www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

El cartógrafo, de Juan Mayorga: el ángel de la Historia ante la barbarie

El cartógrafo, de Juan Mayorga: el ángel de la Historia ante la barbarie
Ampliar
domingo 05 de marzo de 2017, 14:07h

Tras un clamoroso éxito en el madrileño Matadero, con el diario cartel de “No hay entradas”, este extraordinario texto, dirigido por su autor y con interpretaciones magistrales de Blanca Portillo y José Luis García-Pérez, gira por la geografía española. Convendría que Madrid acogiese de nuevo el montaje en un aforo más amplio donde dar cabida al gran número de espectadores que no pudieron disfrutarlo.

El cartógrafo, de Juan Mayorga

Director de escena: Juan Mayorga

Escenografía y Vestuario: Alejandro Andújar

Intérpretes: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez

Lugar de representación: Gira por España

Por Rafael Fuentes

Una primera impresión puramente afectiva se desprende del torrente de acontecimientos que se suceden en El cartógrafo: un malestar íntimo, un desconsuelo, una aflicción ante los retazos de barbarie que relampaguean y se ocultan bajo la vida en el gueto de Varsovia atrapado bajo las fuerzas de ocupación hitlerianas durante la II Guerra Mundial. Es necesario advertir, de inmediato, que esos registros emocionales están muy lejos de cualquier efectismo. No se da en esta obra ninguna acción escabrosa de terror, ningún espectáculo de barraca de feria sobre todo lo espantoso que envuelve al Holocausto, ningún incidente atroz que convierta la violencia en una exhibición de emociones, quizá para sacudir el aburrimiento o la monotonía de una tarde rutinaria de los espectadores. Por no haber, no se producirá en escena ningún acto de violencia física ni veremos pasar a ningún malvado nazi, ni siquiera a un taimado delator. Cualquier propensión a lo melodramático ha sido, por fortuna, cortada en seco.

Las sensaciones de profunda desazón se despiertan más bien a raíz de sucesos del día a día. Una española de hoy, Blanca, que trata de rememorar dónde estuvo y cómo fue realmente aquel ya lejano gueto. O los hábitos diarios de un viejo cartógrafo que, con ayuda de su nieta, intenta, en aquel tiempo ya sepultado, demarcar en un mapa los límites del reducto judío de la Varsovia de los años cuarenta en el que vive. Existencias humildes, situaciones mínimas que son a la vez altamente reveladoras. Que un suceso tenga una apariencia minúscula no quiere decir que no acarree consecuencias brutales o significados de gran alcance. Si se apoderan de nuestro corazón es porque, ante todo y en primer lugar, el teatro, el buen teatro, favorece más que ningún otro arte nuestra empatía con esas vidas imaginarias que se desenvuelven en el escenario, sumergiéndonos en lo más íntimo de su peripecia emocional, hasta el punto de hacerla nuestra.

Por ejemplo, el tenso afán de Blanca: su fuerte inquietud ante las dificultades para reconstruir el rompecabezas del pasado, su angustiada contrariedad por no conseguir su propósito, su ansia al ver cómo los vestigios del gueto se le escurren entre los dedos de las manos. También el sentimiento de peligro que amenaza al anciano Cartógrafo, una inseguridad cada vez más apremiante, por más que nosotros sepamos que el riesgo que le acecha es inmensamente mayor de lo que su imaginación puede llegar nunca a concebir. O bien la alegría ingenua, y audaz en su inocencia, de la nieta, incapaz de presentir el terror que se cierne sobre ella. La pieza nos zambulle en las vicisitudes anímicas de unos y otros, haciéndonos pasar por un riquísimo caleidoscopio de impresiones y afectos.

