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POCO A POCO

Un fabulador de pura raza

miércoles 05 de abril de 2017, 21:06h

Esa fuente inagotable de saber que fue el filósofo, poeta y ensayista Ralph Waldo Emerson (ese alto caballero americano, en el delicado e impecable soneto de Borges) escribió que “la poesía nace de la poesía”. Y se extendió explicando que no es imprescindible la inspiración de la naturaleza o del amor para consumar buenos textos. La lectura puede ser, quizá, un manantial tan eficaz como un crepúsculo o un perfumado jardín. Empiezo con estos párrafos para preparar a mi lector sobre el tema que lo aguarda. Sucedió que este fin de semana, en la biblioteca de mi casa de Isla Verde, como siempre suele suceder, la busca de un volumen me hizo recalar en otro, que permanecía misteriosamente al acecho de mi mano para ser releído. Así, buscando una antología de Lope de Vega, tropecé saludablemente con Correspondence of F. Scott Fitzgerald, una edición comentada de Matthew Bruccoli y Margaret Duggan (1980) sobre las cartas escritas por el admirable novelista norteamericano, que me obsequiara Borges cuando le descubrí que El gran Gatsby estaba inspirado, en parte, en nuestro aristócrata y común amigo Martín Máximo de Álzaga Unzúe, alias “Macoco”; a la sazón, por esos tiempos, radicado en los Estados Unidos y socio en la producción de películas del multimillonario Howard Hughes.

Como saben sus “reincidentes” lectores (no dudo en calificarlos así, porque con los grandes artífices de la palabra uno siempre es reincidente), Francis Scott Key Fitzgerald, nació en una familia de clase media alta en Saint Paul, Minnesota, en septiembre de 1896 y murió, a pocos meses de cumplir los 44 años, en California, en diciembre de 1940. Su padre, Edward Fitzgerald, de ascendencia irlandesa e inglesa, se trasladó a esa región después de la Guerra Civil de la que había participado en favor de los confederados. “Era un hombre callado y un perfecto caballero con bellos modales sureños”, según el recuerdo de su hijo. Su madre Mary McQuillan, comúnmente llamada Molly, fue la hija de un inmigrante irlandés que hizo su fortuna en el negocio de venta al mayoreo de comida. Scott, así se lo llamó siempre, después de graduarse, intentó ingresar en un equipo de fútbol, pero resultó eliminado el primer día de entrenamiento. Ya por ese entonces, luego de la muerte de sus hermanos, había decido ser escritor, y se hizo amigo de los futuros críticos Edmund Wilson y John Peale Bishop, sus más severos guías y consejeros.

Su dedicación a la escritura hizo que Scott descuidara sus estudios en Princeton, por tal motivo quedó en una situación provisional, y en 1917 abandonó la universidad para unirse al Ejército. Preocupado por la posibilidad de morir en la guerra sin cumplir sus sueños literarios, escribió apresuradamente The romantic egotist (El ególatra romántico) en las semanas previas a su incorporación al regimiento y, aunque el editor Scribners lo rechazó, el revisor crítico dejó constancia de la originalidad de su novela y alentó a Fitzgerald a entregar más trabajos en el futuro.

Romántico y seductor, mientras estaba en Princeton y durante una visita a su hogar en St. Paul, Scott conoció a Ginevra King, una joven de la alta sociedad de Chicago, de quien se enamoró perdidamente. Obsesionado con esa joven, “siguió consagrado a Ginevra mientras ella se lo permitió”, y le escribió “las incoherentes y expresivas cartas diarias que todos los jóvenes enamorados escriben”. Ella se convertiría en su musa inspiradora para el personaje de Isabelle Borgé, el primer amor de Amory Blaine en This side of Paradise (A este lado del Paraíso); después lo sería para Daisy en The great Gatsby, y para otros múltiples personajes de sus novelas e historias cortas.

