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¿Hacia un nuevo paradigma electoral?

José Varela Ortega
jueves 26 de junio de 2008, 21:49h
Iniciada la Transición democrática española, apareció un libro importante sobre el funcionamiento político de la República: Partidos y Parlamento en la II República. Una de las conclusiones más significativas a las que llegaba su autor, Santiago Varela Díaz, en ese trabajo era que uno de los problemas que lastró la democracia republicana de los treinta, desde el punto de vista del equilibrio y estabilización del sistema político, estaba en que, en las elecciones republicanas, los partidos peleaban -y ganaban- las elecciones disputando el voto de los extremos. Avanzada ya la Transición, como pudo demostrarse en estudios de éste y de otros autores, el comportamiento electoral de nuestra democracia actual ha sido el opuesto. En efecto, a medida que se sucedieron las elecciones desde 1978, se fue proyectando un paradigma electoral con arreglo al cual los votos -y los triunfos- de la presente democracia se ganaban en el centro del espectro político. Y así ha sido hasta la elección de Marzo de 2003. Sabemos que el comportamiento de esa jornada electoral se vio significativamente afectado por el atentado del 9. El manejo de aquella tragedia que aconsejaron los “encuesteros” a los dirigentes del PP fue considerado por una parte sustancial del electorado como tácticas dilatorias para disimular lo ocurrido. Amplios sectores de la opinión llegaron, además, a la conclusión de que la causa -que no el pretexto o motivo- del atentado había sido la intervención española en Irak, una guerra, en todo caso, que suscitaba el rechazo mayoritario de la opinión. Zapatero, con el apoyo contundente de poderosos sectores mediáticos afines, supo capitalizar e impulsar ese clima de tensión y culpabilidad logrando -y esto es lo interesante, a los efectos que aquí nos ocupan- movilizar el voto radical, que los sociólogos consideran marginal porque tiende a la abstención y está residenciado en el extremo del espectro político.

Aquellas fueron, pues, las primeras elecciones que se ganaron por los extremos. Pero no las últimas. Aunque, cuatro años después, el efecto Irak hubiera remitido de modo casi absoluto, en estas últimas elecciones de Marzo de 2008 el perfil del voto se ha reproducido. Sin perjuicio que estudios más puntuales dibujen contornos más precisos, grosso modo, es un hecho que el Partido Socialista ha aumentado algo más de un millón de votos procedente de sectores extremos y marginales que le han compensado sobradamente de una pérdida por su centro de medio millón largo de votos que habrían pasado a los populares y en parte al Partido de Rosa Díez (Unión Progreso y Democracia). La debacle de partidos que ocupan el extremo del abanico electoral, como los republicanos catalanes (ERC) e Izquierda Unida, o el significativo descenso del PNV (un partido travestido en maximalista al hacerse soberanista) es un fenómeno interesante. Podría incluso calificarse de esperanzador, desde el punto de vista de la estabilidad del sistema. Sin embargo, debemos evitar ciertas conclusiones apresuradas y otras desenfocadas aparecidas tras estos resultados. Entre estas últimas, se encuentra una especie insólita que viene circulando desde estas últimas elecciones; a saber: que se ha producido un tsunami bi-partidista. Siendo así que la cultura política, el perfil electoral español es marcadamente bi-partidista desde hace casi doscientos años. Precisamente, los tsunamis tienden a generarse cuando se busca romper ese bipartidismo con proyectos hegemónicos, no importa de qué signo: en el siglo XIX, los tsunamis se conocían como revoluciones y pronunciamientos; y, en nuestros días, al tsunami de la pasada legislatura hemos dado en llamarle “crispación” -que es lo menos que puede pasarnos cuando intentamos excluir del sistema a uno de los dos partidos, representantes cada uno de ellos del 40% del voto. Por fin -y entre las conclusiones optimistas apresuradas- está el confundir la fagocitación por parte del PSOE del voto radical y extremista con la integración de esos grupos en el sistema. Podría haber ocurrido de otra manera, pero, a esta altura del proceso, es un hecho que la deriva nacionalista del Sr. Zapatero ha espoleado, en lugar de integrado, al nacionalismo, el cual, a la fecha de hoy, se ha inclinado abrumadoramente hacia posturas secesionistas radicales -al menos, por lo que hace a políticos profesionales y partidos. Otra cosa, claro, son los votantes. Como hemos señalado más arriba, es también un hecho que el PSOE se ha engullido del orden de un millón de votos extremistas. Desde el punto de vista del equilibrio del sistema, podría ser, en principio, una buena noticia. Buena, siempre y cuando los actuales dirigentes socialistas consideren ese voto radical como voto “cautivo”. Pero mala -siempre argumentando desde el punto de vista del sistema- si Zapatero y su entorno interpretan ese voto extremista, cosechado en la última elección, como “cautivador” y, en consecuencia, se decantan por políticas radicales.

Por fin, empiezan a dibujarse en el espectro electoral español ciertos perfiles interesantes -que calificaremos de preocupantes, si continuamos argumentando sin tomar mas partido que el de la estabilidad del sistema político. En este punto, sería bueno recordar el gran giro que se ha producido en la historia electoral. Hay un antes y un después: antes de -digamos- 1985, las ciudades votaban a partidos etiquetados de izquierda (y el campo, el voto rural, era de “derechas”); después de esa fecha, relaciones y colores se han invertido, de modo que, grosso modo -y con la importante excepción de Barcelona- las ciudades tienden a votar centro derecha, mientras el voto de los pueblos bascula hacia la izquierda. En general, esa tendencia se mantiene pero, desde las últimas elecciones, empieza a subrayarse una especialización regional del voto, sin duda más acentuada en el PP -cuya concentración y desequilibrio del voto explica parte de su derrota- pero también perceptible en el PSOE. Este tiene una sobre-representación en Extremadura y Andalucía, donde los socialistas cuentan con mayoría absoluta desde hace tres décadas, y en Cataluña, donde el PP lleva camino de convertirse en un partido marginal. Por el contrario, los populares van incrementando -y concentrando- su voto en Madrid, Valencia y Murcia, donde los socialistas empiezan a padecer cierta anemia crónica. Este perfil de especialización regional proyecta una tendencia preocupante -para la estabilidad del sistema- en la medida que, en un Estado fuertemente federalizado, la unidad y distribución regional equilibrada de los partidos es aguja fundamental para enhebrar lo que una administración territorial descentralizada ha dispersado. Lincoln lo tenía muy claro: pensaba que la crisis secesionista había estallado no sólo, ni principalmente, por el tema esclavista cuanto por el fraccionamiento regional de los partidos. Merece la pena reflexionar sobre ello.

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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