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TRIBUNA

El primer playboy o el dulce encanto de tirar manteca al techo

miércoles 31 de mayo de 2017, 20:05h
Actualizado el: 31/05/2017 20:43h

Detrás de todo relato, por fantástico que sea, existe siempre algo real, el contexto histórico. Empecemos por decir entonces que aunque parezca extraño del otro lado del Océano, en Buenos Aires, esa ciudad a imagen y semejanza de Europa, y en aquel país que fuera en remotos tiempos el “granero del mundo”, los argentinos supimos tener una Belle Époque, que empezó en las últimas décadas del siglo XIX y se extendió hasta bien entrado el siglo XX. En esos días había pobres, pero también había un estrato social que vivía a lo grande, muy a lo grande; entre esos elegidos supo estar cómodamente instalado Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, apodado “Macoco”, el aristócrata, a quien tuve la oportunidad de conocer y tratar durante algunos memorables años. Inspirado en sus andanzas, yo escribí la novela biográfica Tirando manteca al techo, de la que es protagonista y, además, el que acuñó la famosa frase que usé como título.

“Macoco” nació en Mar del Plata en el primer año del siglo pasado y murió en Buenos Aires en 1982. Educado en Londres y París, fue un personaje bien argentino de la clase alta y el primer piloto de automóviles de carrera que triunfó en el exterior. Era un hombre espléndido, de buena presencia, estanciero por herencia de sus mayores, circunstancial empresario (primo y socio de Victoria Ocampo, con la que importaron audaces prendas femeninas) y amante de famosas actrices de Hollywood. Entre otros parientes suyos, figuraba también el no menos famoso escritor Adolfo Bioy Casares, que lo consideraba “el gran amante universal” (mientras él se atribuía el modesto mote de “amante de cabotaje”), y que Borges, a quien conoció por mi intermedio, supo ser su admirador y envidió sanamente de “Macoco”, menos la traducción que hizo de las Odas de Horacio, que el haber sido amante de Rita Hayworth, Ginger Rogers y de Claudette Colbert.

Records internacionales de todo tipo no le faltaron a nuestro excéntrico personaje, que, además de su colección de novias de diversas estirpes, fue el ganador, en 1924, del “Gran Prix de Montecarlo” y de otros no menos famosos premios automovilísticos, aunque también se le atribuye el haber amonedado, por esos años locos, la expresión Tirar manteca al techo, cuya vigencia perdura como frase cotidiana que refiere al derrochador, y muy pocos saben nació en el restaurante Maxim’s, de París, donde nuestro amigo, para no aburrirse –acompañado de otros niños bien de la Argentina- mientras esperaba la comida en un salón, empezó a probar puntería arrojando mantequilla con el tenedor para ver si acertaba entre los senos de las mujeres de un fresco pintado a la manera de Rubens en el techo. Otra frase que aseguran está inspirada en “Macoco” es: il est riche comme un argentin, “es más rico que un argentino”, usada en Francia para referirse a quienes gozaban del beneficio de las grandes fortunas. Agrego, como dato simpático, que inspirado en nuestro playboy, el célebre comediante Sacha Guitry, que lo conoció y fue su amigo, bromeaba con aquello de que la ambición de toda mujer francesa era tener un perrito pequinés y el amante argentino.

Versado en todas las artes del buen vivir, este divertido “Macoco” fue uno de los personaje más famoso del café society de la primera mitad del siglo anterior y, sin duda, merecería figurar en el libro Guiness de los records mundiales, no sólo por la marca establecida con su automóvil Sunbeam en el Gran Prix de Marsella (donde superó en 1924 los 120 kilómetros por hora), sino también por haber sido el argentino que más dinero gastó en su vida. Otros, con suficientes pruebas, afirman que fue el inspirador del Gran Gatsby, la muy leída novela de Francis Scott Fitzgerald, su protegido, junto a Selda, su esposa, en la codiciada meca de Hollywood, allá por los inicios del cine.

