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NOVELA

Gonzalo Torné: Años felices

domingo 26 de marzo de 2017, 17:50h
Gonzalo Torné: Años felices

Anagrama. Barcelona, 2017. 360 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por Paulo García Conde

Hay historias cuyo peso reposa en la trama, en un desarrollo que conduzca al lector por derroteros que difícilmente podría llegar a intuir o incluso a asumir. Hay otras, en cambio, en las que la trama son los propios personajes; no importan tanto los pasos dados como los pies que los efectúan, así como no se convierte en obligación el hecho de respetar las estructuras arquetípicas divididas en un cierto número de actos reconocibles. Años felices, la última obra de Gonzalo Torné, pertenece a esta segunda categoría.

En esta novela se nos presenta a un pequeño grupo de personajes de mediados del siglo XX, que coincide en las entrañas del Nueva York de aquel entonces. Aunque Alfred Montsalvatges, un joven catalán emigrado, juega (sin en realidad buscarlo) a ser el personaje central del variopinto conjunto, lo cierto es que su peso fluctúa a lo largo de la obra. Según la situación (y, sobre todo, según las elecciones que toma la voz narrativa a la hora de detallar los hechos), otros personajes se erigen en epicentro de las escenas: Harry Osborn es el precoz heredero de una gran fortuna que reside casi recluido en su mansión de Riverside, quizás porque cuando sale de ella nada bueno ocurre a ojos de otros que lo observan con disimulada lupa; Kevin Prichard es una especie de mono de feria, figura clave para entender los claroscuros que pueden existir en toda relación amistosa, en todo vínculo afectivo; las hermanas Rosenbloom son la noche y el día, alternando dichas funciones según el punto de vista de quien las contemple.

Años felices cuenta las andanzas de este grupo de amigos, compañeros o camaradas en su paso de la juventud hacia una etapa de asunción de la madurez, donde cada personalidad aporta una visión distinta que, para bien o para mal, incide en la de sus semejantes. La prosa de Torné es de gran meticulosidad, y encuentra su mejor salvoconducto en la figura de Alfred, cuyos amores y tropiezos con la literatura dejan un rastro no muy sólido pero sí identificable a lo largo de la novela. La voz narrativa elegida para construir esta historia de historias crea sin embargo una peculiar sensación de engaño. Sin manifestarse abiertamente hasta la parte final, conduce con destreza el relato, soltando de vez en cuando algunas señales que alertan al lector de que no se trata en absoluto de un narrador omnisciente, ni de un narrador testigo; es alguien que ha recogido el testimonio de todo lo ocurrido, alguien que, de una manera u otra, está involucrado en los hechos que se manifiestan. Pero este enigma no parece jugar un papel crucial en la trama, su ocultación no termina teniendo la fuerza que se le auguraba a raíz de las contadas pistas que de manera intencionada (o ese es al menos el efecto logrado) iban impregnando el texto.

De Años felices destaca la construcción de cada personaje, retratos imperfectos e incompletos que obligan al lector a asumir una implicación profunda en los caminos que cada uno va tomando. Personajes tan llenos de vida que esta misma puede terminar engulléndolos. Conceptos como la amistad, el amor, la juventud, los intereses se entremezclan para dar lugar a conflictos con los que tendrán que lidiar unas personas jóvenes que pretenden ser algo más que eso, cuyas personalidades exquisitas y singulares lucharán por sobreponerse a cualquier obstáculo. Una historia donde la historia no importa tanto, pero sí quienes la van construyendo. Contado todo con un estilo diestro y poderoso, donde el lenguaje se muestra afilado e inteligente a la hora de desplegar un paisaje de lo más enigmático.

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