Wilt Chamberlain, Kobe Bryant, Elgin Baylor, David Robinson y David Thompson son, a partir de esta madrugada, sus compañeros de viaje en uno de los restrictivos nichos estadísticos que la NBA reserva a los nombres históricos del baloncesto. Devin Booker, veinteañero que todavía está en fase de cimentar las expectativas que en depositaron los Denver Nuggets el 25 de junio de 2015 -fue drafteado en el pick 13-, saltó la banca al asestarle 70 puntos a los Boston Celtics y en el mítico templo del TDG Garden.
No le serviría para ganar a su franquicia, que navega con irregularidad por la exigente Conferencia Oeste, pero sí catapulta a realidad la promesa de artillero que anunciaba este escolta de anotación compulsiva en su etapa universitaria. Y es que desde que aterrizó en el profesionalismo, este jugador de origen puertorriqueño ha ido acumulando condecoraciones de manera silente, enmarcado en un mercado pequeño y ganando peso como piedra angular de un equipo en crecimiento, transición o vaya usted a saber. Hace tiempo que el equipo de Colorado protagoniza una travesía por su desierto particular.
El caso es que Booker, que como se afirma no consiguió que su vestuario ganara a los Celtics (130-120) a pesar de su hipérbole anotadora -en base, entre otros factores, a la clase de su antagonista coyuntural Isaiah Thomas (34 puntos)-, ha ido hilvanando una reputación precoz que ha revertido en cifras y muescas de un currículo sabroso a pesar de lo corto de su trayecto. Este sábado alcanzaría el récord de precocidad en anotar al menos 70 puntos en un partido profesional -anotó 51 puntos en los dos últimos cuartos-, pero no es más que la pomposa cima del trabajo que ya había asomado excelencia, aunque ésta fuera matizada por el star system que le rodea.
Booker (mejor marca de la temporada con una relación de 21 de 40 tiros de campo, 4 de 11 triples, 24 de 26 desde la línea de personal, logró ocho rebotes y entregó seis asistencias en 45 minutos), ha inscribió su nombre en los anales de la mejor liga de baloncesto que haya conocido este deporte. En su año de novato se uniformó como el primer jugador que debutaba en la NBA a los 18 años y tras pasar un curso en la universidad (en Kentucky), en el triunfo de los suyos ante los Mavericks; se apuntó a la lista de nombres que anotaron 20 puntos o más con precocidad semejante al encestarle 21 tantos a los Kings (sólo superado en este epígrafe por Kobe Bryant, Lebron James, Kevin Durant, Tracy McGrady y Dwight Howard); con seis triples anotados ante los Pacers firmó la mejor marca desde la línea de tres jamás cosechada por un novato en los Suns; y a los 19 años y 81 días inscribió su apellido como el tercer anotador más joven en la historia de la NBA de al menos 30 puntos en un partido (sólo Lebron y Durant le rebasan en prontitud).
El día en el que los dos favoritos al anillo afianzaron sus lideratos de conferencia -los Cavaliers ganaron su división al tumbar 105-112 a los Hornets y los Warriors se pasearon 114-100 ante los Kings, para colocar dos partidos y medio de distancia con los Spurs-, Devin acaparó la atención del planeta baloncestístico. Ahora queda aguardar para constatar si esta sublime convulsión anotadora es producto de un fogonazo descontextualizado o si es el pistoletazo de salida, la ignición, de un estrellato pronosticado desde el draft. Y es que su desmesurado rendimiento tomó forma cuando los de Phoenix se saben ya eliminados de la post temporada (22-51 es su discreto récord). Con la rebaja de presión, atención táctica o amarre solidario por el bien común que eso conlleva.
Desde que la Mamba picara 81 puntos ante los Raptors en 2006, Estados Unidos no había degustado una ejemplificación similar de la expresión estar on fire. La expresión poética de anotación automática, de rigor y tino casi marcial, como ha sucedido últimamente con Klay Thompson y Stephen Curry, gesta una conmoción, una sensación de pertenencia a un suceso histórico que no entiende de colores, que es contaminante. Y así ocurrió a la sacrosanta inchada de los Celtics, que en cierto punto celebraban cada vvariopinto acierto de Booker. Eso sí, hasta que el partido llegó a su recta final y la ejecución legendaria pasó a representar la némesis a vencer.