La noche porteña empezó siendo el centro juvenil de operaciones de nuestro amigo; luego lo fueron París, Londres, Marsella, Nueva York y Beverly Hills. Infinidad de anécdotas lo pintan en ocasiones como un personaje despreocupado, insensible; algunos como un tilingo, otros como un brillante promotor de sí mismo. Es probable que “Macoco” haya sido todo eso y quizá muchas cosas más. Su leyenda incluye la conquista de refulgentes estrellas de cine, haber acuñado la palabra playboy, asociaciones con inescrupulosos hombres de la mafia, como Al Capone, verbigracia; mecenazgos casi descomunales, actos de conmovedora generosidad y hasta relaciones casi familiares con algunos presidentes de países y hasta figuras que han incidido en los destinos de la humanidad, como Marie Curie o Alexander Fleming

Pero voy a un hecho concreto, que quiero relatar. Sucedió en una primaveral tarde de 1953, cuando nuestro amigo “Macoco” recibió un llamado de la Casa de Gobierno de parte de Juan Domingo Perón, el presidente de la República, que lo quería ver.

-¡A mí! –contestó perplejo “Macoco”, cuando atendió el teléfono-, ¿y para qué diablos?

-Sí –repitió la voz-. El General lo quiere ver. Lo pasaremos a buscar por su casa, la entrevista será en la residencia de Olivos, mañana sábado, a la una de la tarde. El Presidente lo invita a almorzar.

“La verdad, yo no entendía nada –recordaba después Macoco ante mí-. Jamás lo había visto a Perón. Por intermedio del actor Pedro Quartucci, que había boxeado conmigo en los años treinta, conocí a Eva Duarte, una actriz de radioteatro, que tuvo algo que ver con mi amigo “Pedrito” y luego se casó con Perón, y ya se sabe adónde llegó… También conocí al mequetrefe de Juan Duarte, el hermano de Eva, quien me hizo amenazar por unos matones debido a un affaire que yo tuve con Fanny Navarro, su amante. No sabía que andaba con él; me la presentaron (una potra muy sensual), ella conocía algo de mí, yo no demasiado de ella, sabía que era actriz, me llenó de elogios, claro. ¡Cuándo las mujeres te quieren levantar, che! –sonrió “Macoco”-... Y ahí empezó el asunto. Yo soy un hombre de códigos. Te digo que de haber sabido que tenía amante no me entrevero con ella. Por dos razones: primero porque nunca me interesó soplarle la mujer a nadie y, segundo, porque adonde ya hociqueó un oso, el otro no debe meter la trompa. De manera que hasta se me ocurrió que el convite de Perón podía ser por algún asunto pendiente; aunque no había razones: yo no me metía en política y la Eva y el hermano ya estaban muertos. Así que mis conjeturas no me llevaban a nada.

Durante el trayecto, Macoco se distrajo mirando los verdecidos árboles que bordeaban el camino, y las casas construidas por los nuevos ricos que proliferaban en esa otra Argentina de clase media. Un país distinto, que en nada se parecía al de su infancia y juventud, su sitio ahora elegido para aquietarse en esta etapa de la vida. “Todo se aplebeya, pensó, todo se pervierte y se derrumbaba inexorablemente. ¡Pobre patria, qué destino tan incierto te espera con las masas populares en el poder!”.

Apenas puso pie, sin protocolo alguno, el presidente lo recibió sonriendo y fue hacia él con los brazos extendidos para estrecharlo en un teatral abrazo. “¡Qué recibimiento! –se dijo nuestro amigo-. ¡Menos mal; parece que no es por ninguna cosa fulera!”

-¡Querido Macoco, tanto años sin verte! –exclamó Perón, entrecerrando los ojos, con un gesto menos nostálgico que exagerado-. ¡Cómo nos cambia la vida, che!

Lo trataba como a un viejo amigo. Y él no recordaba conocerlo, al menos en esta vida. Su tono era demasiado familiar para ser fingido, pero la simpatía del hombre, hizo que sintiera como si lo hubiera conocido desde siempre.

