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TRIBUNA

Berlioz en la conversión de Gª Morente

lunes 17 de abril de 2017, 20:55h

En junio de 1936, García Morente ironiza en El Sol que la radio da a una orquesta sinfónica el don divino de la ubicuidad. Poco imagina, el gran neokantiano, que meses después una emisión radiada de L'enfance du Christ de Berlioz detonará la experiencia mística de su conversión: el conocido “hecho extraordinario”.

La implicación de dicha trilogía sacra en este determinante episodio morentiano es igualmente extraordinaria. Y hunde sus raíces en la misma providencia que andaba meditando Morente, desde su exilio parisiense, aquella noche de abril de 1937. Hace ahora ochenta años.

Meditemos nosotros hoy el tema por este ángulo tan poco examinado, aprovechando la noticia del Homenaje a García Morente que arranca este jueves 20 de abril en la Complutense. Un ciclo organizado por la Asociación Estudios de Axiología, precisamente en conmemoración del señalado 80 aniversario.

El filósofo Manuel García Morente ante su piano (Madrid, 1935).

Antecedentes

Decíamos que en junio del 36 Morente bromeaba desde su tribuna. Estaba en el cénit de su carrera. Pero las cosas van a torcerse muy pronto. En julio, la sublevación melillense desata la Guerra Civil. En agosto, su yerno es fusilado y él “depurado” del decanato. Cuando en septiembre es avisado de que planean “darle muerte”, huye apresuradamente a Francia.

El 2 de octubre llega a París: “Sin dinero y el con el alma transida de angustia y dolor”. El eminente catedrático es ahora un inmigrante que sólo piensa en reagrupar a su familia. Vivirá durante cinco meses refugiado en la caridad de unos amigos: “Con humillación, vergüenza y duelo, pero con honrado sentimiento de gratitud hacia mis bienhechores”.

Todo esto es traumático y limina la conversión de Morente. Pero de entrada sólo estimula al intelectual. Le obsesiona, quizá por exceso de idealismo germánico, la ineficacia de su voluntad ante el zarandeo de las circunstancias. Todo lo que pretende se le resiste, para arribarle luego por el camino más insospechado:

“Desde que empezó la guerra yo no había intervenido ni poco ni mucho en mi propia vida, en la contextura real de los hechos de mi existencia (…) Se podía decir que los había presenciado, pero no causado. ¿Quién, pues, o qué o cuál era la causa de esa vida que, siendo la mía, no era mía?”.

Morente, ateo, desprecia las “puerilidades” de la providencia para explicarse el asunto. Con la cafetera cargada y bien provisto de tabaco, la noche de marras escudriña los acontecimientos desde su magisterio crítico. Pero el problema le desconcierta. Sólo el auxilio de la gracia parece darle razón a su inteligencia.

Ante semejante salida, el filósofo se espanta. Teme estar desvariando. Y entrada la noche se impone una tregua al pensamiento. Para ayudarse en la distracción enciende la radio, en la que escucha música francesa: primero un movimiento de Franck, luego una pavana de Ravel. Y a la tercera:

Reposo en el exilio

“Algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales, que nadie puede escucharlo con los ojos secos. Cantábalo un tenor magnífico, de voz dulce, aterciopelada, flexible y suave, que matizaba incomparablemente la melodía pura, ingenua, verdaderamente divina. Cuando terminó, apagué la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido”.

Es, efectivamente, el fragmento del citado oratorio romántico de Berlioz. Pero ¿cuál? Morente no concreta. De hecho, refiere haber escuchado: “Un trozo de Berlioz, intitulado L’enfance de Jésus”. Lo que resulta confuso, al nombrar el todo como una de sus partes. Sin embargo, dice suficiente. Pues en dicha obra, semejante aria declamada por un tenor sólo puede atribuirse al recitativo “Le repos de la Sainte Famille” (El descanso de la Santa Familia; 2ª parte, escena II); como también sostiene la tesis doctoral de Valado Domínguez.

Conviene apostillar que Morente fue políglota, melómano y pianista aficionado. Dominaba el francés casi mejor que el español, y se relajaba interpretando partituras de los clásicos. Era pues, aquella noche, la antena humana perfecta para abrirse a la recepción divina, via pulchritudinis, gracias a esta excepcional pieza berloziana.

El oratorio es una singular recreación del evangelio de Mateo sobre el exilio de la Sagrada Familia, provocado por la furia criminal de Herodes. Los versos, fundidos por el genio orquestal del compositor francés entre sonidos de exquisita delicadeza, fueron escritos para cantarse al modo de antiguas melodías sacras romantizadas:

“Voyez ce beau tapis d’herbe douce et fleurie, / le Seigneur pour mon fils au désert l’étendit” (Ved esta hermosa alfombra de hierba suave y florida, / el Señor la tendió en el desierto para mi hijo), dice María por boca del tenor ante el remanso hallado durante del árido peregrinaje.

