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TRIBUNA

Milo Quesada, de las tablas a la nostalgia

miércoles 08 de marzo de 2017, 20:00h

Johannes Brahms decía que para él un tema era lo menos importante; “de lo que se trata –agregaba- es saber qué se hace con el tema”. Sabemos que la trama de la vida humana es intransferible y sorprendente y, por qué no, novelesca, si se la observa con criterio estético; todo, en definitiva se reduce a la épica o a la epopeya y las variantes no son demasiadas: los amores y los sueños, la alegría y la tristeza, el dolor y la muerte, la ternura y el odio. Una obra de Joseph Conrad, que abarca los siete mares del planeta no es menos íntima que una novela de Flaubert o un relato sedentario de Marcel Proust. De tal manera que en el esbozo biográfico de cualquiera de nosotros están siempre el individuo y su perplejidad ante el Universo, su índole y su destino.

Mi amigo, el actor Milo Quesada (nacido en Buenos Aires en 1930 con el nombre de Raúl García Alonso y fallecido en Madrid en 2012), fue un personaje que después de una exitosa y fugaz carrera en el cine y en las tablas, se convirtió en empresario, sin dejar nunca de ser un esteta. Su vida, como la vida de todo hombre cuando se la mira de cerca, no deja de ser fascinante y literaria. Entusiasta de la actuación, con buena pinta de porteño ganador, se inició en el mundo cinematográfico con Crisol de hombres (1954) y ese mismo año participó con un papel protagónico en Los problemas de papá, la versión argentino-española de Kurt Land; luego actuó en Al sur del paralelo 42 (1955), en Surcos en el mar (1956) y tuvo su consagración en Rosaura a las 10 , la película dirigida por Mario Sofici (1958), donde encarnó al novio de Rosaura, en la versión basada en la novela homónima de Marco Denevi. Ese mismo año viajó a Madrid para filmar Las chicas de la Cruz Roja con Katia Loritz, Luz Márquez y Concha Velasco (1958), e interpretó el papel de Carlos Gardel en Mi último tango (1960), una película de Luis César Amadori, donde formó pareja con Sarita Montiel. También participó en Pampa salvaje, de Hugo Fregonese (1966). Ya consagrado, en los años ‘70 hizo un personaje que se llamaba “Shanghai” en El coleccionista de cadáveres, uno de los últimos protagónicos del mítico Boris Karloff.

Pero volvamos a finales de los años ’50 y al inició de su carrera interpretativa. Por esa época, en procura del espacio vacío que dejó en Hollywood el mítico Rodolfo Valentino, primer sex symbol latino del cine mundial, muerto prematuramente a los 31 años, Milo Quesada viajó con otros actores argentinos para probar suerte en los Estados Unidos y fue acompañado de los famosos galanes Fernando Lamas, Carlos Thompson, Alejandro Rey y Eduardo Rudy. Sin lograr el propósito de cubrir el espacio que dejó vacío Valentino, a algunos les fue muy bien (como a Lamas y a Thompson, sobre todo por sus casamientos; a otros bien como a Rey y a Rudy) y a otros pésimo como al querido Milo. Sin embargo, como dice el refrán, “no hay mal que por bien no venga”. Nuestro galán fue contratado por el simpatiquísimo cavalieri italiano Pietro Gasparini, representante de Vittorio Gassman y Marcelo Mastroianni para filmar en Italia los famosos sphaguettis western, esperpentos que en contraste con las películas tradicionales del género norteamericano, se caracterizaban por una estética sucia, actuada por personajes aparentemente carentes de moral, rudos y duros. El apogeo de este subgénero se vivió en Cinecittà en la segunda mitad de la década de los ‘60, especialmente con las películas de Sergio Leone y con actores como Terence Hill y Bud Spencer, a los que acompañó el inefable Milo.

