La poesía es un don y se regala. Hace un tiempo, el amigo carmonense Antonio Fernández me dedicó un poema por haberle dispensado de algún que otro libro de versos. Ahora soy yo quien agradece a otro amigo, Mario Álvarez Porro, haberme puesto en contacto con el Premio Adonáis 2025, Oración de la lluvia, de Carmen María López. Quizá haya algo de justicia poética en ese intercambio: la poesía circula de mano en mano, como agua que encuentra una forma de llegar.
En la trayectoria de Carmen María López López (Murcia, 1991) ya estaban presentes la identidad, la memoria y la genealogía. Después de Yo también anochezco (2023) y La madre de nadie (2024), esta nueva entrega no abandona esos motivos, pero los depura y los conduce hacia una mayor densidad simbólica. La lluvia se convierte ahora en principio de revelación: cae sobre el presente, arrastrando consigo voces antiguas, cuerpos, paisajes y nombres familiares. El agua une aquello que parecía separado.
El aparato textual inicial —las citas de Borges y Natalia Litvinova y, sobre todo, la dedicatoria a su hija, «A Carmen Lucía, / que me prestó el hilo de la lluvia…»— anticipa una poética fundada en el tránsito entre generaciones. El sujeto busca reconocerse mirando hacia atrás; su identidad se concibe como una prolongación heredada. De ahí la acertada observación de Mario Álvarez Porro al hablar de una poesía que articula la «genealogía cultural y biológica». En Carmen María López, ambas terminan encontrándose en la palabra.
El poemario se organiza en dos grandes partes, «Lo divino» y «Lo humano», precedidas por «Ítaca», poema pórtico que establece desde el comienzo la necesidad del regreso: «Cuando vuelvas al lago de tu infancia / pide que la memoria no te falle». El referente homérico queda así transformado: la Ítaca de la autora no es únicamente un lugar al que regresar, sino la infancia, la familia, la estirpe y ese territorio anterior al yo donde comienzan las preguntas. «Escucha en el rumor del agua antigua / tus raíces, la voz de tus abuelos», concluye. Escuchar es aquí recordar; recordar, reconocerse.
En «Lo divino», la experiencia poética asciende hacia aquello que sobrepasa lo visible. Es también la sección de mayor presencia metapoética, con composiciones como «Borges se equivocaba», «Gramática estructural» o «Jardinería». La tradición literaria no funciona como repertorio ornamental: Borges, Vallejo o Machado entran en conversación con Miguel Ángel, Bach, Zagajewski, Haneke o Rembrandt para ampliar el espacio íntimo. Lo divino no reside en una trascendencia abstracta, sino en la capacidad de percibir lo que habitualmente pasa inadvertido.
Por eso resulta esencial «Lo pequeño»: «Escribo de rodillas, genuflexa, / para escuchar el canto de las cosas / pequeñas». El gesto de arrodillarse posee una evidente resonancia religiosa, pero también una función estética: rebajar la voz para que puedan hablar las cosas. La enumeración —«la luz, el aire, el cielo»— culmina en «la oración de la lluvia», convirtiendo la naturaleza en escritura anterior a la escritura. En este universo, la lluvia crea, dicta.
La misma equivalencia aparece en «César Vallejo, Cementerio de Montparnasse»: «Llueve sobre París busco tu tumba». La lluvia acompaña la búsqueda del poeta peruano hasta transformarse en plegaria: «Escribir es llover: dar en ofrenda». El verso condensa buena parte de la poética del libro. Escribir supone entregarse, desprenderse de algo propio para que otro pueda recibirlo. La poesía adquiere así una dimensión espiritual que no necesita afirmarse doctrinalmente: se manifiesta en la actitud de escucha, en la atención a lo mínimo y en la aceptación de que toda palabra verdadera nace de una cierta intemperie.
«Lo humano» invierte el movimiento. Si la primera parte se abría hacia lo trascendente, esta desciende al cuerpo, la familia y el tiempo. El río establece la continuidad entre nacimiento y muerte: «anuda el camino entre los cuerpos / el nacer y el morir, la claridad y lo oscuro». La imagen del agua permite reunir contrarios sin resolverlos. La existencia se convierte en tránsito.
La familia aparece entonces como una segunda naturaleza: «La familia es un bosque […] / este bosque es tu cuerpo y te habla». La metáfora vegetal prolonga la genealogía anunciada en «Ítaca»: raíces, ramas, estirpe y memoria pertenecen a un mismo sistema simbólico. El cuerpo deja de ser frontera individual para convertirse en lugar de transmisión.
Todo desemboca en «Oración de la lluvia», poema central y más extenso del volumen, organizado en siete secciones. La repetición de «Porque» al comienzo de varios segmentos produce un ritmo anafórico próximo a la letanía y convierte la experiencia personal en plegaria. «Porque no voy a salir de aquí. / Porque esta casa es ahora refugio de la lluvia». La casa deja de ser únicamente espacio doméstico y adquiere valor de santuario: allí se escucha, se recuerda y se transmite.
La hija ocupa el centro afectivo de esta revelación. «Hija, enséñame / a que me importe y a que no me importe / el curso de la vida». La paradoja expresa una sabiduría de la aceptación: amar la vida implica aprender también a no pretender dominar su curso. La voz de la hija enlaza, además, con la de la abuela: «Mi abuela hablaba con la lluvia. / Escuchaba sus códices secretos». El agua se convierte en archivo de mujeres, en lenguaje transmitido entre generaciones. Cuando afirma que en su hija todavía no nacida ve «la estirpe preciosa de mi abuela», el poema cierra el círculo: el futuro contiene el pasado.
Formalmente, el libro encuentra su cohesión en un verso de poderosa respiración endecasilábica, a menudo interrumpido por pausas internas que permiten modular el pensamiento. La cadencia se sostiene también mediante anáforas, paralelismos, repeticiones y metáforas encadenadas. Estos recursos no buscan ornamentar el discurso, sino reproducir el movimiento circular de la lluvia y de la memoria: volver, insistir, caer de nuevo sobre la misma imagen hasta descubrir en ella otro sentido. La dicción, clara y contenida, permite que la emoción se sostenga sin desbordamientos retóricos.
En este sentido, Oración de la lluvia dialoga con la poesía humanista de Antonio Machado y César Vallejo, y con una concepción de la palabra cercana a María Zambrano: pensar desde la herida sin renunciar a la luz. Carmen María López incorpora esas voces a una sensibilidad propia donde lo espiritual se encarna en lo doméstico, lo maternal y lo cotidiano.
Quizá por eso el libro pueda leerse como una respuesta a la erosión del tiempo. Frente a la pérdida, la muerte y el silencio quedan la memoria, la muerte, la genealogía y la palabra. Y frente al hundimiento, la autora formula su imperativo: «Contra la indignidad del hundimiento, / hágase la poesía».
La poesía se regala porque transforma lo vivido en algo que puede entregarse. Oración de la lluvia convierte ese don en memoria, música y plegaria. Y, al final, comprendemos que la lluvia no es solo el tema del libro: es su manera de decir que la poesía cae sobre nosotros para volver a levantarnos.