Pero más allá de esta empatía, la descarga emotiva de El cartógrafo se produce, en su trasfondo último, cuando rompe nuestras ideas preconcebidas sobre el Holocausto y quiebra así las expectativas de lo que inconscientemente esperábamos ver. Intuyo que este es uno de los propósitos del drama. Hacer pedazos nuestros esquemas preestablecidos. Como poco a poco se fractura en Blanca el estereotipo de ese gueto de Varsovia edulcorado por las guías turísticas. Se nos invita así a cuestionarnos en nosotros mismos las versiones convencionales y simplificadoras con que nos han narrado la barbarie. Esa tendencia a inmovilizar el pasado en un estereotipo tan esquemático como manipulable que los pensadores vienen denunciando. Jacques Derrida señaló en Posiciones cómo el pasado se depura y congela en una visión estática a base de ocultar muchos, muchísimos, infinidad de datos molestos. Michel Foucault había apuntado cómo esa purga y manipulación de lo pasado históricamente se afianzaba a través de estereotipos estéticos. Y, sin duda, todo lo referido al Holocausto suele llegarnos mediante una adulteración hecha a través de una estética popular que tergiversa, adelgaza, frivoliza -y esteriliza- la bárbara densidad de los acontecimientos, limitada a fórmulas insustanciales. Giorgio Agamben insiste en que toda organización cronológica de los hechos del pasado reducida a un proceso lineal y continuo como el de los relojes, implica esconder sucesos y tergiversar los que quedan a la luz. Antes que todos ellos, el filósofo Walter Benjamin aclaró cómo el relato histórico lineal se construía silenciando, ocultando, no registrando, la experiencia de los vencidos.

Una forma alternativa de concebir los hechos históricos da su estructura singular a El cartógrafo, de Juan Mayorga. De entre todos los personajes de su drama, destacan dos parejas en conflicto: Blanca y Raúl en el presente, y el Cartógrafo y su nieta, La Niña, en el pasado. En el dúo de Blanca y Raúl se registra una contraposición radical. Raúl, inmerso en su trabajo diplomático, no tiene el menor interés en ir más allá del conocimiento histórico manido y superficial del exterminio judío llevado a cabo en tierras polacas. Blanca, por el contrario, se mueve por un deseo de indagar, conocer ese universo volatilizado, espoleando su determinación con las contradicciones que detecta entre la historia oficial y los detalles que ella va descubriendo con sorpresa y desconcierto. La historia del gueto de Varsovia y del Holocausto, en su orden lógico aprendido en los libros al uso va entrando en quiebra. No es casual que uno de los mayores estímulos de Blanca sean distintas instantáneas de la vida en el gueto que va encontrando de un modo azaroso y caótico. Precisamente fue Walter Benjamin quien percibió esa cualidad histórica de la fotografía. Las fotos nos revelan un instante del pasado, tan súbito y repentino que en su carácter fulgurante y efímero trasmite una verdad de lo sucedido muy poco manipulable. En esta pieza de Mayorga, la cartografía posee una enorme relevancia metafórica, pero no es menor la que encarna la fotografía, asociada siempre a las pesquisas de Blanca. Ella es la arqueóloga por entusiasmo, la indagadora de las ruinas vitales, la que ha roto el orden preestablecido y recupera los fragmentos sepultados. Esos que en sus astillas inconexas centellean con un relámpago de verdad.

Es curioso el hecho de que Blanca no actúe movida por ningún impulso psicológico previo que justifique esa pasión por el Holocausto, ni le induzca a rastrearlo tal vehemencia. En ese sentido -muy conectado a su fascinación por las reveladoras instantáneas fotográficas del ayer-, Blanca parece una encarnación humana del “Ángel de la Historia”. Es conocida la célebre acuarela de Paul Klee: Angelus Novus, que Walter Benjamin llevaba siempre consigo. Representa un “Ángel” recién engendrado por Dios, para que cante la maravilla de la creación. Pero en tanto ese “Ángel Nuevo” asciende, a la vez mira absorto y a punto de horrorizarse cómo el mundo sobre el que se eleva está en continua destrucción, produciendo una gigantesca montaña de ruinas. La vida se destruye, la barbarie pulveriza, la aniquilación se le muestra en estado puro. Y eso mismo le sucede a Blanca, cuando desde nuestro más inmediato presente investiga el gueto de Varsovia y sus restos arqueológicos que señalan de qué modo tan espantoso ocurrió el caudal inmenso de sufrimiento humano, cuyos pedazos fracturados están bajo el manto de las reconstrucciones artificiosas. La propia obra El cartógrafo se articula, así, como una constelación de fragmentos. De hecho, lo único que Blanca puede dar como válido frente a las versiones oficiales.

