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AL PASO

Ortega y Azaola desde Castilla

Juan José Solozábal
martes 21 de febrero de 2017, 21:02h

Siempre que me invita un colega a intervenir en un acto académico fuera de Madrid, como ahora que a sugerencia de la profesora Paloma Biglino visito Valladolid junto a otro querido amigo y maestro, tengo la impresión de que voy a la España real, fuera de la España, algo artificial, reconozcámoslo, de Madrid. Sin compartir la idea de Galdós que a veces era inmisericorde con la capital, “emporio de la confusión y nido de los enredos”, si que confirmo, cuando se presta la ocasión, mi condición de periférico y creo que en el Estado autonómico que somos a veces prima más la idea centrípeta o de conjunto que la afirmación de la dimensión territorial de España. Tiendo a alinearme con Azaola que prestaba más interés al proceso de descentralización y el reconocimiento del autogobierno a las unidades integrantes del conjunto, que a la organización general común. Defiendo entonces, si puedo decirlo algo exageradamente, más un federalismo de descentralización que de integración, subrayando antes las necesidades de afirmación de los miembros que las exigencias de unión del conjunto.

Creo que, una vez más, es pertinente , si se trata de profundizar en la naturaleza de nuestro Estado autonómico, descansar en la reflexión del escritor bilbaíno, tan sugerente, que se plasmó sobre todo en su libro Vasconia y su destino (Madrid 1972 y 1977) , a cuya elaboración dedicó un esfuerzo prolongado, en dos tomos y tres volúmenes de más de mil quinientas páginas, dedicado a dos cuestiones temáticas fundamentales, a saber, su idea sobre la regionalización de España y su visión sobre el País Vasco. Don José Miguel de Azaola (Bilbao,1917-Alcalá de Henares, 2007) subrayaba las ventajas democratizadoras sobre las identitarias de la región, a la que juzgaba espacio idóneo para la política. Con Ortega la consideraba escenario y estímulo para la participación y el ensayo, donde poder “apasionarse y entrenarse” en la política. Quizás, pienso ahora, Azaola era más orteguiano de lo que creía y el reproche que le hacía al maestro madrileño, al que consideraba doctrinario y demasiado sistemático, era algo injusto. Así, cuando Azaola explica a Ortega, no tiene en cuenta la contraposición de su idea de la regionalización española con la de Azaña. Y Azaola tampoco capta el acierto de Ortega, verdaderamente extraordinario, de identificar el federalismo, entendiendo por federalismo una descentralización generalizada, con la democracia.

Hay otra idea interesante de Azaola sobre la región, más allá de su virtualidad para propiciar la actividad política de los ciudadanos, como ejemplificación de la democracia del detalle o democracia local, en la que creía verdaderamente, acogiendo la idea de Tocqueville, de que es en la vida local donde se forman los verdaderos ciudadanos. Los países, dice él, "donde tradicionalmente se respetan las libertades locales, Suiza, Escandinavia, Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, algunas zonas de Alemania, son también aquellos donde mejor garantizados se han visto al correr de los tiempos, los derechos políticos de los ciudadanos, y donde más sólidas son las estructuras democráticas del Estado".

Apunto, efectivamente, a la propia configuración o estructura interna de la región, muy ligada al equilibrio territorial, que evidentemente no se da cuando, como ocurre en el Estado centralista, se contrapone la capital (Madrid) a las provincias (todo lo demás). La relación abismal entre el centro y la periferia disminuía la significación de lo específicamente territorial, que quedaba relegado a una condición secundaria o prescindible. Azaola considera la región como confluencia de tres factores: la existencia de unos determinados datos geográficos e históricos; la asunción de esa realidad territorial, que es la región; y una decisión democrática sobre la propia región. Las regiones, determinadas democráticamente, “son un producto de la historia y de la geografía, de las condiciones económicas y de la vecindad, de la voluntad de vivir en común y de trabajar juntos sus habitantes, y de unas concepciones y unas aspiraciones sólidas y compartidas”.

Por lo que se refiere a la estructura interna de la región, pueden contrastarse, según nuestro autor, dos tipos. Sea la región que tiene un centro, esto es, una capital que vive de ella: es el caso de Madrid, con Castilla la Nueva; o es el caso de Barcelona con Cataluña. Supongo que podría haber dicho también el caso de Zaragoza con Aragón, o de Sevilla con Andalucía. Y otra estructura de la región, que él cree que es preferible, que es la estructura de red, una estructura con varios centros, de parecida entidad numérica, y que está dispuesta a aceptar más que una capital, él dice, una rectoría. Azaola está pensando en el País Vasco. El País Vasco como región, con esta estructura en red de capitales de provincia que van de los 150 a los 300.000 habitantes, y en donde se reconoce una supremacía casi simbólica, lo que él llama "rectoría", la cabecera de Bilbao. Se trata de “una solución mucho más favorable y deseable que no una sola ciudad de 800.000 o un millón de habitantes, en cuyas proximidades no hay sino pequeños centros mal surtidos de servicios”. Sería una cuestión bien interesante la de ver si la organización de las Comunidades Autónomas ha aprovechado las ventajas de dinamización regional, respondiendo por tanto a la tipología de región de red de Azaola, respetando debidamente a las provincias; o tiende, renunciando a los rendimientos de un mejor diseño interno, a reproducir, ahora a escala menor, los vicios del centralismo del denostado, con razón, viejo sistema, según el modelo de la primera idea de región radial de nuestro autor, asfixiando a los componentes locales. Obrando así, se yugula lo que yo suelo llamar nuestro federalismo interior.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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