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EPPUR SI MOUVE

Los herederos de ETA

martes 21 de marzo de 2017, 20:06h

“ETA ha decidido revelar el escondite de sus arsenales”. La noticia es buena, aunque llega más de 50 años tarde. Y tramposa, como todo lo que rodea al brazo armado del nacionalismo vasco. Pero vayamos por partes.

En 1960, la explosión de una bomba en la estación de ferrocarril de Amara -Guipúzcoa- acababa con la vida de Begoña Urroz Ibarrola, un bebé de apenas 22 meses de edad. Sería la primera de una larga lista formada por casi 900 víctimas mortales, todas ellas inocentes. Conviene hacer esta precisión porque durante este medio siglo no ha habido únicamente atentados mortales o familias destrozadas por secuestros y extorsiones, sino flecos casi tan ruines como lo anterior. El primero de ellos, el de determinadas expresiones a la hora de hablar de víctimas “a secas” o víctimas “inocentes”, dependiendo del uniforme o afiliación política del asesinado. Primera infamia. Todos y cada uno de los asesinados por el brazo armado del nacionalismo vasco son inocentes; los únicos culpables son sus asesinos y quienes los amparan.

“El camino no ha sido fácil”. Cierto. Segar la vida de casi un millar de personas entraña su dificultad, al igual que arruinársela a miles de familias que tuvieron que salir de Euskadi ante las amenazas del nacionalismo radical. Y qué decir de su “frente institucional”; eso sí que es de nota. No ha habido proceso electoral alguno en el que ETA haya dejado de intentar colar a los suyos en las instituciones. Unas veces ha tenido más suerte que otras aunque, curiosamente, cada vez que el PSOE estaba en el poder las trabas eran menores.

No es ETA quien ha decidido dejar de matar; sino la labor de jueces, fiscales y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado la que ha llevado a la banda a capitular. Conviene tenerlo presente a la hora de valorar la “generosidad” que reclaman para sus miembros la izquierda y el nacionalismo. La justicia ni es ni deja de ser generosa; es, simplemente eso, justicia. Si mañana todos los pederastas, traficantes de drogas o maltratadores deciden cesar en su actividad y proponer al Estado “un proceso negociador”, parecería una broma de mal gusto. De igual modo, con ETA sólo cabía su desarme y disolución, cosa que aún no se ha producido. Punto. Y final, no aparte ni seguido. Lo contrario sería legitimar tanta muerte y dolor.

Nunca hubo dos bandos, sino unos que mataban y otros que morían por el simple hecho de ir al colegio, estar haciendo la compra en Hipercor o jugando en el patio de alguna casa cuartel de la Guardia Civil. Escribía Boris Pasternak a propósito de las masacres de la Segunda Guerra Mundial que “ha de fijarse en la memoria el bombardeo. Aquellos días en cuenta se tendrán en que, como en Belén, el nuevo Herodes, dio rienda suelta a su maldad. Desaparecerán los testigos del pasado, mas el martirio de los niños mutilados jamás se olvidará”. Aquí, en España, hay quien pretende que pase algo parecido. Gente de Bildu con Arnaldo Otegui a la cabeza, terrorista confeso al que Jordi Évole llama “amigo” y que ha sido pieza clave en el entramado de dolor. E indeseables como el medio centenar de nacionalistas que agredían salvajemente a dos guardias civiles y sus novias en la localidad navarra de Alsasua. Todos ellos son herederos del odio inoculado por ETA y que, aunque derrotado y debilitado, aún pervive.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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