Frente a Raúl y Blanca, en las capas profundas de los escombros humanos acumulados tras sucesivas barbaries, nos encontraos con la pareja del Cartógrafo y su nieta. El autor pone buen cuidado en remarcar que se trata de un “mito”, y un mito por más señas producido por él mismo. No es un dato insignificante. Pareciera que el conocimiento solo deba basarse en la ciencia, y la ciencia hace mucho tiempo que expulsó a la fantasía del saber. Mayorga está en la línea de los que consideran, por el contrario, que la imaginación es un componente consustancial a la sabiduría. No debería olvidarse nunca que la filosofía inaugural de Platón se expresó siempre mediante “mitos”. Mitos, por supuesto, de su propia creación, donde lo imaginativo contribuía de un modo determinante a manifestar sus verdades. De igual manera, en El cartógrafo, se nos narra un suceso legendario: érase una vez que había en Varsovia un cartógrafo, ya anciano, cuyas maltrechas piernas le impedían caminar por el gueto donde vivía. Y por ello enviaba a su nieta a explorar los más diversos rincones de ese territorio amenazado, con el fin de obtener los datos necesarios para realizar un mapa del lugar. Hermoso mito. El Cartógrafo de la obra, a través de sus instrucciones a la nieta, nos proporciona una soberbia lección de cartografía que el espectador jamás hubiera podido sospechar y que difícilmente olvidará. Imborrable despliegue de conocimientos sobre la naturaleza de los mapas. Los hay -y en abundancia- que no sirven para orientar, sino justo al contrario, para confundir a quien los use. Los que orientan lo hacen desde las perspectivas y los propósitos más diversos. Cómo se llega a un sitio, dónde se está más seguro o más expuesto, en qué lugar ocurrieron sucesos destacables, incluso en qué sitios acontecieron hechos memorables para la vida personal e íntima de quien los elabora. Quizá, estos últimos, los más insólitos y a la vez más valiosos.

En el ensayo del pensador Alberto Sucasas que acompaña a la edición de El cartógrafo, en La uÑa RoTa, se pone de relieve la presencia reincidente de la metáfora del mapa tanto en las obras teatrales de Mayorga como en el contrapunto de sus trabajos reflexivos -recogidos en Elipses-, donde se apunta la analogía entre el plano y la pieza dramática. Ambos revelan vías ocultas y desconocidas en el mundo, tanto como en otras ocasiones se proponen perder a quien las ve o consulta, desorientarle, ocultarle el camino, hacerle vivir en una perpetua falsedad. Al final, Blanca debe iniciar el primer esbozo intuitivo de sus atlas personal, en la misma forma en que el Cartógrafo se esfuerza por hacer su mapa contrarreloj. Ambos llenos de veracidad, en dos direcciones que estarían destinadas a encontrarse, pero que quizá sea utópico imaginar que alguna vez dispongan de la oportunidad de converger.


Las dos parejas evolucionarán en la obra. Blanca hallará a Deborah, quizá aquella nieta ilusionada del cartógrafo -o al menos a una anciana diseñadora de mapas que se identifica con el significado de esa leyenda-, ahora convertida en una amarga cartógrafa que en el trascurso de su vida ha comprobado cómo los mapas que le han encargado tenían como principal misión engañar, extraviar, ocultar: su conflicto con las autoritarias directrices de los jerarcas comunistas resulta muy elocuente. Su refugio será, finalmente, hacer mapas para niños, quizá el último ámbito donde conservar la inocencia primitiva de aquella niña que era nieta de un cartógrafo del gueto de Varsovia todavía ingenua e insobornablemente fiel a lo que veía.

