Ese mundo desaparecido clausura una trilogía que, a su vez, confirma la destacada impronta que se ha decidido a dejar Dennis Lehane en las entrañas del género negro contemporáneo. Este ambicioso retrato (ejercicio consistente de ficción y documentación) sobre la mafia en los Estados Unidos de la Primera y Segunda Guerra Mundial se sustenta en una columna vertebral que, en esta tercera y última entrega, comienza a encorvarse debido al peso del tiempo, de las responsabilidades y del dolor que de uno y de otras se desprende. Esa espina dorsal es Joe Coughlin, a quien los lectores acompañan desde su infancia hasta su consolidación como líder mafioso en Cualquier otro día y Vivir de noche, dos primeros títulos de la obra, y que en este último ha renunciado (o eso quiere hacerse creer a sí mismo) a ese poderoso y peligroso pedestal.
En este libro, el más existencialista de los tres, Joe aparece volcado en aquellos de sus negocios que mayor y mejor contacto guardan con el ámbito de lo legal. El deseo de ver crecer a su hijo alejado de la oscura identidad de su padre convierte al que un día fuera el gran capo de la mafia en un hombre más humano; errante, reflexivo, e incapaz de olvidar a su mujer (asesinada por culpa de su “trabajo”), por mucho que trate de mantener una singular relación con la mujer del alcalde de Tampa, ciudad que funciona como un personaje más y también como testigo silencioso de una cantidad innumerable de sombríos hechos.
A pesar de no renunciar en absoluto a construir un relato de mafiosos, Lehane ha tomado la decisión de desplazarse hasta las consecuencias directas que puede arrastrar la vida de un gánster de tal envergadura. Aparecen de una forma más concisa los miedos, sin que haya pudor por reconocerlos como tales; se convierte en sofocante la carga que suponen los pecados cometidos: las muertes provocadas o los asesinatos perpetrados, las familias destrozadas (mutiladas, reconoce el propio protagonista), las traiciones que se ocultan tras ciertos códigos éticos y profesionales que se tornan imprecisos… Todo ello se erige en una gran ola que amenaza con batir furiosa contra el imperio establecido y destruirlo por completo.
Ese mundo desaparecido es un título anticipatorio, una sentencia que no pretende sino confirmar que esta historia ha llegado a un fin. Aunque, como tras cada final, deba brotar una nueva era. Sin embargo, para Joe Coughlin nada podrá ser igual. Su posición de consejero del clan familiar que ahora domina la zona entrará en conflicto con aquella otra vida tranquila que anhela llevar. La comprobación de que una de esas dos partes es mucho más fuerte e incontrolable que la otra traerá incluso fantasmas a la vida del protagonista, que no podrá evitar enfrentarse a una amenaza cuyo control no parece estar a su alcance. Quizás, después de todo, una vida llena de violencia, acción y poder haya dejado una marca imposible de borrar. Y la manera de rendirse ante ello puede conducir hasta oscuros pasadizos en los que será imposible dar marcha atrás.