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Indignidad nacionalista. Editorial

jueves 26 de junio de 2008, 00:16h
Cuando el parlamento vasco aprobaba la Ley de Reparación y Reconocimiento a las Víctimas del Terrorismo, a más de uno le chocó que ningún nacionalista dijese una palabra más alta que otra. Extrañaba, cuando menos, tal mansedumbre a la hora de arropar a las víctimas, tan denostadas permanentemente por Vitoria. El porqué se ha sabido esta semana. Y es que, con la excusa de la aprobación del texto legislativo anteriormente citado, se debate ahora en sede parlamentaria autonómica otra ley, pero de signo bien distinto. En efecto, si la una iba destinada a reparar -aunque sólo fuese moralmente- en lo posible el dolor y sufrimiento de las víctimas de la barbarie terrorista, ahora los grupos nacionalistas vascos se descuelgan con otra, cuyo fin es el mismo, pero la víctimas: las de la policía. Arguyen los nacionalistas que hay más de cien muertos y quinientos damnificados de diversa índole, que van desde quienes han denunciado torturas, hasta los que no se han sentido bien tratados en un control de alcoholemia. Equidistancia, pues: las víctimas de los verdugos, por un lado, y los verdugos de víctimas, por el otro. Es difícil encontrar un signo más claro de patología social.

Y es difícil también encontrar una iniciativa más indigna. Cada vez que algún miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado comete una falta, es sancionado por ello. Por regla general, lo medios de comunicación suelen hacerse más eco de estas situaciones, y menos de las que resuelven brillantemente Policía y Guardia Civil, por lo demás, la mayoría. El nuestro es un Estado de Derecho sumamente garantista, y la legalidad de las actuaciones policiales está fuera de toda duda. Hay mecanismos de control que velan por ello. Pero quienes ponen bombas y disparan por la espalda, además, saben hacer daño de otras formas: difamando, calumniando y alborotando. Los bochornosos espectáculos a que nos tiene acostumbrados la izquierda abertzale cuando alguno de sus integrantes es detenido, o comparecen ante el juez son buena prueba de ello. Tienen orden de Eta de denunciar torturas por sistema, cada vez que son arrestados. Poco importa que la detención se haga con luz y taquígrafos, o que los examine un médico, o que la autoridad judicial se haga cargo de ellos casi de inmediato. Da igual. Y para colmo, los nacionalistas les sitúan ahora en el papel de víctimas. A los verdugos. Los que interpretan cualquier mínimo gesto del nacionalismo, no tienen más que ver qué ruta siguen cada vez que pueden. No hay, hechos así lo demuestran, un nacionalismo moderado y otro radical, sino sólo uno: los dos son extremistas y uno de ellos, al menos, es además totalitario y excluyente. Dulcifica sus formas según de donde soplan los vientos políticos. Y pisotea la dignidad de sus víctimas a la menor ocasión. Por cierto, con ellos quiere sentarse a hablar ahora el señor Rajoy. Convendría que tomara sus precauciones y guardara distancias.
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