Ahora que Pablo se ha puesto chaqueta y anudado la corbata en esta sofocante angostura del estío, porque quiere así dar la imagen de “presidenciable” –muchos pactos en lontananza y una moción de censura a nuestro presi–, Pedro, el hombre-traje, sigue buscando su acta de diputado, ya que la arrojó por la ventana de Ferraz en octubre para no votar contra la decisión del comité federal de abstenerse en la investidura de Rajoy, pues ella –la gestora– quería que pudiésemos vivir todos en plenitud una era pepera, un ciclo geológico, un estrato prehistórico con sus dinosaurios y sus luisdeguindos, jorgemoragas y andreaslevy. Qué infinito placer…
Hasta ahora ningún socialista se ha sentado con Pablo, que con la que está cayendo en Carrera de San Jerónimo a las tres de la tarde se pone la chaqueta morada y la voz de político serio, lo cual equivale a decir que la moción de censura va a fracasar. Va a ser poco menos que imposible que el electorado del PSOE entienda –otra vez le piden que entienda que el rojo se ha vuelto azul Génova– la abstención en esto: las palanganas para el lavado de manos llegan a la sede socialista en la última furgoneta y hay una que tiene escritas las iniciales de J.F., que es el que más enjuagues y abluciones hace con Mariano. Los seniors le dan a la conversa en el patio, que si podemos o no podemos. En diciembre de 2015 Pablo no quiso apoyar al PSOE ni a Albert y le guardan rencor: ahora sí, porque Pablo ha ido creciendo hacia adentro, pasando de púber de la Complu a hombre de la arena política: un estadista que se inspira en el Gobierno portugués. Pero ahora se parece a Michael Jackson y no parece muy serio, por mucho que su madre le diga que mejor con chaqueta, como él mismo ha revelado cuando los chicos de la prensa le han preguntado por su cambio de look.
Él sabe que la moción fracasará porque no le salen las cuentas de los votos, mucho menos con Pedro en el burladero, de ahí que sus intenciones de mañana sean tan falsas. Loables son sus propuestas de que el Parlamento vote al fiscal general del Estado, sus medidas anticorrupción o se apruebe una ley contra las puertas giratorias. Pero hay en él esa certeza de lo improbable, algo tan convencional y tan inverosímil como en su oponente: Mariano el hermético, hombre sólo para unos pocos que holgazanean en Génova, presidente que se diluye poco a poco en la queja nacional, que es donde se marchita toda cuita, toda crítica, toda reclamación: en la inacción y el dontancredismo. Mariano Rajoy, un presidente que responde al desafío soberanista catalán con respuestas de un niño de guardería y cuya cúpula se puso en contacto –en privado– con los dirigentes de Ciudadanos para averiguar por dónde iban las indagaciones de la comisión de investigación en el Congreso, un acuerdo al que Mariano llegó con Albert en agosto del año pasado y que, en virtud de su incumplimiento, hace ahora imposible el bucolismo de su relación, por más que Albert vaya detrás de su sillón. Como Pablo. Como Pedro. Como todos, todas y tod@s, libros y libras, coches y cochas, Irenes e Irenas, Sorayas y Sorayos que se acercan hasta la calle Génova en busca del momio.
El coordinador general del PP, Fernando Martínez-Maíllo ha amenazado a la oposición con que ellos también los van a investigar, lo que ocurre es que levantan la tapadera y los efluvios de la fosa séptica los golpean a todos. Mariano lo contempla todo desde su indiferencia imperial mientras la vanidad de Pablo se desvanece en el hemiciclo, porque es un ángel caído de alas débiles tratando de pinchar con el tridente a un mastodonte de derechas. Y se crea una imagen barroca, como de elipse, donde las cien medidas básicas anticorrupción son lo de menos, porque su balance, un año después, es el de la filfa, el engaño, la tomadura de pelo de Mariano a propios y extraños. Esa mala memoria…
Lo mejor de todo, con esta hediondez de junio emergiendo de las cloacas del Estado, es que el ciudadano español, ceñudamente, no cambiará su parecer sobre las cosas con esa elementalidad tan suya, mientras las culebras salen a la calle. La coctelería de Del Diego es formidable. Les recomiendo el gimlet y el julepe de hierbabuena: el sábado hicimos los honores a esa magia convulsa, fanática y dialéctica de las noches de Madrid, entre la literatura, el periodismo y el cinematógrafo, hasta que echaron la trampilla. Como les sucedió en su día a Anne Sexton y Sylvia Plath –deliciosa la obra El techo de cristal de Laura Rubio y finísima su reciente publicación en Ediciones Antígona–, la noche se mueve. Porque las geografías de la cultura a unos cuantos nos salvan; muy a tu pesar, presidente.
@dfarranz