Tampoco allá le fue demasiado bien, aunque tampoco mal. En papeles secundarios actuó en otras películas junto a Monica Viti, Gina Lollobrigida y los mencionados Gassman y Mastroianni; sin embargo, el batacazo lo dio en su casamiento con una millonaria condesa napolitana (“buen destino de argentino seductor”, como lo calificó Miguel de Molina, que lo recordaba de la época que llegó a Buenos Aires) y, al menos, resolvió el acuciante problema de la supervivencia. Por esa época Francisco Rabal y su mujer, Asunción Balaguer, llegaron a Roma para montar una obra e incluyeron a Milo en el elenco. Concluida la temporada, Rabal le propuso viajar con ellos para realizar otra puesta en España, y nuestro amigo, ya divorciado de la condesa marchó a Madrid. Le fue relativamente bien; no tuvo demasiado éxito ni en el cine ni el teatro. Su destino era otro, el mundo de los negocios. Milo conoció a un empresario del juego y al poco tiempo se asoció con él. Eran los años duros del franquismo y le costó afianzarse. Pero, con perseverancia, las máquinas “tragaperras”, dieron su fruto.

Desde ese momento el cine y la actuación formaron parte de su menos exquisito que brillante pasado. En la calle Aduana, a pocos metros de Montera tenía sus oficinas, y desde allí Milo regenteaba sus casas de juego diseminadas por toda España. Durante años, hasta su fallecimiento, el negocio prosperó de maravillas y su fortuna no dejó de acrecentarse.

A través de su colega, el bueno de Saúl Jarlip, actor habitual en las películas de Leopoldo Torre Nilson y Leonardo Fabio, yo lo conocí (no recuerdo ahora si en Buenos Aires o en Madrid) y mantuve con él una afectuosa y dilatada amistad. Saúl, por su parte, era otro hombre encantador, que había socorrido a Milo en los momentos difíciles y en aquel tiempo lo acompañaba.

Con un carácter especial que entremezclaba la amabilidad con el autoritarismo, Milo era un hombre insólito, generoso y con sentido del humor. Le encantaba estar al servicio de sus amigos y ayudarlos en todo lo que estuviera a su alcance. Siempre que yo pasaba por Madrid, almorzábamos en el restaurante del café Gijón, donde “Pepe” Barcia, uno de los garzones más antiguos, lo atendía preferentemente. Allí compartimos mesa con Marcello Mastroianni, de paso por Madrid, con Héctor Alterio, con algunos famosos toreros, con el pintor Laxeiro, con Amparo Rivelles, con el conductor televisivo Soler Serrano y con el escritor Alejandro Vaccaro.

Lo que más recuerdo de esos años, cuando todos estaban vivos y éramos felices; sobre por el contenido de su pintoresquismo, son los almuerzos en su casa de Aravaca. Allí, invariablemente, todos los sábados un grupo de amigos comía con él y su esposa. Entre ellos se destacaban Fernando Fernán Gómez y Paco Rabal, Sara Montiel y José Luis López Vázquez, Néstor Almendros y Alfredo Landa, con los que Milo mantenía una afectuosa intimidad. Pero su íntimo amigo y cómplice era Paco Rabal, con el que después de la comida se encerraba en su oficina para conversar a solas con una botella de whisky y recordar viejos tiempos. Era divertido contemplarlos a ambos en un diálogo incoherente. Mientras Rabal dormitaba desenhebrando palabras casi incomprensibles, Quesada escuchaba música. Así podían pasar horas y horas balbuceando, casi sin comunicarse, o comunicándose con un lenguaje de alcohol y evocación.

Una de las pasiones argentinas, sin duda la más honda y la menos pública, se expresa en la amistad; algo que nos enorgullece. Milo practicó a lo largo de su vida esa pasión. Fue un amigo leal y eso exalta su persona. Con el debido respeto escribo este humilde recordatorio que, con una serie de consideraciones abstractas, persigue un solo objetivo, rescatar del olvido a un actor argentino bastante olvidado en este ancho y prodigioso mundo del arte.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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