A Hermes Trismegisto, destacado en la literatura ocultista como el sabio egipcio paralelo al dios Tot (también egipcio), se le atribuye haber sido el creador de la alquimia y de un sistema de creencias metafísicas que hoy conocemos como hermetismo. No obstante, debido a la falta de certezas sobre su existencia, el personaje histórico se ha ido construyendo ficticiamente desde la Edad Media hasta la actualidad, sobre todo a partir del resurgimiento del esoterismo. Seconjetura, además, que Hermes Trismegisto fue el profeta pagano que anunció el advenimiento del cristianismo. Estudioso de su propia creación, la alquimia le debe a él la Tabla de esmeralda, considerada por sus seguidores como el libro fundacional del ocultismo (traducido del latín al inglés por Isaac Newton), y de una filosofía, llamada Corpus hermeticum.
Esa literatura hermética es un conjunto de papiros que contenían hechizos y procedimientos de inducción mágica. Por ejemplo, en el diálogo llamado Asclepio, el dios griego de la medicina describe el arte de atrapar las almas de los demonios en estatuas, bajo la ayuda de hierbas, piedras preciosas y aromas, de tal modo que la estatua pudiera hablar y profetizar. En otros papiros, existen varias recetas para la construcción de este tipo de imágenes y detalladas explicaciones acerca de cómo animarlas (dotarlas de alma) ahuecándolas para poder introducir en ellas un nombre grabado en una hoja de oro, momento esencial del proceso alquimista.
No obstante, no se detiene ahí la literatura atribuida a esta figura mitológica. Los escritos herméticos, en general, dan cuenta de un determinado enfoque acerca de las leyes del universo. En el Asclepio se nos habla constantemente de Dios, a quien se llama “El Todo Bueno”, para describirnos las leyes que lo rigen. En el pasaje número veinte del Asclepio, Dios es expresado como la inconcebible Unidad que constituye el Universo; una unidad cuya característica esencial es que posee naturaleza masculina y femenina al mismo tiempo. Esta característica se la otorgará Dios a su vez, por reflejo, a todas sus criaturas; es así que la figura de Dios no tiene la consideración de quien ha hecho todas las cosas, sino que Dios mismo “es todas las cosas” y los seres vivos son “todo lo material e inmaterial”. Esas partes son para Hermes las que actúan dentro de Dios. Pero sólo los humanos somos un reflejo exacto de Dios, “El Todo Bueno”. También nos habla Hermes del Tiempo. De acuerdo con el Asclepio, el Mundo es el receptáculo del Tiempo, que mantiene la vida en su devenir sucesivo. El Tiempo por su lado respeta el Orden. Y “el Orden y el Tiempo” provocan, por transformación, la renovación de todas las cosas que hay en el Mundo. Recordemos que en esta obra, el propio Hermes aparece como un personaje que dialoga con Asclepio; la conversación, obviamente, se sitúa en el antiguo Egipto.
Chesterton, paradojal exornador de atrocidades, observó que la Edad Media (tal es el nombre provisorio que le adjudicó un historiador alemán) creó una ciencia de los justos, la denominada hagiografía; aunque a usted, Borges -y también a su bien leído Chesterton-, le interesaban tanto los santos como los criminales. De ahí, quizá, la razón de su interés en los guapos o malevos rioplatenses.
En una página que se le atribuye temerariamente al enigmático Hermes Trismegisto, se lee que el Orbe Superior es espejo del Orbe Inferior. Me consta que a usted, Borges, en tanto erudito y artista, esos temas lo apasionaban y que su imaginación, o su ensueño convertían esos hechos sobrenaturales en argumentos literarios. Su mente prodigiosa jugaba parejamente con los doce trabajos de Hércules o con los exorcismos que obró Jesús, y que la Trinidad no le era menos plástica que Zeus o que Odín.
Creador infatigable y deslumbrado tramoyista de tramas fantásticas, herméticas o teológicas -para algunos sagradas, entre otros para su madre y su hermana, ambas devotas creyentes-, en 1944, usted, Borges, publicó “Tres versiones de Judas”, un relato revelador, ya que se adelantaba a los secretos del Evangelio de Judas, divulgados no hace demasiado tiempo por la National Geographic Society. ¡Fabulosa corroboración, si las hay, que reafirma su genio anticipatorio, mi querido Jorge Luis Borges!
