Brasil se encamina al Mundial mientras que Argentina y Uruguay se marcan.
La decimotercera jornada de la ronda latinoamericana de clasificación para el próximo Mundial, celebrada de manera íntegra en la madrugada del jueves al viernes, asistió a la inesperada explosión goleadora de Paulinho. El interior, de anatomía portentosa que se abandonó al millonario exilio chino, tomó Uruguay con un hat-trick descriptivo de sus facultades: disparo temible desde media distancia, llegada a gol y pegada a balón parado. Sus dianas servirían para remontar el gol inicial de Cavani y dispararían a la canarinha como líder destacado en busca del billete mundialista (ostenta el liderato con siete puntos de ventaja). Pero, entre líneas y de forma explícita, el Centenario (que era inexpugnable hasta ese punto, con una serie inmaculada de seis triunfos en seis partidos acogidos) ejercería como marco de la noticia de la fecha: la teatralización del relevo en el trono americano. Neymar gritó mandar por encima de los otros tótems y desprovisto del gol (habitual criterio diferenciador) como razón.
Porque el futbolista del Barça, víctima de dobles marcas en la pizarra del profe Tabarez, se sabía la referencia de un once en el que el centro del campo era músculo (Casemiro, Paulinho y Renato Augusto o Fernandinho) y la jurisdicción de la creatividad se limitaba a la línea ofensiva, con Coutinho y Firmino como actores secundarios, y las incorporaciones de Marcelo -el madridista patrocinaría el gol charrúa con una cesión temeraria, de pecho, a su portero- y Dani Alves jugando un papel trascendental en la fórmula. Así, el estelar nombre al que la mejor zaga del continente trataría de neutralizar supo aglutinar la atención para soltar en el momento adecuado. En una exhibición soberana.
Por ese cauce llegó el empate, con una asistencia al latigazo de Paulinho. Y de su inteligencia, siempre amenazante con o sin espacios, en conducción o en pase, de su lectura de los momentos y el juego, Ney sentenciaría el envite con una obra maestra que elevaría su jerárquico rendimiento en el coliseo más indigesto de la región. Desbordó en un chispazo de genialidad a Coates y, antes de que Godín llegara a la escena, el diestro culé dibujó una vaselina de exagerada parábola que supuso el 1-3 y el silencio de Montevideo. Ya coronado, la relamida ejecución de escapismo continuo, amenaza individual con cada vez más vertiente coral e intelecto para amortizar los sobremarcajes que provoca en pos del bien común, se retiró satisfecho del verde.
La de esta madrugada era una batalla de mente fría, pierna fuerte y sabiduría como capitán y faro de Brasil. Aterrizaban en casa del segundo, que coincide con la plantilla de mayor pulsión competitiva -que no calidad, ese parámetro es el que hace flaquear el excelente exprimir de las facultades disponibles que evidencia la celeste en cada envite-. Ya hace tiempo que Neymar maduró en este sentido y aprehendió el gesto duro que requiere jugar en el Cono Sur o en la vera de los Andes. La expresión y la mentalidad deben endurecerse, porque allí no se protege (tanto) el juego estético como en el Viejo Contiente. Hubo un lapso en el que el 10 brasileño estaba afligido por cierto síndrome de lost in translation, en el que su percepción se ofuscaba. Pero su precoz madurez está susurrando el advenimiento del cambio de guardia que ya se ha constatado en la Commebol como una inercia extrapolable a la UEFA y sus condecoraciones.
Y es que Brasil no juega con exquisitez en combinación, ni tampoco busca con vehemencia la iniciativa. De hecho, Titealimenta la imposición del físico en el centro del campo para que el terrible magnetismo de la calidad que comprime en punta se desate sin amarres. Y en ese contexto, de menoscabada ayuda en la gestación de peligro y radicalmente opuesto al marco del Camp Nou, ya hace tiempo que ha asumido la responsabilidad de hacer mejor a sus compañeros. Con 25 años. El rol que ha venido acometiendo Ángel Di María en Argentina hasta que Messi cedió metros -antes de amenazar y confirmar su despedida de la selección nacional-. Sin embargo, el Fideo volvería a ser el punzón referencial de la albiceleste ayer, en su duelo con el depauperado combinado chileno.
El jugador del PSG -hipérbole en el 4-0 que conseguiría levantar un Barcelona con su genio en estadía plomiza- respaldecería de nuevo como el más fino de su aristocrática línea ofensiva. Y es que La Pulga sólo firmaría el gol, de penalti provocado por el extremo zurdo que sigue erigiéndose como el líder silencioso que cimenta los otros liderazgos vocales (Macherano).
El equipo del Patón Bauza, que alineó a Di María, Messi, Agüero e Higuaín ante Chile (ese equipo de presión elevada e incómodo, que yace en una nebulosa que aparenta estar sumergida sobre la resaca del doble triunfo en las ediciones de 2015 y 2016 de la Copa América), sigue sin brillar aunque su faceta industrial está cada vez más asentada, con el jefecito y Biglia como anclas. En un reflejo del prototípico estilo que ha uniformado al seleccionador de maestro de la Libertadores.
Pero es que el mejor jugador del mundo en cinco ocasiones no dirigió la orquesta como se le presupone, como en tantas otras ocasiones en este y en otros ciclos, a pesar de verse rodeado de un muestrario de figuras atacantes más florido y variopinto que su homólogo brasileño. El 1-0 final que registró el envite celebrado en el Monumental de River autografía la irregularidad de Lionel que tanto se le reprocha, porque, aunque enfrentaban una empresa de altura táctica y exigencia de concentración ante La Roja, el brete no era, ni de lejos, más revirado que el disuelto por los cariocas en el feudo de su enemigo íntimo. Aunque la venganza de las dos finales perdidas por penaltis ante los chilenos fue consumada.
La jornada se completaría con un gol de James -previo fallo en la transformación del penalti- que rescató a la inconsistente Colombia de Peckerman ante Bolivia (1-0 en casa), la remontada hasta el empate de Perú en Venezuela (2-0 se pusieron los caribeños hasta que el colosal goleador Guerrero entró en el diálogo) y el triunfo de Paraguay sobre Ecuador que corrobora la entrada en la pugna de los guaranís y la depresión de los ecuatorianos (2-1, para fastidio de la amarilla, que hace no mucho se manejaba entre los punteros).