Había una lógica expectación ante la primera gira internacional de Donald Trump. Ciertamente, el presidente norteamericano no es un mandatario al uso y no es aventurado pensar que se le puede ocurrir cualquier cosa. Y, en efecto, no están faltando llamativas anécdotas que, en realidad, van más allá de esa condición y vienen a confirmar que a sus encargados de protocolo y asesores les queda por delante un enorme trabajo. Empezando por enseñarle unas mínimas normas de educación. Si Trump las conociera, y practicara, no le habría dado un empujón al primer ministro de Montenegro, Dusko Markovic, antes de la reunión, celebrada ayer, de los jefes de Estado y de Gobierno de los países de la OTAN. A quienes ha leído la cartilla por no destinar el debido presupuesto al gasto militar. Sin entrar en la cuestión, el estilo y las formas no son las pertinentes.
Y no precisamente afortunado fue el mensaje que Trump estampó en el libro de visitas del museo de Jerusalén donde se preserva el recuerdo de las víctimas del Holocausto, pues, un lugar de esas características merece sin duda una mayor solemnidad y no algo tan ligero, tópico y excesivamente coloquial como lo que escribió. La gira, asimismo, ha puesto de relieve dos aspectos nada tranquilizadores de la personalidad y la manera de actuar de Trump.
Uno es su tendencia a ir cambiando de opinión de forma repentina, y parece que llevado más por prontos que por sosegados análisis de la realidad. Así ha resultado muy significativo que ahora diga que le preocupa el Brexit y su impacto en la pérdida de empleos de su país. No pensaba lo mismo cuando hace bien poco cantaba alabanzas del Brexit diciendo que era fabuloso y que Gran Bretaña había sido muy inteligente por abandonar la Unión Europea. Pensaba Trump que el Brexit debilitaría a Europa, a lo que no le hace precisamente ascos, pero no cayó en la cuenta de que en un mundo como el de hoy todo tiene una repercusión global.
Otro, es que mientras aboga decididamente por luchar contra el yihadismo -y no dudamos de ello-, tras el último brutal atentado en Mánchester parece que la administración Trump filtró datos confidenciales -cuándo menos demostrando una inaudita torpeza-, lo que incluso pudo dar al traste con las investigaciones, causando la lógica indignación y reproche de Gran Bretaña que llegó a suspender el intercambio de información confidencial sobre terrorismo con Estados Unidos. Parece que con Trump, genio y figura…, cualquier sobresalto es posible.