Intelectuales
jueves 26 de junio de 2008, 22:24h
¿Qué convierte a un poeta, a un médico o a un profesor de filosofía en un “intelectual”? La respuesta, si la esperamos precisa, no es fácil. Si procedemos por aproximación, cabe decir que es la política. Aunque al señalar que el espacio social en que se mueve el intelectual es la escena pública se plantea inmediatamente la cuestión de qué es lo que diferencia al intelectual del político profesional. Y al establecerse la comparación acaso el intelectual no salga muy bien parado. Parece que el intelectual es el individuo que hace política pertrechado en su cátedra o despacho, en suma, protegido por el prestigio profesional que le permite aislarse de la lucha política, a la que desciende cuando le conviene.
Pero es demasiado complejo y ambicioso hablar de los intelectuales en general. En realidad, estas reflexiones y las que siguen me han sido “transmitidas” por el reciente Epistolario inédito que en edición crítica (impecable edición) ha publicado en Espasa Antonio López Vega, quien, pese a su juventud, se perfila como uno de los historiadores más capaces de la cultura española del XX.
Marañón, Ortega y Unamuno, los autores de las cartas que ahora podemos leer, fueron tres intelectuales de prestigio que intervinieron en política en momentos decisivos de la turbulenta historia española del primer tercio del siglo XX. Llegaron a la acción desde la opinión política. Y fracasaron en sus intervenciones cuando decidieron abandonar la pluma y tomar el micrófono para hablar a las multitudes que hacían realmente la historia. Resultaban a la vez fascinantes y antipáticos. Unamuno, que se había convertido en la peor pesadilla del dictador Primo de Rivera, volvió a España de su exilio en olor de multitudes y cuando se cansó de éstas se volvió a su casa de Salamanca dilapidando un capital político que le convertía en un genuino líder de masas. Cuando Ortega hablaba en el Parlamento, sus frases les parecían a los más de sus señorías, mariposas exquisitas urdidas por un ocioso. Y Marañón podía parecer un señorito ambicioso que no tenía bastante con su consulta. ¿Qué les llevó a la política y que les retiró de la misma? A mi juicio, les llevó la responsabilidad moral y algo tan demodé que apenas si se entiende ya: el patriotismo hacia su comunidad, la conciencia de que el hombre vive como ciudadano y es corresponsable de los destinos de su nación.
Fue muy clara en el siglo pasado esta dimensión de preocupación por la cosa pública en escritores, artistas, profesores. Se origina, sin duda, en el siglo revolucionario por excelencia, el XIX. El intelectual añade a su sentido de responsabilidad, la presunción de que él, mejor que otros, ve los defectos de la sociedad, que ha de poner de manifiesto -es casi innecesario decir que el intelectual es Zola denunciando el caso Dreyfuss- y también quien mejor desvela los encantos del ideal que empuja a la sociedad hacia su liberación. Sin confianza en el progreso en pos de la consecución de ideales, no hay “intelectual”. Quizá por eso el intelectual en sentido estricto ha desaparecido con el siglo XX, cuando los propios sucesos de la historia han terminado por arrollar, como si fuera una riada de verano mediterráneo, la utopía. El joven Ortega, que encarnó bien la figura luminosa del intelectual, definió con notable precisión su tarea cuando dijo que debía “seducir y oponerse”: seducir hacia el ideal y oponerse a los malos usos sociales. Pero también captó con su fino oído para las cosas históricas, que había pasado su tiempo y postuló la necesidad de callar. El silencio fue el destino histórico de los intelectuales, que, por lo demás, no hay que lamentar. Unamuno, Ortega y Marañón lo encarnaron en sus travesías vitales de manera ejemplar.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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