En ese impecable texto usted anuncia que para el apóstol no estaba reservado el papel del eterno traidor. Ironía la suya, Borges; sobre todo en un hombre condenado a no ver (porque a los cuarenta y cuatros años usted ya sabía que inapelablemente, por razones hereditarias, su destino era la ceguera), que enfrentó, digamos, de manera literaria y con admirable valentía, ya que en usted, querido amigo, en lo esencial, todo era literatura; conjeturemos que hasta lo confirmado por la Sociedad Científica, que recuperó y tradujo ese papiro escrito alrededor del siglo III.
Se me ocurre ahora poner este ejemplo para abordar un tema obsesivo y contradictorio, presente siempre en su riquísima creación estética. Me refiero, Borges, muy concretamente a la religión católica. Ya que en esas lejanas épocas usted hizo posible la hazaña que, hace muy poco, ha sido documentada. Acaso perturbado por la idea de la inmortalidad, que lo hizo capaz de imaginar y dar cuerpo narrativo a la complicidad entre Jesús y Judas. ¡Menuda y asombrosa imaginación la suya, maestro capaz de arremeter contra esas hechicerías y portentos, llamémosles de alguna manera!
Recuerdo muy bien, que en una de las conversaciones que mantuvimos a lo largo de nuestra larga amistad, le pregunté una vez, quizá ingenuamente:
-Dígame Borges, si no cree en Dios, ¿por qué ha escrito tantas historias teológicas y sobrenaturales?
-Bueno, es que yo creo en la teología como una forma de la literatura fantástica –exclamó usted, sin dudar un instante, con una sonrisa menos solemne que pícara, cargada de irónica severidad, y completó-: Sucede que esos temas son la más genuina perfección del género, Alifano.
Aunque estoy seguro que para usted, mi querido Borges, hablar de religión nunca fue asunto menor, ni carente de apasionado interés. Su padre era agnóstico y su madre, como ya he señalado, una católica devota. Para enredar más las cosas, su siempre recordada abuela inglesa, a quien usted confesaba deberle tanto, Mrs. Frances Anne Haslam, profesaba la fe anglicana.
Recordemos, no obstante, que usted se inició en las letras como un católico practicante (y si no que lo confirme su primer libro de poemas). Sin embargo, durante sus visitas a la Iglesia en compañía de su madre, fue cuando comprendió que para nosotros, los argentinos, ser católico es más una cuestión social que espiritual. Significa que uno se alinea con la clase, el partido o el grupo social correcto. Y, sin duda, el menos conflictivo para la fe mayoritaria.
Claro que era demasiado complejo para que una desilusión como la descrita perturbara su propia fe. La rebelión se debió luego a razones estrictamente teológicas, al estilo de los herejes de la Antigüedad, que usted celebraba. Nunca pudo creer en la Santísima Trinidad y se divertía repitiendo algo que había escuchado de su padre, el abogado-anarquista-libertario Jorge Guillermo Borges, acuñador de una broma pagana que irritaba a más de un creyente: “Es todo tan raro en este mundo que hasta el Misterio de la Santísima Trinidad puede ser cierto.”
Pero, chanzas aparte, mi admirado Borges, el heresiarca que era usted, llegó a confesar, tras la muerte de doña Leonor Acevedo, su madre, a los casi cien años, que continuó entrando todas las noches a la habitación vacía para rezar el Padrenuestro, como ella se lo pidió. “¿Por qué no? –lo oí disculparse alguna vez para explicar su ritual-: La inmortalidad no es más extraña ni increíble que la muerte”.
De lo que sí hay pruebas, Borges, es que usted fue un apasionado de los Evangelios Apócrifos; es decir, de aquellos que, atribuyéndose a autores sagrados, quedaron fuera del canon de la Iglesia.
Tan es así que en 1984, cuando una famosa editorial le propuso seleccionar y prologar cien libros “imprescindibles” para publicar lo que ha quedado para la memoria como la Biblioteca Personal de Borges, ya cerca de su muerte -que llegaría dos años después, para ser más precisos-, no dudó en elegir los evangelios prohibidos (“que, es probable que irriten a más de un católico”, me confesó con cierta saña juvenil) y ponerlos a la par de clásicos como Flaubert o Kafka, Dostoievski o Wilde.
Según usted, esas escrituras no contradicen las oficiales, sino que se trataría sólo de extrañas variaciones de la biografía de Jesús. Por ejemplo, que a la edad de cinco años el hijo de María modeló gorriones de arcilla, que después hizo volar y cantar. También le atribuyen algunos crueles milagros, esperables de un niño iluminado que aún no había madurado.
