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TRIBUNA

La regeneración del PSOE y su pluralismo en peligro

Juan José Laborda
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jueves 11 de mayo de 2017, 23:06h
Las llamadas primarias para elegir al secretario general del PSOE, y lo que está sucediendo en ese partido con ellas, me confirman lo que vengo escribiendo -desde hace quince años- sobre la naturaleza y problemas de la formación socialdemocrática española, y, hasta ahora, elemento fundamental del sistema político-constitucional de la democracia en España.

En repetidas ocasiones he señalado que el PSOE lleva veinte años intentando una regeneración de sus estructuras internas, y a la vez, una actualización de sus propuestas para enfrentar los grandes desafíos políticos que tienen por delante España y Europa, en esta fase de la globalización, que tantas incertidumbres está produciendo. También he escrito que muchos intentos de regeneración fueron fallidos, y mi opinión sobre esos fracasos se resume en que el PSOE ha creído, y todavía está preso de esa creencia, que cambiando sus procedimientos electorales internos se resolverían sus problemas.

Joaquín Almunia, el sucesor de Felipe González al frente del PSOE, propuso las primeras primarias para elegir al candidato a la presidencia del Gobierno, y desde aquella fecha el PSOE ha llegado a elegir su secretario general por el procedimiento de elección directa de los militantes, que es lo que erróneamente se denomina primarias. Sin entrar en la incongruencia de ese procedimiento en un modelo parlamentario y no presidencialista como el nuestro, las primarias no resuelven los problemas actuales de la democracia, y la irrupción de Trump en Estados Unidos lo pone de manifiesto, y en muchos países de Europa se está comprobando que las primarias agravan los problemas, pues nuestros sistemas democráticos no están preparados para los métodos americanos, que en España y en Europa son solo tributarios de una cultura política del espectáculo. La regeneración democrática no se obtiene sometiendo la política a los intereses de las audiencias, que es tanto como aceptar que la soberanía popular la expresa un vecindario permanentemente irritado.

La próxima elección del secretario general del PSOE se ha convertido -en medio de un clima inaudito de descalificaciones (no lo vi, pero el alcalde socialista de Valladolid debió decir tales cosas de Felipe González en televisión que, quien me informó, me dijo que él no podía permanecer en el mismo partido que ese alcalde)-, en un ajuste de cuentas sobre lo que ocurrió cuando Pedro Sánchez dimitió de su cargo en el Comité Federal de octubre de 2016.

La campaña de Pedro Sánchez, y la de sus partidarios, gira en torno a tres afirmaciones básicas de su argumentario: la primera, que con él los militantes serán siempre consultados; segunda, que el PSOE será de izquierdas, y no como ahora, tras la abstención en la elección de Rajoy; y tercera, que su destitución fue un golpe de estado inducido, entre otras personas, por su rival electoral, Susana Díaz.

Objetivamente no hubo algo parecido a un golpe de estado. Jordi Pérez Colomé, uno de los periodistas que mejor describieron ese Comité Federal, acertó cuando escribe de ese día nefasto: “Toda autoridad había desaparecido”. El caso fue que Pedro Sánchez perdió la votación para convocar de inmediato un Congreso, por 132 a 107 votos. ¿Por qué Pedro Sánchez quería convocar un Congreso para elegir secretario general si él ya lo era y podía seguir siéndolo mientras durase el proceso de investidura? La desaparición de toda autoridad se explica por ese punto oscuro. La explicación más lógica es que Pedro Sánchez necesitaba un Congreso que estuviera de acuerdo con su reciente idea de proponer su investidura apoyada por los partidos de izquierda y los nacionalistas e independentistas.

Ese punto oscuro ha sido la culminación -por ahora- del choque de dos legitimidades, aparecidas desde el momento en que Pedro Sánchez fue elegido en directo. Antes o después, el Comité Federal tendría que controlar su estrategia oculta para obtener la investidura. Y fue un punto oscuro porque Pedro Sánchez y su ejecutiva, junto con el Comité Federal, esos dos órganos aprobaron una resolución manifiestamente imposible de cumplir: no se puede votar a cualquier candidato del PP y tampoco votar con partidos independentistas, y además no se quiere unas terceras elecciones. Alfonso Guerra, en junio, advirtió que la única salida que esa resolución permitía era la abstención en la investidura de Rajoy.

Tenía toda la lógica que Pedro Sánchez quisiera terminar con las dos legitimidades, convocando las primarias y el Congreso Federal, en brevísimos plazos. En un clima de excepcional emotividad política, luchando contrarreloj para lograr un gobierno de izquierdas, Pedro Sánchez confiaba en que tendría un poder absoluto como secretario general.

El poder absoluto es lo que pretende Pedro Sánchez en esta elección. El mismo día de su dimisión, le anunció al presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, que se iba a presentar a las primarias. Virtuoso de la simulación, Pedro Sánchez sabía que tenía que crear un clima de máxima emotividad política, no sólo para ganar, sino para dominar enteramente al PSOE. Las oscuras propuestas actuales de moción de censura nos retrotraen a los planes de aquel octubre de 2016, en que el órgano supremo del PSOE los hizo fracasar. Los ataques a Felipe González y a cualquiera que sea tachado de derechas por defender la democracia representativa y el consenso constitucional, van en el mismo sentido. Por ese motivo he avalado a Susana Díaz y pido que la voten aquellos que no quieren que desaparezca el pluralismo en el PSOE.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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