-¡Te acordás cuando practicábamos boxeo en Gimnasia y Esgrima! –le comentó sonriente-. Hicimos guantes algunas veces. ¡Qué cross de izquierda que tenías, pegabas como patada de mula, viejo! ¡Había que aguantarte en el ring, che!

-Yo tengo buena memoria, Alifano –me advirtió “Macoco” cerrándome un ojo y haciendo un gesto a modo de complicidad-. Para mí era toda una novedad eso de haber boxeado con Perón, pero aprobé complacido. No se tienen demasiadas oportunidades de conversar mano a mano con un Presidente de la Nación y, sobre todo, de que ese Presidente lo trate a uno con familiaridad. A pesar de que yo era de la contra, el hombre me resultó agradable, y hasta divertido. Hizo una broma con uno de los perritos pequinés que se me subió encima y tenía la pésima costumbre de levantar la pata para mear a los visitantes; se río con toda la cara, con una risa franca y seductora. Luego, ordenó que nos sentáramos a la mesa, ya preparada, en donde almorzaríamos él y yo, solos, “como dos viejos amigo que hace rato no se ven”, según completó entonando el viejo tango de Gardel.

-¿Te preguntarás para qué te invité a almorzar así, imprevistamente? –me dijo Perón con una infantil palmadita sobre la mano-. Ocurre, mi admirado “Macoquito”, que a medida que pasa el tiempo uno se da cuenta que casi no le quedan amigos; es decir, auténticos amigos. El poder es la soledad, hermano. Los que se te acercan lo hacen por interés, para sacar provecho.

El general inclinó la cabeza, con un gesto de resignación y él, sorprendido de que le hablara en ese tono casi confidencial; lo miró a los ojos buscando alguna explicación.

-Sí, querido amigo, no te asombrés –siguió diciendo Perón-. Ya ni me fío de mi propia sombra. La mujer que me acompañaba y compartía mi proyecto político, como bien sabés, se murió. Estoy solo, rodeado de aduladores, de incapaces que lo único que hacen para sumar méritos y aparentar lealtad es poner el nombre de Evita y el mío a todo lo que nos rodea. Estoy bastante harto de impostores. Cualquier día mando todo a la mierda, che.

“Macoco” asintió, cada vez más sorprendido.

-Necesitaba hablar con un viejo amigo de esos en quien se puede confiar –insistió Perón-. Pero no te creas que te la vas a llevar de arriba, pibe. También te mandé llamar por otra cosa; para hacerte un pedido muy especial. Sé que conocés a Ginger Rogers; algún indiscreto ha comentado que hasta fuiste su amante.

-No, Señor Presidente –negó “Macoco”-. Es cierto que es mi amiga, pero amantes no, sólo fuimos íntimos confidentes sin llegar a lo otro... Yo le presenté a Fred Astaire y a Mervyn LeRoy, el director de ¿Quo Vadis?, descubridor de Clark Gable, otro de mis amigos, que después se casó con Kay Williams, mi segunda esposa.

-¿Lo conociste a Fred Astaire y a Clark Gable? ¡Cáa-ra-jo, mirá que te codeaste con gente famosa! ¿Y se casó con tu ex esposa –exclamó Perón con asombro y su sonrisa más seductora-. ¡Vos sí que la viviste en forma, “Macoquito”! ¡Cómo te envidio, che!

-Así es, Señor Presidente –respondió nuestro playboy sin disimular su orgullo, y agregó con una sonrisa complaciente-. ¡La verdad, no me puedo quejar, mi General!

