona que trata de innovar ante los días grises de la posguerra, Montserrat es la sexta de una familia de siete hermanos, curtida en mil y una batallas.
Existe gran cantidad de anécdotas a través de las que se nos cuenta su infancia, siendo la que más llama la atención cómo en el colegio de monjas Divina Pastora donde hizo el Bachillerato, nuestra protagonista era capaz de recitar en latín el cuento de Caperucita del derecho y del revés. Al terminar estos estudios, ingresa en la escuela de Arte Dramático Adrià Gual, donde interpretará todo tipo de obras; de esta etapa aprenderá mucho de Salvador Espriu, director y actor, a cuyo legado siente pertenecer. Amigos de aquella época son la que será fotógrafa Pilar Aymerich o María Aurelia Capmany, a quién más tarde llamará Leona, por la manifestación de unas tesis feministas y existencialistas provenientes de Simone de Beavoir, que defienden con radicalidad la contingencia de los hijos para una mujer, pues ésta debe bastarse y sobrarse a sí misma, a pesar de los pesares.
Pronto se da cuenta de que el teatro es solo un juego, y que lo que realmente la define es la escritura. Ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras, dándose cuenta al tiempo de que es como un mausoleo que poca gente se toma en serio; a pesar de ello, encuentra algún profesor interesante, lo que se le atribuye a que ha estado dando clases fuera de España. Son años combativos que culminan con los primeros y activistas encierros de la protagonista tanto en este edificio (encierros que son apoyados en su espíritu por Carlos Barral y José Agustín Goytisolo) como en el santuario de Montserrat, lo que propiciaría la aparición de una nueva clase social amparada siempre por la Iglesia, la de los progres que cultivan una literatura más basada en los deseos que en la necesaria militancia política y que García nos cuenta, se reunían en locales como el Bocaccio (un caso claro es Jaime Gil de Biedma) alejados de los presupuestos iniciales. De estos encierros se nos relatan diversas anécdotas como la de los alumnos del Liceo Francés que tiraban bocadillos a los autosecuestrados en ambos lugares.
Montserrat Roig se hace periodista por necesidad, si bien su afán es la ficción y sueña tras los primeros cuentos (Molta roba i poc sabó… i tan neta que la volen) en tener cada vez más tiempo para ello. Sus programas de entrevistas en la radio y en el Tele Express de TVE, así como sus columnas en revistas como Triunfo, Destino o Hermano Lobo, le hacen conocer a un granado grupo de artistas e intelectuales tanto españoles como internacionales, que en su patria chica y de primeras apenas le sirve para que Josep María Castellet (editor de renombre así como descubridor de los llamados Nueve novísimos poetas españoles) se le haga aún más de rogar.