Fácil es comprender la impresión de Morente ante este recitado. Así lo anota él mismo sobre las escenas que imaginó tras escucharlo: “No me cabe la menor duda de que esta especie de visión no fue sino producto de la fantasía excitada por la dulce y penetrante música de Berlioz”. A lo que añade: “Pero tuvo un efecto fulminante en mi alma”.

Testimonio que refuerza la confluencia en lo absoluto de las experiencias estética y mística; atinó Simone Weil cuando señaló que: “El misterio de la belleza en la naturaleza y en las artes de primer orden es un reflejo sensible del misterio de la fe”.

Analogía imprevista

A partir de este punto, la razón de Morente pasa del Dios geométrico de los filósofos al Dios humano de la fe: “Providencia viva que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos y les consuela (…) A ese sí que puedo entregarle filialmente mi voluntad entera”.

Arrodillado ya, intenta rezar. Pero ha olvidado cómo. Entonces: “Recordé mi niñez; recordé a mi madre, a quien perdí cuando yo contaba nueve años; me representé claramente su cara, el regazo en que me recostaba estando de rodillas para rezar con ella”. Y lentamente va recordando trozos del Padrenuestro, que primero le vienen en francés, pero que va restituyendo al español.

Esta meditación orante, ahora sí pórtico del sobrenatural “Hecho extraordinario”, apunta hacia dos sorprendentes analogías entre Morente y Berlioz.

En primer lugar, la coincidencia de que ambos fuesen hijos de padres médicos y ateos liberales, pero de madres católicas extremadamente piadosas. Lo que en sendos casos decidió que los dos tuvieran un maternaje religioso, pero seguido de una escolarización visada por los padres.

Morente dependió entonces de su madre hasta los 9 años. Después cursó estudios en un liceo francés y abandonó el catolicismo en su pubertad. Berlioz, educado por su madre hasta los 7 años, fue luego instruido en casa por su padre, y también se dio enseguida al librepensamiento. Pero guardando siempre de su infancia católica un recuerdo que Morente bien habría rubricado para sí. Como cuenta el compositor galo al inicio de sus Memorias:

“No necesito decir que fui educado en la fe católica, apostólica y romana. Esta religión encantadora, dado que ya no quema a los herejes, constituyó mi felicidad durante siete años enteros; y, aun cuando no estemos en buena armonía desde hace mucho tiempo, he conservado siempre de ella un recuerdo en extremo tierno. Me resulta, por lo demás, tan simpática, que si hubiera tenido la desgracia de caer en el seno de uno de esos cismas que germinaron bajo la grosera incubación de Lutero o de Calvino, en cuanto hubiera sentido el menor soplo lírico y mi razón hubiera madurado, habría hecho sin dilación una abjuración solemne para abrazar apasionadamente a la bella romana”.

La segunda analogía entre Berlioz, y el renacido Morente, tiene que ver con ese rechazo de ambos por lo puro abstracto para abrazar lo humano vivo y real. Para poder comunicarse en plenitud, ya sea musical o filosóficamente. Comparten, cada uno a su modo, un anhelo de comunión.

Berlioz lo hizo revolucionando la sinfonía clásica mediante sus poemas sinfónicos o historias orquestadas. Es decir, que donde antes expresaba de forma abstracta un sentimiento humano universal, ahora podía abordar la universalidad concreta de caracteres humanos con su nombre y sus pasiones.

Lo que a la postre viene a ser lo mismo que rezaba García Morente en su madrugá parisina del 37. Y lo que poco después se propone ya en la “Ontología de la vida” que cierra sus cruciales Lecciones preliminares de filosofía. Donde cita, precisamente, el “Dios a la vista” de Ortega. Esto es: el dilema de que los problemas últimos de cada ciencia particular sean al mismo tiempo los primeros de la gran ciencia de Dios.

Un equilibro no poco delicado. ¿Lo hallaremos? ¿Qué mares navegan hoy los adelantados de la filosofía? ¿Se dibuja en su horizonte el promontorio de la divinidad? Quaerite faciem eius semper, glosaría Morente. Y si les intriga si esto lo diría como sacerdote o como filósofo, acérquense a la Complutense. Seguro que algún conferenciante puede respondérselo con una buena pregunta.

Imágenes:

1.- El filósofo Manuel García Morente ante su piano en Madrid, 1935.
2.- Escena del "reposo de la Sagrada Familia" en un CD de Harmonia Mundi, 1997.
3.- Cubierta de El "hecho extraordinario" publicado por Ediciones Encuentro en 2015.
4.- 1ª pág. del manuscrito del “HE” facsimilado por la Asoc. Estudios de Axiología en 2016.

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