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ENSAYO

Mercedes Targa: El valor de la memoria. De la cárcel de Ventas al campo de Ravensbrück

domingo 04 de junio de 2017, 19:19h
Mercedes Targa: El valor de la memoria. De la cárcel de Ventas al campo de Ravensbrück

Introducción de Mirta Núñez Díaz-Balart y prólogo de Elvira Lindo. Renacimiento. Sevilla, 2016. 336 páginas. 19 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

¿Es posible mantener la dignidad cuando todo a tu alrededor -de una forma brutal y sin posibilidad de respuesta- te la quita? El relato testimonial que Mercedes Núñez Targa (Barcelona, 1911-Vigo, 1986) ofrece en las páginas de El valor de la memoria. De la cárcel de Ventas al campo de Ravensbrück, demuestra que no sólo es posible sino que es la única fuerza capaz de hacer sobrellevar y sobrevivir a tales situaciones. En el relato de los horrores inimaginables (por mucho que creamos conocerlos a través del cine, la literatura o las artes) por los que pasaron Mercedes Núñez Targa y otras muchas mujeres, como prisionera de los nazis especialmente pero también en la cárcel de Ventas tras la derrota del bando republicano, es sobrecogedor; pero lo que más impresiona es ese prurito de dignidad más allá de todo heroísmo. La convicción de un ideal, la unión entre las presas y una actitud que -dice la cronista- “consistió siempre en rechazar la condición de víctimas y considerarnos combatientes” fue lo que las mantuvo en pie. Una actitud que las llevó a veces, incluso, a un impensable enfrentamiento con sus opresores, aun con la seguridad de que lo único que conseguirían sería el castigo más cruel. Mercedes Núñez Targa entendía, como otros muchos en esos años de concienciación obrera, que “no hay nada tan fuerte como la fraternidad de los que luchan juntos” -lástima que esa convicción, más revolucionaria que las armas, se haya ido diluyendo-. Igualmente inquebrantables fueron sus convicciones; desde los primeros tiros que oyó en el 36 se dijo que “ya no se podía ser neutral”, y con ese convencimiento terminó sus días. Por eso, ya en 1982, en una carta a José Sedano Moreno, escribe: “Me parece estupendo que alguien que no vivió aquello se interese por conocer esa negra página de la historia, más actual de lo que muchos creen”.

Dice de ella Elvira Lindo que es “una personalidad de la que se aprende”, y es cierto, aunque en ningún momento se muestre a sí misma como modelo de nada. Sólo quiere contar lo que vivió y lo que vio. Fue en la madrileña cárcel de mujeres de Ventas donde una compañera le rogó que, cuando saliera, escribiera para dar testimonio de lo allí vivido. Pero lo que no podía vislumbrar en ese momento es que lo que vendría después: su reclusión como prisionera de los nazis superaba hasta unos límites no creíbles lo sufrido en las cárceles españolas. “Pensábamos ser encerradas en una fortaleza, fusiladas, ¡qué se yo!, pero eso no. Aquello desbordaba todo el horror imaginable”. Con el relato de los dos años pasados en Ventas, la represión, la violencia, el odio, la incomprensión, la tortura… de un lado; y la solidaridad, fe, fortaleza, valentía, compañerismo… del otro, el lector siente perplejidad e indignación por hechos tan tristemente nuestros y cercanos, por mucho que el claroscuro haya eliminado los matices; pero su paso por los campos nazis desborda cualquier expectativa de horror, y así lo sintió nada más llegar al primero de ellos, el de Sarrebruck: “De todas las avenidas del campo llegan hacia nosotras seres humanos que parecen fantasmas, la imagen misma de la muerte: de una transparencia de larvas, caras como calaveras, todo ojos y dientes, cuerpos esqueléticos, manos descarnadas de difuntos, las cabezas esquiladas al cero, cubiertos de harapos. Son los prisioneros”. Y entre esos prisioneros -parece que en la imagen colectiva se nos olvida- hay madres con sus hijos, y embarazadas que deben ocultar su condición; y niños…

Increíblemente algunos sobrevivieron, como Mercedes Núñez Targa, pero lo arrebatado no regresa, y hay una herida que arrastrarán de por vida: “Tengo que vencer el miedo a volver a la vida normal, aprender otra vez, como una chiquilla pequeña, los gestos sencillos: pagar el alquiler, ir a la panadería a comprar el pan, saludar a un vecino; salir del gueto moral, del ‘yo no soy como los demás’”. Lo narrado tiene la fuerza de la verdad, pero además ese “verbo transparente y preciso tan propio de las mujeres de su generación”, como apunta Elvira Lindo; así que seguimos leyendo página tras página pese a la conmoción que inevitablemente provocan, y el estupor de tener que aceptar hasta qué grado de inhumanidad puede llegar el ser humano.

El volumen incluye, además, una selectiva documentación gráfica -fotografías, planos, documentos, cartas, dibujos…- de gran interés; una bibliografía panorámica -libros, artículos y entrevistas- de y sobre la autora y de las circunstancias históricas del momento; un glosario explicativo de los términos alemanes utilizados; presentación; introducción; y una biografía preparada por su propio hijo, Pablo Iglesias Núñez, y por Ana Bonet Solé, que completa su perfil. Por ella sabemos que Mercedes había recibido la educación de una señorita acomodada -piano, idiomas, estudios…-, que se emancipó pronto y vivió con entusiasmo el advenimiento de la Republica. Fue secretaria de Pablo Neruda cuando este fue cónsul de Chile en Barcelona, y sus ideas la llevaron siempre a la acción: se afilió en las Juventudes Socialista Unificadas, fue tesorera del Club Femeni i d’Esports, organizadora de las Olimpiadas Populares, afiliada a Amics del sol, que realizaban actividades relacionadas con la naturaleza; ejercerá labores burocráticas para la UGT, colaborará en la organización del PC en La Coruña; etc. Vivió hasta 1986, año en que seguía repitiendo: “Mi libertad es un mundo de justicia, donde todo el mundo pueda vivir, donde no haya guerras, donde no se comentan injusticias, donde nadie pase hambre. Eso, para mí, es la libertad”.

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