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TRIBUNA

Catedráticos en la picota

sábado 15 de abril de 2017, 19:37h

Dos catedráticos de universidad han sido detenidos, junto con varios colaboradores, por supuestos delitos de estafa y contra la salud, al vender productos elaborados en su laboratorio como medicamentos que curaban el cáncer, cuando realmente han resultado ser un mero placebo sin autorización de la autoridad sanitaria para su distribución y venta al público. Enfermos de cáncer en fase terminal compraban a precio de oro dicho producto a tales catedráticos, confiando en su profesionalidad, hasta que fueron denunciados por médicos oncólogos al descubrir tal fraude a sus pacientes. Esto ha sido tan sólo un botón de muestra de la buena fe de muchos que confían en estafadores. El refrán “la avaricia rompe el saco” se está repitiendo de continuo, y ni siquiera los que se creen más listos se abstienen de tropezar una y otra vez en la misma piedra. Pero no solo esos, sino que a diario nos están dando noticias de políticos investigados por corrupción, banqueros que son procesados por administración desleal, llenándose sus bolsillos, mientras llevan a la banca rota a las Cajas y Bancos que debieran dirigir con diligencia, etc. El Derecho penal está en pleno auge y expansión, pues aparte de los delitos que el código penal clásico o liberal atribuía, como de carácter ordinario, a los marginados y desarraigados o desfavorecidos, posteriormente se ha ampliado a los denominados delincuentes de “cuello blanco” y a otros ámbitos más sofisticados donde solo tienen acceso algunos privilegiados o gente más profesional y de mayor formación, tales como los delitos socio-económicos, contra el medio ambiente, o contra la salud,... habiéndose expandido igualmente la culpa penal no solo a las personas físicas, como autores o colaboradores de hechos delictivos, sino incluso a las personas jurídicas o empresas.

La mitad de las noticias, por lo menos, que nos dan diariamente los medios de comunicación van referidas de ordinario a actos de delincuencia o actos violentos y de guerra, donde se manifiesta la cara siniestra de la humanidad, que nos conduce al pesimismo más recalcitrante, al ver lo poco que avanza el bien frente al mal. Pocas son las buenas nuevas que nos dan las portadas de periódicos y los telediarios o las emisoras de radio. Todo ello conduce a una inseguridad en la sociedad que reclama cada día más la ampliación del Código Penal y una mayor dureza en la aplicación de las penas. Pero, ni siquiera las mayores penas conllevan la disminución de la delincuencia. Nunca jamás habían estado más repletas las cárceles y nunca hubo tanta delincuencia, en especial de violencia de género. Los juzgados de lo Penal no dan abasto y tienen casos pendientes de investigación que duran años en terminar el proceso, por donde pasan no solo los descuideros y delincuentes de baja estofa, sino que se dan éstos la mano, emparejados ya con las esposas o grilletes, con aquellos delincuentes de alta alcurnia que cometen actos delictivos más sofisticados y de un nivel más alto conforme a su estatus privilegiado.

En la cárcel ya se encuentran hermanados delincuentes de todo pelaje, si bien algunos aprovechan más los años de reclusión para su supuesta resocialización; alguno incluso mediante el estudio de carreras superiores. Recientemente, un banquero condenado a ocho años de cárcel por estafa a la banca ha realizado, mientras se hallaba cumpliendo la condena, la licenciatura en Derecho y otra en Teología, como aplicado universitario, llegando a publicar un libro titulado “Teología desde la cárcel”, lo cual es digno de encomio.

En cuanto a las penas imponibles, alguien ha llegado a decir que mejor sería cambiar las penas clásicas de la cárcel, que resultan muy costosas al erario público, por otro tipo de castigos que denominan “avergonzantes”, tales como la publicación de las listas de penados con nombres y fotografías para que pasen por el vergonzoso trauma de que la gente les reconozca públicamente y así no delincan más. Ha habido ya algún antecedente de este tipo de castigos, no sólo históricamente en el ámbito penal, sino incluso recientemente en el ámbito administrativo, como las listas publicadas de los morosos en el pago de impuestos a la Hacienda Pública. No obstante, tales sistemas de castigos en el ámbito penal han pasado ya a la historia, después de la imposición de los sambenitos en la época de la Inquisición, o de las marcas ignominiosas que se les impusieron públicamente a los judíos durante el nacionalsocialismo. Actualmente tales castigos estigmatizadores, en los que prevalecen la degradación y el escarnio al individuo, no proceden por respeto a la dignidad humana. Tampoco debieran proseguir los procesos paralelos de los medios de comunicación frente al verdadero proceso que debe llevarse a cabo ante la Justicia, a fin de no fomentar el linchamiento social de los presuntos delincuentes que no pueden ni deben ser condenados de forma aleatoria por la opinión pública, sino ante los jueces que son quienes ostentan en nombre del Estado democrático la potestad del ius puniendi. Así que respetemos las penas que se impongan conforme a Derecho por los jueces a los delincuentes, tras el correspondiente proceso legal con todas las garantías de defensa que tiene cualquier persona.

Todo ello sin perjuicio de mejorar siempre la función que deban tener las penas y su aplicación en la evitación de la delincuencia y, en especial, los medios de formación hacia las personas que, por las circunstancias desfavorables de la vida a que se han visto sometidos desde su infancia, no han tenido la más mínima oportunidad, o bien para aquellos que, sin ética ni moral alguna, van por el camino más corto y directo de la estafa para enriquecerse sin escrúpulos frente al mal que ocasionan a los demás. La formación e integración social debe aplicarse y aprenderse desde la infancia, donde se puede forjar a una persona de provecho en la vida, pues como ya dije en la introducción de mi libro sobre Derecho Penal, los niños son como árboles tiernos que, para que crezcan rectos, deben tener sus apoyos y refuerzos que les ayuden a enderezarse, pues una vez crecidos con el tronco retorcido ya no se pueden enderezar, o lo tienen muy difícil. Aprendamos, pues, de la naturaleza, si bien al hombre siempre hay que concederle una segunda oportunidad.

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