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ESCRITO AL RASO

Desigualdad: esa cosa tan sexy

David Felipe Arranz
lunes 03 de abril de 2017, 20:02h
Actualizado el: 03 de abril de 2017, 20:45h

Mientras en los partidos de fútbol infantil del domingo los padres se arrean sus castañazos con salpicones carmesí dignos de LaMotta, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) nos ha dado un “alegrón” de finde primaveral lanzando un nuevo concepto, el de los “nuevos pobres”. Y los sociólogos se han servido de los parámetros de AROPE: tener ingresos bajos, vivir en hogares donde escasea el empleo o sufrir privaciones materiales severas como carecer de lavadora, no poder comprar comida o no poder pagar los recibos. Y el ex libris de esta crónica dominguera de congreso político, liderazgos seniles e intercambios de cromos en el lobby del hotel, chicos, es como la bienvenida de la despedida: hola, nos vamos a la mierda. Hasta aquí ha llegado la fiesta.

Las familias con niños y los hogares monoparentales –que a alguno nos sigue sonando a primate– viven en riesgo de exclusión social. De hecho, entre 2005 y 2015 los niños han pasado de un 29% a un 34% de posibilidades acabar pidiendo por la calle. Algún experto ha ido más allá y ha dicho que “Todos los hogares donde hay presencia de menores tienen mayor riesgo”. Es decir, que los papás están verdaderamente jodidos, con perdón, y que la paternidad en este país está penalizada económicamente. El perfil de la familia española con tres o más hijos se define como “de gran riesgo” y, por regiones, el andalusí y el murciano es para echar a correr con un 36% y un 31% de nuestros paisanos del sur en riesgo de pobreza y exclusión. La gran familia se hace soluble en la sopa boba y calcinante de este año infernal, que nos viene dando hartazgo desde el 1 de enero, y los teóricos de la encuesta ya nos la han vestido de harapos, tenebrismo y negrura, a lo Gutiérrez Solana.

Por el contrario, Eurostat dice que los tres tipos de hogares que más gastan en España son los menores de 65 años que viven solos, las parejas sin hijos y los mayores de 65 años. Hablando en plata, los solterones, las parejitas que se miran el ombligo y pasan de traer criaturas a este mundo y el sector del alegre otoño, nuestros mayores, que siguen representando el colchón en el que descansan y hasta viven y procrean los nietos, los hijos y hasta alguno que pasaba de visita por allí a fondo perdido de los ahorros de los abuelos. Añadamos el imperio del “precariato” laboral y la “flexibilización” del despido que han impulsado todos los gobiernos y tenemos la combinación perfecta para la explosión social. Hay seis millones de españoles que, aun trabajando, no llegan a fin de mes, afirma el reciente estudio Población especialmente vulnerable. Algunos nos reconocemos muy vulnerables a los efectos colaterales de la necedad.

Todo ello arroja un fiero retrato que contrasta con el seísmo de la juventud digital, las naderías de los youtubers, más ocupados en su ego que en arreglar el mundo o denunciar los desequilibrios mundiales, y el desnudamiento de una parte importante de los instagramers, que enseñan el culo o ponen morritos cada cinco minutos, no sabemos por qué misteriosa y alegórica razón. Y entonces el advenimiento de las habilidades digitales se ha tornado en idiocia supina, la revolución de los estultes, la idéntica validez de lo que diga una tal Ter sobre el volumen del trasero de Kim Kardashian y los escritos de Gabriel García Márquez –esto dicho por mis alumnos–. “Ambos tienen la misma validez, solo que al Premio Nobel no lo vamos a leer, profe, y en cambio Ter tiene muchas cosas que decir”, exclamaron al unísono. Ahora la Kardashian es al canon de belleza como el modelo de Praxíteles hasta hace dos días, dice ella fijando en la pantalla su pelo azul, que es la verdadera rebelión, la pose y el concepto todo o “conceto”, que diría Pepiño. Y Cien años de snapchat y El coronel no tiene quien le escriba likes. Porque después de tanta juerga de informe, tanto martirologio de los chiquillos, tanto anudarse la manguera, atarse los machos y tanta vasectomía colectiva –que nos vamos al hoyo, María–, llega Ter con su libertinaje esquizoide y dice las verdades del barquero: aquí ha empezado a bajar la marea del nivel y no va a parar hasta dejar al descubierto el fondo abisal, con todos nuestros monstruos sociales boqueando y coleando al descubierto para nuestra enajenación definitiva, el apocalipsis colectivo y youtuber de los antilíderes del siglo XXI. Esa corriente ominosa que ya se ha instalado como un estilo de vida y si llevan unas bragas en Facebook o un tanga marcando paquete es porque detrás hay una marca. Ay, la abstracción invasora del marketing...

Permítanme que me desahogue un poco en esta intemperie espumeante del columnismo, que es nuestro capricho vividero. Qué duda cabe de que ya estamos inmersos en un tiempo falaz, fugaz y feroz, extraordinariamente duro y pintado aprisa con el brochazo del cinismo hedonista y la mendicidad mental. En esta época salvaje, en la que el calimocho ha sustituido al champán rosé, el desprecio de una generación hacia otra gana la batalla al respeto y al diálogo. Es un punto y aparte con un abismo hasta el siguiente párrafo evolutivo. Que corra con la guita de la conexión 4G el yayo, que Dios y San Zuckerberg se lo pagarán, y pasando de la OCDE. Que la desigualdad, colega, es una cosa muy sexy. De 'nuevos pobres'.

Twitter: @dfarranz

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