En ese paso por el Ejército, fue ascendido a subteniente de infantería y asignado al campamento Sheridan, en las afueras de Montgomery, Alabama. Durante una reunión en un club campestre “adonde asistí como un ciudadano más”, conoció a Zelda Sayre (1900-1948), la hija de un juez del Tribunal Supremo de Alabama y, según el propio Scott, la “niña bonita” de la sociedad juvenil de Montgomery, y se enamoró de ella. La guerra terminó en 1918, antes de que él fuera enviado al frente, y al ser dado de baja se mudó a Nueva York, con la esperanza de hacer carrera en publicidad y ganar lo suficiente para convencer a Zelda que fuera su esposa. Trabajando para la famosa agencia de publicidad Barron Collier, mientras vivía en una habitación de la Av. Claremont 200 del barrio de Morningside Heights, en el lado oeste de Manhattan, consagró a una todavía usada pasta dentífrica. Zelda aceptó su propuesta de matrimonio, pero después de un tiempo y a pesar de trabajar en esa firma publicitaria y escribir historias cortas, Scott no consiguió convencerla de que sería capaz de mantenerla, por lo que ella rompió el compromiso. De regreso a la casa de sus padres, se entregó de lleno a la revisión de novela The romantic egotist y reestructurarla como This side of Paradise, una representación semiautobiográfica de los años de su carrera de estudiante en Princeton. En esos días, por su escasez de medios económicos, trabajó durante un tiempo en un taller de reparación de chapa y pintura de automóviles. “Eso no era para mí –comentaría-. Me pasaba todo el tiempo mirando el reloj con desesperación para abandonar ese infierno”. En el otoño de 1919, presentó su novela a Scribner, que la publicó al año siguiente, convirtiéndose en un éxito inmediato, con más de 40 mil ejemplares vendidos durante el primer año. Esa obra significó el inicio de la carrera de la carrera literaria de Francis Scott Fitzgerald, que con los derechos regulares consiguió un salario estable que permitió, sobre todo, satisfacer las opulentas necesidades de Zelda, con quien se casó en 1920 en la catedral de San Patricio de Nueva York. Su hija única, Frances Scott Fitzgerald, apodada “Scottie”, nació en octubre de 1921.

Lo que siguió después fue una vida entregada a los placeres que otorga el dinero cuando las historias comienzan a fluir con facilidad pero, también, con una maestría literaria incuestionable. Hacia finales de la década del ‘20, durante “los años locos”, conoció a un argentino afincado en Nueva York, el magnate “Macoco” de Álzaga Unzué, considerado como el primer play boy del mundo, amante de Rita Hayworth y de Claudette Colbert, en otras muchas mujeres y propietario del cabaret Moroco, en sociedad con Al Capone y su hermano Herlad. No mucho después, radicado en Hollywood, “Macoco” se convertiría en mecenas de Scott y lo ayudaría a instalarse en Hollywood para trabajar como guionista de cine. Allí, Scott escribió novelas maravillosas, como Hermosos y malditos o Suave es la noche; y su obra maestra indiscutida, El gran Gatsby, se dice que inspirada en su protector, el pródigo “Macoco”. Tampoco descuidó la narración breve, y el éxito lo trasladó a sus cuentos, que siempre le dieron un rédito económico y artístico que le permitió sustentar, hasta cierto punto, su tren imparable de una existencia plagada de desbordes. Quizá su relato más recordado fue El curioso caso de Benjamin Button (recientemente llevado al cine por el actor Brad Pitt).

Las obras de Scott Fitzgerald han inspirado a otros escritores desde su primera publicación. El gran Gatsby, por ejemplo, incitó a T. S. Eliot a escribirle una carta en la que dice: “Creo que desde Henry James, es el primer paso que da la ficción norteamericana para ser consagrada en el mundo…” Don Birnam, el protagonista de The lost weekend, de Charles Jackson, dice, refiriéndose a El gran Gatsby: “No existe (...) una novela perfecta. Pero si la hay, es ésta”. En cartas escritas en los años ‘40, J. D. Salinger expresó su admiración por toda la obra de Scott Fitzgerald, y su biógrafo Ian Hamilton escribió que Salinger incluso se consideró por algún tiempo “el legítimo sucesor de Fitzgerald”. Richard Yates, por su parte, un escritor a quien se lo compara a menudo con él, afirmó que El gran Gatsby era “la novela más rica que había leído (...) un milagro del talento (...) un triunfo de técnica literaria”. En un editorial del New York Times publicado después de su muerte, se afirmó que Fitzgerald “era mejor de lo que creía, ya que en los hechos y en el sentido literario inventó una generación (...). Tal vez, los interpretaba e incluso los guiaba cuando, llegados a la madurez, veían una libertad diferente y más noble amenazada por la destrucción”.