La pareja compuesta por Blanca y Raúl no cambia menos. Al final, ella logra quebrar la muralla burocrática en la que su marido ha buscado un falso amparo. Parece que las pesquisas de ambos olvidan en un primer momento las atrocidades enterradas bajo el suelo que pisan. Repentinamente, Blanca se tenderá en el suelo para que Raúl trace su silueta con una tiza, y en ese contorno inicie una cartografía de su relación con ella. Cada uno de nosotros somos un continente embozado y tan oculto como los sucesos del más remoto pasado. Precisamos pertrecharnos de los más refinados saberes de la arqueología para inspeccionarnos a nosotros mismos como terra incognita. Es un nuevo principio de las relaciones entre los dos. El atlas subjetivo e íntimo es más necesario que cualquier otro y sin duda el que menos falsificaciones debería admitir. Raúl aceptará, a su vez, tenderse también en el suelo para que su perfil de tiza propicie otro atlas de sí mismo realizado por su pareja. ¿Hemos abandonado el campo de recuperación histórica, para girar hacia la recuperación de lo más recóndito del presente?

En parte sí, pero solo en cierta medida. Mayorga ha contado cómo la escena le vino sugerida por ejercicios teatrales que llevó a cabo con Sarah Kane, donde la malograda dramaturga británica pedía a sus alumnos que colocasen una palabra sobre el perfil trazado en el suelo, un color, una fecha, un animal -un singular mapa, en definitiva, tan heterodoxo como vital-, a partir del cual emergiese una dramatización. Sin duda, una profunda ligazón entre cuerpo, persona, vida y drama. Sin embargo, en su puesta en escena en El cartógrafo no deja de provocarnos otras sugestiones antagónicas. La silueta de tiza en el suelo en torno al cuerpo de Blanca, y después de Raúl, me despertó la connotación del trazo forense que la policía dibuja alrededor de un cadáver, por lo general tras un homicidio. Los mapas mutuos de Raúl y Blanca no son en modo alguno ninguna forma de agresión, sino un acto de amor. Pero implícitamente poseen una oculta conexión con la muerte. En el contexto de la pieza, muestran una tácita solidaridad con los cadáveres agolpados tras crímenes colectivos, cuyo horror quedó sepultado y sus vínculos con el presente rotos para ceguera nuestra. La cartografía de Raúl y Blanca es también una rebelión contra la muerte, un gesto, al menos, contra el olvido de lo individual y singular de la persona, aún después de su desaparición. Creo que en ello se esbozan secretos nexos entre sus reactivadas vidas y su frustrada búsqueda de la barbarie del pasado desvirtuada por la lejanía y los estereotipos.


En este montaje, dirigido por el propio Mayorga, todos los personajes son interpretados por dos actores: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez. Un reto de considerables proporciones en una obra pensada para más de una docena de intérpretes, y resuelto al ritmo torrencial con que se suceden las transiciones. Tanto Blanca Portillo como García-Pérez permutan de personaje a una velocidad vertiginosa, pericia que permite al público seguir sin dificultades las distintas acciones que se entrecruzan de forma infatigable. La escenografía de Alejandro Andújar se reduce a los más escuetos elementos que agiten con mayor eficacia nuestra imaginación para que nos sintamos en un sótano, en una calle polaca, en una embajada, en una imprenta clandestina… sin que nada de ello se encuentre construido. Máximo partido de la pura sugerencia. Otro tanto ocurre con el vestuario, donde una mínima prenda aviva en nuestra fantasía toda la íntegra vestimenta de cada uno.

No deja de llamar intensamente la atención que los actores vistan en todo momento monos de color naranja fuerte, o quizá rojo. ¿Alusión al crimen, al sufrimiento, al dolor silenciado y enterrado vivo? Me quedo personalmente con la sugerencia de un color que evoca una luz de alarma. Cuidado, aquello sucedió. Se planearon a una escala inaudita exterminios con una escalofriante frialdad. Y lo más inquietante: con la complicidad, el silencio, la deliberada ignorancia de grandes masas de la población, circunspecta omisión que la iguala con la aquiescencia y la muda colaboración. Si ocurrió una vez, no sería prudente creer que no pueda desencadenarse de nuevo. Un aviso a esa forma de cainismo que se expresa a través del mutismo o la indiferencia ante los distintos rostros de la barbarie que habremos de afrontar.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.