-¡Tuteame, che, dejate de joder, somos viejos amigos! –lo alentó Perón levantado su copa de vino-. Bueno, vamos al grano: te mandé llamar porque quiero conocer a Ginger Rogers. Son esas cosas del costado superficial que uno tiene, ¿sabés? Es una hembra por la que siento admiración desde que la vi en una película. ¡Cómo baila la rubia, es formidable, viejo, cómo mueve las ancas! Me enteré que va seguido a Río de Janeiro, donde tiene una residencia, y me gustaría que se pegue un saltito hasta nuestro país. Sería mi invitada de honor. Y nadie mejor que vos para cumplir esa misión. Por otro lado, sé que andás en gestiones para traer unos automóviles desde el exterior y no te quieren dar la licencia de importación. Bueno, si me traes a la Rogers, yo te hago facilitar el asunto. Inclusive podemos hablar de otros negocios relacionados con los fierros que te pueden favorecer. Estamos haciendo los contactos para traer a la Mercedes Benz al país y vos podés participar; inclusive, junto a Fangio, ser nuestro símbolo. ¿Qué te parece, che?

-¡Fantástico! –casi gritó “Macoco” sorprendido y balbuceó para sí-: ¿Cómo este hombre está enterado de esas cosas, lo que es el poder, por Dios?

-¡Mirá viejo –volvió a sonreír Perón y a cerrar un puño para reafirmar lo expresado-, cuando la vida lo mete a uno en este baile, la información es fundamental. Los hombres son buenos, che, pero si se los vigila son mejores, já-já-ja…!

Perón se frotó las manos y guiñando otra vez un ojo, concluyó:

-Buu-ee-no, ¿te animás a cumplir el operativo “G.R”., querido “Macoquito”?

-Por supuesto, mi General, delo por hecho –respondí yo. Y me corregí-: digo, Juancito.

Confieso que en ese momento yo no venía bien económicamente, me habían estafado fiero, y acepté la propuesta de Perón. A la semana siguiente recibí un cheque, que me ayudó a salir de algunos apuros y enviado por el gobierno, viajé a Río con pasaporte diplomático y todo. No fue difícil traer a Buenos Aires, como invitada de honor del presidente de la República, a mi vieja amiga, la Rogers, quien, por otro lado, me debía antiguas atenciones. En los tiempos de pasados esplendores yo fui quien financió en Hollywood la película Vampiresa, dirigida por LeRoy, con la Rogers de estrella principal. “My Baby Blonde”, como yo la llamé íntimamente alguna vez. La señora vivía varios meses del año en Brasil, país que la había cautivado cuando filmó con Fred Astaire Flyng Down to Rio. Y yo, secretamente –porque nunca me gustó meterme en esos asuntos del espectáculo-, fui uno de los financistas.

En Madrid, Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, fue íntimo amigo del noble franquista Antonio Cabeza de Vaca y Carvajal, VII marqués de Portago y XII Conde de la Mejorada; a la sazón tío del peripatético aventurero José Luis de Vilallonga, IX marqués de Castellbell, Grande de España, que consideraba a “Macoco” su maestro. Durante esos años, devenido en empresario, nuestro playboy se favoreció con algunos negocios de los que fue intermediario.

El tiempo, que también puede llamarse olvido, en su inapelable sucesión va simplificando y suavizando algunas cosas. El admirablemente arbitrario George Bernard Shaw, pensaba que a la larga todo resulta humorístico. Es cierto, quizá lo que hoy vivimos con cierto patetismo, un año después lo recordamos con una sonrisa. Algunos sucesos dramáticos que protagonizara el prodigioso “Macoco” se ven ahora dulcificados, ajenos a cualquier forma de dramatismo. Es probable que nunca se le haya pasado por la cabeza que llegaría a ser un personaje de novela. ¿Y quién puede discutirnos ahora que no lo fue? Con sus andanzas, don Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué construyó un mundo espléndido, bien a lo grande, como correspondía a su hidalguía; tal vez hubiera podido decir con Oscar Wilde, que puso “todo el genio en su vida y apenas algo de talento en su breve obra”. No dudo que “Macoco” habría asombrado al autor de El retrato de Dorian Grey, sobre todo porque fue un artista de la vida, un auténtico artista de la vida.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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