Usted conoció también aquellos relatos ocultos que le permitían regresar mágicamente a los primeros siglos de la era cristiana, “cuando la religión era una pasión y no un negocio más para engañar a los crédulos”, me explicó por lo bajo. Leyó –y releyó-, además, el Tratado contra la Herejía, que había heredado de su padre, escrito por el obispo Irineo de Lyon, en el año 180 de nuestra fe, donde existe una referencia al Evangelio de Judas. Irineo llama “cainitas”, o descendientes de Caín, a los seguidores de la secta gnóstica que habría vindicado la figura del Iscariote en los albores del cristianismo.
Sin embargo, Borges, su literatura, su genial literatura, que, me atrevo a decir, superó el sueño de los gnósticos, casi modificándolos, sufrió un vuelco en 1939. Sucedió durante una calurosa Nochebuena, cuando usted tuvo un grave accidente que le provocó septicemia y el empeoramiento de sus males oftalmológicos. Se debatió durante quince atroces días entre la vida y la muerte. Y algo cambió en usted cuando se enteró de que estuvo a punto de morir. Convaleciente, escribió parte importante de los cuentos que aparecen publicados en sus libros Artificios y Ficciones (1944), entre ellos, el relato “Tres versiones de Judas” (ya citado) y la idea de ser uno con el resto de los hombres, que lo persiguió siempre; así como las figuras del traidor y del héroe lo mantuvieron insomne por el resto de su vida. Por cierto, Borges que yo, su humilde lector y discípulo, coincido con usted: “cualquier hombre es todos los hombres. Y esto es tan así que Judas hasta puede ser el mismísimo Jesús.”
Posteriormente en su relato, el tortuoso hijo de su imaginación prodigiosa; me refiero a Niels Runeberg, el teólogo que en 1904 publica Kristus och Judas acompañado del epígrafe de De Quincey, que afirma: “No una cosa, todas las cosas que se atribuyen a Judas Iscariote son falsas”. Más adelante escribe otro texto con una conclusión perturbadora: “Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; pero eligió un ínfimo destino: fue Judas”.
Tremenda paradoja que, sin duda, habría conmovido al propio Chesterton. Luego, atormentado por su descubrimiento, el teólogo Runeberg, camina sin rumbo para morir de la rotura de un aneurisma, el 1 de marzo de 1912. Agreguemos, aunque se sobrentiende, que ni la historia ni el teólogo son reales. Runeberg sólo fue el personaje que usted inventó para su cuento “Tres versiones de Judas”, donde se valió de ese nombre para dar carnadura al texto y anunciar algo que no podía decir un escéptico que creía que la teología no era más que la perfección del arte de la literatura fantástica, y Dios, su mejor invención
Para enlazar la realidad con la ficción, completemos diciendo que su relación con los hombres de la Iglesia tampoco le fue ajena. Recuerdo que una vez me habló de los dos amistosos curas que a menudo lo visitaban:
-Usted los conoce –me dijo-. Uno fue amigo y confesor de mi madre; el otro es un jesuita que enseña literatura.
Me hizo después un comentario sobre la relación que mantenía con ellos:
-Con el primero tenemos un trato casi familiar, pero yo no sé cómo sacármelo de encima; es un pesado que insiste todo el tiempo en convertirme. Es hora de que usted termine con sus dudas Georgie y crea definitivamente en Dios -me sermonea-. El domingo lo vendré a buscar para ir a misa; luego almorzaremos con los hermanos de mi congragación y, por la tarde, lo llevaré a una cancha de fútbol. No entiende que yo no tengo ningún interés en ir a misa, tampoco en comer con otros curas y, menos aún, en visitar una cancha; todo el mundo sabe que yo detesto el fútbol.
-Con el otro, en cambio, tengo más afinidad; es profesor de literatura, ha incluido mis textos en sus clases y está empeñado en enseñar mi poesía (yo he tratado de disuadirlo, pero no he tenido suerte. Mi escritura no tiene ningún valor son una sarta de borradores, le insisto, pero no me hace caso)… A pesar de eso es una persona sensata; con él se puede hablar de cualquier tema: de filosofía, de teología, de política. Es muy inteligente, pero yo he observado que tiene tantas dudas como yo. Lo cual no sé si está muy bien tratándose de un sacerdote. Mi madre se hubiera horrorizado de eso. Pero quizá no es tan raro si tenemos en cuenta que es un jesuita –concluyó usted meneando la cabeza.
¿Quién iba a pensar, mi entonces sorprendido Borges que ese cura argentino algún día llegaría a regir los destinos de la Iglesia?
Acaso será por eso que antes de morir en Ginebra, se afirma, Borges, que asistido por un cura usted rezó con fervor el “Padrenuestro”. A mí no me consta, pero puede ser posible ya que, como su padre decía: “Es todo tan raro en este mundo que hasta el Misterio de la Santísima Trinidad puede ser cierto”.