El 19 de octubre de 1967 —se cumplirán, pues, este otoño los cincuenta años—, la Academia sueca anunciaba la concesión del premio Nobel de Literatura a Miguel Ángel Asturias Rosales. Sumaría el quinto de estos galardones para las letras hispanas y, curiosamente, el primero para un novelista consumado; antes, lo habían recibido dos dramaturgos y dos poetas, por este orden.
Bien, hasta aquí la noticia. Pero a poco que evoco el peso y el poso de la obra de Asturias, este quincuagésimo aniversario se me antoja de celebración mayúscula. No obstante, antes de desmenuzar las razones para el alborozo, quiero enumerar algunos factores coyunturales, que si bien el tiempo ya se ha encargado de ajar, entonces obraron poderosamente en la concesión. Por lo pronto, Miguel Ángel Asturias reunía de sobrado las acreditaciones políticas, tan imprescindibles en aquellos años de la Guerra Fría, para recibir el distinguido premio. No en vano, Asturias era un solvente ejemplo de escritor del Tercer Mundo, entonces tan en boga, pues provenía de Guatemala, un país que se bamboleaba entre el Segundo y el Tercer Mundo; presentaba una cordial relación con Fidel Castro, el gran paladín para los países menesterosos; había participado en el congreso de escritores asiáticos de Nueva Delhi y hasta había recibido el Premio Lenin de la Paz; y, encima, ahí estaba su narrativa, donde lo indígena resultaba ineludible; ¿qué más se podía pedir a un hombre perfilado en el París de las vanguardias y que en aquel 1967 ya había sido recuperado por su nación tras un largo y destartalado exilio de trece años y hasta ostentaba el deslumbrante empleo de embajador en Francia?
Por si estos avales de corte cancilleresco no resultaran suficientes, concediéndole el premio, la Academia sueca se desquitaba del amargor de no habérselo otorgado a un novelista de la lengua que había parido la primera novela moderna, el Quijote, y por supuesto del cenizo recuerdo de la abortada concesión a Galdós, en 1904. Y aún había más; premiando a un narrador de las Américas, también se lo daba al vigoroso torrente de relatos que habían perseguido su genuina expresión desde la entrada del siglo, hasta que, más o menos por la década de los treinta, alcanzó a presentarla al mundo con aquel movimiento que se etiquetó como “novela indigenista”.
Y Asturias por edad y por temática emparentaba con los “indigenistas”, aunque imprimiera a su prosa y a sus tramas unas exigencias estéticas y argumentales que lo elevaban a lo insólito. Tanto es así que alumbró el “realismo mágico”.
Huelga que me detenga en ponderar la importancia de tal argucia narrativa para la novela hispánica posterior; sin embargo, se hace imprescindible que me ocupe de cómo Asturias la gestó para comprender el tamaño de su ingenio.
Cuenta Arturo Uslar Pietri que, durante su primera y crucial estancia parisina (1924-1933), Asturias “empezaba a conversar sobre una noticia literaria de París, o de los ballets rusos, y desembocaba sin remedio en una historia del Chilam Balam o en el artimaña de la prisionera que se escapó en un barquito pintado en la pared [Leyenda de la Tatuana]”, y añade: “casi tanto como nosotros, sus contertulios cotidianos eran Cara de Ángel, la familia Canales, la Masacuata y su cohorte de esbirros y soplones [personajes de El señor Presidente] y todos los fantasmas y leyendas que cuatro siglos de mestizaje cultural dejaron sueltos en las calles y las casas de Guatemala”. Y en su empeño confeso y juramentado por escribir un español que ya no sonase a criollo, sino a netamente chapín, esa oralidad, que ensayaba por los cafés de Montparnasse ante sus amigos Uslar Pietri, Carpentier o Avilés Ramírez, fue el instrumento determinante. El mismo Asturias lo repitió muchas veces a propósito de El señor Presidente (1946): “no fue escrito al principio, sino hablado”. Y bajo esa misma oralidad tejió coetáneamente Leyendas de Guatemala (1930), su primer y augural libro.
A esta gestación recitativa del relato, se añadía la fascinación de Asturias por la mitología maya, que había escudriñado, desde su infancia, en los decires de indios y que le llevó, recién desembarcado en París, a inscribirse en los cursos sobre religiones precolombinas del profesor Reynaud y a traducir, con José María González de Mendoza, el Popol Vuh (1927) y los Anales de los Xahil (1928). Estos dos elementos —oralidad y mitología— cocidos en el fuego fatuo y subyugante de aquel París de Picasso y Artaud, le desvelarían el “realismo mágico” como la característica distintiva del español de Guatemala; que no era otra sino la pervivencia de un pensamiento mítico anterior al español —por más desmazalado que se presentase— en la manera de mentar y concebir el mundo por sus paisanos.
Y tan persuasivo le resultó el descubrimiento que no le bastó con consumarlo en la portentosa Hombres de maíz (1949), sino que acompañó para siempre las urdimbres de su literatura. Y con tal acierto que el mecanismo se propagó —en cada uno según su habla y su desbaratada memoria— entre cuantos escritores de las Américas se empeñaron en plasmar el latido más veraz de sus pueblos.
Pero si este descubrimiento, el “realismo mágico”, lo singularizaría y lo distanciaría del realismo austero de los más cuajados “indigenistas”, como Arguedas, Icaza o Azuela, la denuncia que sustentaba sus tramas novelísticas, o sea, la pugna entre “sometidos” —los indios— y “sometedores” —los criollos o ladinos—, lo emparentaba. Aunque, si nos fijamos bien, solo como arranque de la circunstancia narrativa. Pues relatando las leyendas de su Guatemala, se le había desvelado que, por obra de encantamientos, los “sometidos” eran capaces de burlar a los “sometedores”; y avanzando un paso más —es decir, obrando con el “realismo mágico”—, de someterlos, como sucede en Hombres de maíz o en Maladrón (1969).
Este voltear el conflicto, que le había desvelado el “realismo mágico” para que aflorase la verdadera realidad oculta y aguardante, es el otro gran mecanismo narrativo de Asturias. Al punto de que en su Trilogía bananera lo encontramos, en cada una de las novelas, expuesto de un modo diferente: así, en Viento fuerte (1950), Asturias volvió a recurrir al hechizo para barrer con un soplo feroz la espuria y extenuante opresión de la Tropicaltanera —trasunto novelístico de la United Fruit Co.—; en cambio, en El Papa Verde (1954), no precisó de magias para desvelarnos cómo la Tropicaltanera —la “sometida” en esta ocasión— sojuzgaba a su “sometedor”, el gobierno norteamericano, evidenciando cuál era ya el formidable poder de las multinacionales en América y en el mundo; y en la última de la serie, Los ojos de los enterrados (1960), la más rica en situaciones y personajes y, a la vez, la más ajustada al realismo “indigenista”, a los “sometidos” —todo el pueblo de Guatemala— les bastaba con sumarse a una huelga, para que se desmoronase su “sometedor”, el dictador Ubico, para alumbrar en el envite quién sometía realmente a quién.
Y todo este juego revelaciones relatado con la prosodia de un chamán viejo que convocara un hechizo, que no es otro que nuestra absoluta sugestión como lectores. Esto, ni más ni menos, es lo que hay que celebrar este otoño de cumpleaños y a lo grande.
No me resta sino añadir que se me antoja casi obra de otro sortilegio que estas líneas se publiquen en El Imparcial, cabecera homónima a la del diario guatemalteco al que enviaba Miguel Ángel Asturias sus crónicas parisinas, durante aquellos prodigiosos años de las vanguardias.