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ESCRITO AL RASO

Los feos de la 'ley mordaza'

David Felipe Arranz
lunes 05 de junio de 2017, 23:51h
Actualizado el: 06/06/2017 08:29h

Permítaseme que esta noche seamos un tanto antisistemas y hasta “podemitas”, como me llama mi querida María Fuster en las tertulias, a pesar de que sabe a ciencia cierta que no soportamos a Pablo ni a Alberto, el de la puñalada a la Izquierda. Y por qué a pesar de que ella nos reprocha que seamos de izquierdas, en medio de las calles muertas de Madrid proclamamos nuestra admiración hacia su fuerza, su amistad, en este barco desguazado que es junio, tan cargado de exámenes y escorado a la derecha por mor del Ejecutivo. Y en esta luz bamboleante que es la vida, las ideologías desaparecen cuando se trata de admirar al otro, en mitad de la herrumbre mundana, que es mucha, y de la corrupción de los partidos, que es más. María es la mujer obligada en la vida, el vestido estampado en verano manchando de vida las escaleras de un restaurante chipén. No hay derecho a que existan personas como ella porque caemos en la magia y desaparece lo provisional, la actualidad, para hacerse ceremonia de lo eterno. Y por eso sabemos que nos perdonará estos nocturnos de la mala hora.

Los artículos de la Ley de Seguridad Ciudadana que castigan los desplantes a la policía se encuentran entre los más aplicados: 22.627 son las multas impuestas desde su entrada en vigor en 2015 por faltas de respeto –precepto nuevo– a los agentes, una de las cuales es la nuestra. En total 13,5 millones de euros ha recaudado el Ministerio del Interior. Y les explicaré por qué algunos no tragamos a los maderos, de la misma forma que jamás contemporizaremos con un político, sea del partido que sea, o transigiremos con una injusticia, una falta o una villanía. Disculpad al ciudadano sorprendido que acude a una comisaría a denunciar con una grandísima amiga un robo del bolso y termina denunciado por el poli de guardia. Perdonad si denunciamos sus malas formas, su matonismo, sus modales de gimnasio poligonero y su cristalino analfabetismo. Omitid nuestra indignación cuando con ademanes chulescos el gendarme nos pide "soplar" en medio del atascazo de la Gran Vía yendo al volante, a nosotros o a nuestra novia. Nos encanta llamar novia a la novia, así, a contracorriente y sin servilismos de la ‘pareja’, que siempre nos ha parecido de un documental de La 2. De la misma forma, cómo nos gusta hacer el amor y no practicar sexo.

Con toda esa provisionalidad de los falsos “te amo”, el periodista escayolado de fracturas ve amanecer el alba discutiendo con la policía, mientras los malos matan, roban y violan. Los artículos 37.4 y 36.6 de la ley son a todas luces anticonstitucionales y algunas personas también lo son. Y especialmente apetecibles para los pies planos recién salidos del gimnasio somos los periodistas. Por eso nos solidarizamos con aquella muchacha que fue sancionada por llevar un bolso con la cara de un gato y las siglas A.C.A.B. –“All cats are beautiful”–, que también es verdad, siglas que juegan también con la frase “All cops are bastards”, o malditos bastardos que diría Tarantino. Un policía no puede ser juez y parte, ni una suegra, ni una prima, ni la madre que las parió. La entrada en vigor de la ley facilita que las fuerzas de seguridad tengan la potestad de imponer sanciones que antes les correspondían a los jueces. Porque todo es ambiguo y subjetivo, y porque encubre excesos y represiones, mentales y de las otras. Y porque a algunos no nos hacen callar mientras dispongamos de una tribuna como esta en los medios, libérrima e imparcial, que es como tener una máquina de escribir de urgencia en la mesilla de noche o incluso en el móvil, presta para los bandazos de la vida. La columna es la jofaina donde nos lavamos la sangre de la ley mordaza y nos desquitamos con esta lamparita del periodismo, en medio de esta atmósfera cada vez menos libre y más represora. Mucho cuidado con los cercenadores de libertades: lo amenazan a uno en cuanto opina. Desde el marido castrado a la hija encarcelada en la torre, mucha literatura se ha escrito al respecto. El ciudadano ejemplar o el obediente trabajador pertenecen también a esa especie del sofrito del delantal y el ritmo previsible. Qué tirón tan fuerte el de la libertad de palabra, el de la independencia, el de transitar por el paso elevado que se ve mientras en el lago, abajo, quedan flotando los cuerpos muertos y uniformados de nuestros perseguidores de pensamientos.

Por eso lo mejor es acrecentar su ira totalitaria con la arquitectura honrada de la opinión y el pantagruelismo periodístico. Mientras las “autoridades” se (des)realizan en el (in)cumplimiento del deber, nosotros nos damos al manojo de este nirvana que es decir lo que se nos antoje. Y remodelar con el desnudamiento de la experiencia el hierro precario de quienes pretenden amordazarnos… desde arriba y tan cerca, a veces, con un número limitado de expresiones. Merece la pena irritar a los totalitarios domésticos y de los otros: es todo un espectáculo. Por cierto, observen un detalle con respecto a aquellos que quieren cortarles las alas de su libertad de expresión: casi siempre son pupilos verdaderamente feos. ¿Crees que es una mera coincidencia, Amore?

@dfarranz

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