El París de los años veinte fue la década más influyente en el desarrollo de Fitzgerald, que efectuó múltiples viajes a Europa, por lo general a París y la Riviera Francesa, y se hizo amigo de muchos miembros de la comunidad de estadounidenses expatriados en París, en especial de Ernest Hemingway. La amistad de Fitzgerald con Hemingway era bastante apasionada, como solía ocurrir con las relaciones de ambos. Hemingway no se llevaba bien con Zelda y no sólo la tildó de “loca infame” en sus memorias A moveable feast, sino que también afirmó que Zelda era quien “alentaba a su esposo a beber para distraerlo de su tarea de escritor”, a fin de que pudiera trabajar en las historias cortas que vendía a las revistas para mantener su fastuoso estilo de vida. Como muchos autores profesionales de su época, Scott Fitzgerald complementaba sus ganancias escribiendo historias cortas para revistas como The Saturday Evening Post, Collier's Weekly y Esquire, y vendía sus historias y novelas a los estudios de Hollywood.

Yo, como reincidente lector de Francis Scott Fitzgerald, me considero con autoridad para afirmar que fue uno de los escritores norteamericanos que mejor retrató a su época, logrando capturar la esencia, muchas veces oscura, de la clase social a la que pertenecía y reflejar sus ambiciosas aspiraciones económicas. A través de esa condición, filtraba las emociones más violentas de un país tan complejo como creciente. Scott perteneció a lo que Gertrude Stein llamó la “generación perdida”: aquellos escritores norteamericanos que luego de la Primera Guerra Mundial vivieron en París y otros países de Europa hasta la Gran Depresión. Dentro de ese grupo de notables escritores, revistaban titanes como John Dos Passos, Ezra Pound, Erskine Caldwell, William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck.

Francis Scott Fitzgerald supo muy pronto cuál era su camino y se volcó de lleno a la literatura. Escribió alguna vez: “La mayoría de mis contemporáneos no habían empezado a los veintidós. El talento que madura pronto es generalmente del tipo poético, y el mío en gran parte fue de esa naturaleza. El talento para la prosa depende de otros factores: la asimilación del material y la cuidadosa selección del mismo o, para decirlo más directamente, tener algo para decir y un modo interesante y muy desarrollado de decirlo.”

Cabe agregar que con su primera novela, This side of Paradise (A este lado del paraíso), publicada en 1922, logró un éxito instantáneo. El crítico y ensayista Glenway Wescott al referir aquellos inicios de novelista, opinó: “Scott Fitzgerald obsesionó a su década como si hubiera escrito una canción popular perfecta y de ritmo contagioso. Colgaba por encima del movimiento juvenil entero, como una pancarta, ahora algo descolorida y ajada por el viento; ese viento ha dejado de soplar, pero un libro que los universitarios realmente lean es algo raro, algo que no debe descartarse sin más; sobre todo en un momento de rigurosa sofisticación”.

Pero volvamos a ese matrimonio poco conveniente que fue el que lo precipitó al alcoholismo. Zelda, el amor de su vida, lo complicó siempre, y sin pausa, convirtiendo su vida en algo casi insoportable. En 1932, ya instalado en París, el eco doloroso de la hospitalización y el diagnóstico de esquizofrenia lo sumió en la desesperación. Sin embargo, el éxito literario, como consecuencia de su entrega total a la literatura, lo siguió acompañando. En su cuaderno de notas, Scott afirma: “Nunca le echo la culpa al fracaso; hay demasiadas situaciones complicadas en el mundo, pero soy absolutamente impiadoso hacia la falta de esfuerzo. Si uno no trabaja es imposible avanzar en esta vida”. Uno lee sus textos y puede percibir el trabajo y el fracaso de una estrella fugaz e intensa que derribó las barreras entre vida y arte para dejar una de las obras literarias más interesantes del siglo XX, que todavía persiste, y merece ser leída (o releída) en estos tiempos, y acaso en todos los tiempos.

Creo que para cualquier escritor, Francis Scott Fitzgerald ocupa el altar de aquel que murió (por decisión propia, o tal vez por pésimas decisiones) a consecuencia de haber hecho mal todas las cosas que puede llegar a hacer mal un escritor fuera de sus libros. Fue un ejemplo en cierto sentido, tal vez el mejor de los malos ejemplos.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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