www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

¿Tiene límites el Estado?

sábado 08 de abril de 2017, 14:23h
Actualizado el: 04/09/2017 08:13h

Es casi un tópico decir que el Estado es un mal gestor, porque los servicios que produce son caros, de baja calidad y, a veces, ineficaces. Quizá sea debido a la propia complejidad de la burocracia, que refracta y distorsiona la línea ejecutiva de las decisiones, que tienden a perderse en el laberinto de las cautelas y garantías, verdaderas barricadas contra la eficacia. El problema afecta a la creación de infraestructuras, donde el Estado, con sentido o sin él, sumerge ingentes cantidades de dinero, para
tener presencia, marcar territorio y ejercer dominio.

En otros casos, el Estado se mete donde no debe, inmiscuyéndose en todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos, de forma absoluta y plenipotenciaria y con medios coercitivos, excluyentes, dado que considera al ciudadano una bestia que sólo responde al estacazo, al castigo punitivo.

Para el Estado todos somos delincuentes potenciales, por su tozuda desconfianza sobre los individuos, incluidos sus propios funcionarios. O somos delincuentes de hecho, ante el ingente cúmulo de normas y pautas a seguir, cuya ignorancia no exime de su cumplimiento. Pero, el Estado también delinque, con la Ley a su favor.

La Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia es un fracaso atroz, con resultados de muerte semanal, en el cual el Estado persiste contumaz, y aún se arroga mayores atribuciones coercitivas. Sus medidas sirven para perseguir, no para proteger. El Estado no puede proteger a nadie, grande o pequeño, mujer u hombre, porque carece de empatía. En el mejor de los casos, puede domar a la bestia, mediante un protocolo policiaco, agazapado detrás de cualquier matorral, para agarrar al infractor y hacerle pagar sus errores, o simples excentricidades, catalogadas antes como delito.

Con relación a la ley antedicha, el desamor de las parejas no se cura con medidas punitivas. Cuando dos personas que se han querido, con pasión o sin ella, ya no se quieren, han de hacer el duelo de su pérdida y reconstruir el modelo de su relación posterior, con respeto mutuo. Este es un proceso primero de catarsis emocional
y luego analítico, donde son perdedoras ambas partes y, sólo tras asumirlo, podrán rescatar sus propios escombros.

Cuando en ese proceso entran terceros, con el empaque de la Ley y la prosopopeya de representar al Estado, todo se enturbia y enrarece. Cada abogado es defensor de una parte, quiere que su cliente sea ganador y perdedora la parte contraria. El modelo en curso es: yo gano/tú pierdes. De ahí, sólo puede surgir un forcejeo, incluso tramposo, donde todo vale, con tal de prevalecer. El juez falla, según su ideología, filias y fobias subjetivas; y sus fallos pueden ser garrafales, como podemos ver a diario.

El desamor es una desdicha compartida ex aequo, y no se cura a palos, ni con amenazas, prohibiciones, detectores de presencia para meter en la cárcel al rebelde, ni protegiendo al supuesto débil a costa de hundir al presunto fuerte. Todo este tinglado viene a constituir una expectativa autocumplible de violencia, que, desgraciadamente, se consuma. Pero es todo lo que sabe hacer el Estado, siendo él, por cierto, quintaesencia de la violencia institucionalizada.

La violencia personal es el recurso de la desesperación y la impotencia, un residuo de nuestro cerebro reptil, que anida al fondo de la regresión. Antes de llegar a ésta,
hay vías para disolver el conflicto, medios de higiene emocional y estrategias de confrontación, que no están en manos del legislador, ni del juez, porque no corresponden a sus competencias cognitivas, empíricas y técnicas.

La ignorancia de la Antropología no exime de su obediencia. Y, si el Estado invade espacios especializados de las relaciones humanas, aplicando instrumentos genéricos, universales, peculiares de su deleznable apreciación sobre la especie humana, abusa de su poder, practica el intrusismo y además fracasa. Si esto lo hiciese una persona
particular, el Estado la condenaría.

La benevolencia desinteresada puede encontrar otros medios, diferentes al látigo y al azote, para persuadir a la gente sobre cuál es su bien”, dijo Stuart Mill, porque hay un vector de cerebración creciente de la especie y del individuo. Cada persona, naturalmente, tiende a madurar, a desarrollar sus facultades más sublimes y adquirir un cierto saber de phrónesis, su construcción particular de la prudencia.

Desde fuera, tal vez obsemos que ese proceso natural esté detenido, o incluso que haya degenerado por causa de una depresión, endógena o exógena, o cualquier otro trastorno de ansiedad, dependencias tóxicas, etc. La ayuda no consiste en apalear al sujeto. El sistema coercitivo no es terapéutico y, por tanto, su aplicación no sólo no
procede, sino que es contraproducente o iatrogénica; es decir, coadyuva al deterioro en curso, tal como ocurre de facto.

Cada persona es un poder en sí mismo, una vía de comunicación con el Absoluto, que tiene que ser formada, o formateada como ahora se entiende. La formación no reside en hacerla competente para que resuelva ecuaciones estocásticas, sino en que sepa crearlas. Es decir, que sepa pensar y dar cauce a sus conceptos; sentir y expresar sus sentimientos, como recursos alternativos; dar sentido a su vida y reconocerse como un caleidoscopio, donde cambia todo, con un leve desplazamiento de uno solo de sus componentes.

La vida humana, como el senderismo, es una poiesis, un ir haciendo camino y rectificarse, cuando uno se ha metido entre las breñas. Si el Estado nos deja.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (12)    No(0)

+
1 comentarios