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TRIBUNA

La época que se va perfilando

Juan José Laborda
jueves 18 de mayo de 2017, 23:19h
Actualizado el: 19/05/2017 00:02h

“La democracia es el sistema político más imperfecto.

Es caro, como evidencia el costo de nuestras reiteradas elecciones; es impredecible, como ocurre al día de hoy; y no siempre sirve para elegir al gobierno más competente y justo. Pero es el único régimen que posee legitimidad, en otras palabras, es un régimen cuyo gobierno no inspira temor a los gobernados.

No existe una alternativa revolucionaria a la democracia, pero surgen en Europa y en otras democracias atlánticas el fenómeno del populismo.

Mientras hace ochenta o noventa años, muchos actores políticos veían las democracias representativas o formales como una coyuntura o fase previa a una llamada democracia total o real, en nuestros días no se da algo parecido, pero sin embargo empieza a cobrar fuerza electoral unos programas que se basan en “empoderar” a los votantes corrientes contra las amenazas reales o las meras sugestiones de esta globalización.

En lugar de construir políticas reformistas para gobernar la globalización, el populismo intenta convencer que será posible cambios totales contra la injusticia con el sólo instrumento de los votos de la gente de abajo, del pueblo indignado.

El populismo es incapaz de hacer la revolución, ni siquiera cuando genera un caos irracional. La revolución tenía su lógica o su Razón, el populismo carece de ellas, es tan imprevisible como la democracia, pero le falta absolutamente la legitimidad. Realmente, da miedo.”

Estas líneas son el final de una clase o conferencia que pronuncié, por primera vez en 2016, a unos estudiantes latinoamericanos que cursaban un máster en España. Fue cuando acababan de celebrarse las segundas elecciones, y se empezaban a sentir las consecuencias del bloqueo parlamentario, circunstancia que se hará presente en los actuales debates electorales del PSOE. La titulé: “Nación y revolución en Europa: dos conceptos decadentes en esta nueva época aún sin nombre,” y sobre esa percepción he ido añadiendo y modulando su contenido, y el éxito que ha tenido en distintos foros, me lleva a pensar que será porque ayuda a entender esta época a estudiantes y público adulto de un lado y otro del Atlántico.

De acuerdo con mi planteamiento lógico, Trump es la expresión de que el populismo puede ser mayoritario en una democracia como la de Estados Unidos, algo que no sucedió cuando la crisis de los años 1930. Entonces los norteamericanos eligieron a Franklin D. Roosevelt, pero como se imagina el escritor Philip Roth, en su novela “La conjura contra América”, todo habría cambiado si Charles Lindberg (1902-1974), el héroe de la aviación, hubiera sido elegido presidente en 1940, porque su discurso proteccionista y favorable a los dictadores europeos -populismo casi exacto al de ahora- hubiese convencido al partido Republicano y a los votantes norteamericanos.

¿Se hubieran repartido el mundo tipos como Lindberg, Hitler o Stalin?

Y si a esta hipótesis fantástica le añadimos otra, por la cual, en lugar de Winston Churchill, como primer ministro dispuesto a resistir a los nazis, hubiese sido elegido para el cargo otro conservador, pero partidario de entenderse con Hitler, como fue el ministro de Asuntos Exteriores (y responsable, junto con Chamberlain, del infame acuerdo con Hitler en Munich en 1938), lord Halifax, ¿no nos aproxima a la Gran Bretaña de la actual primera ministra, Theresa May? Hagamos una última comparación fantástica o fantasiosa. Equiparemos al laborista que hizo coalición con Churchill, el recordado Clement Attlee, con el actual líder de ese partido, Jeremy Corbyn.

Parece que el liderazgo anglosajón ha desaparecido.

Y en este escenario, cuando el compromiso de los elegidos produce incertidumbre en los electores, el presidente francés, Emmanuel Macron, apunta hacia lo que debiera ser un futuro de democracia de compromiso, la democracia que empieza a superar nuestra época que aún no tiene nombre.

He firmado un escrito cuyo primer firmante es Alfonso Guerra, cuyo contenido es evitar los retrocesos populistas, y en el que se lee:

Después de las elecciones de junio fue bien patente que nuestra democracia estaba bloqueada. Ciertamente los socialistas pudimos mantener el bloqueo e ir a terceras, o cuartas, elecciones. Esa fue la apuesta de una supuesta izquierda que siempre ha esperado que una crisis provoque un estallido social que permita subvertir un sistema de democracia representativa y parlamentaria que no comparten.

La diferencia entre la izquierda estéril y nosotros, es que siempre hemos apostado por aprovechar el poder institucional que nos han dado los ciudadanos para paliar, de manera inmediata, las necesidades sociales más perentorias. Sin embargo, el secretario general del PSOE, lejos de tomar una decisión sobre lo que debía hacer el partido, consultarla con los órganos de representación de los militantes, o directamente a los militantes como hizo en febrero, planteó la convocatoria de un Congreso en mitad de un proceso de formación de gobierno o de elecciones. Convocatoria que fue rechazada por el Comité Federal, máximo órgano político del PSOE entre Congresos, que asumió la responsabilidad de la situación de la que el secretario general se fue sin plantear otra salida que su propuesta de un Congreso para ser reelegido.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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