La Asociación de exDiputados y exSenadores de las Cortes Generales me invitó, el pasado viernes 9 de Junio, a pronunciar unas palabras en un acto conmemorativo de las primeras elecciones democráticas. Tuve el honor de participar junto con otros tres constituyentes, Rodolfo Martín Villa, Landelino Lavilla, ambos entonces ministros del Gobierno de Adolfo Suárez, y Alfonso Guerra, entonces secretario de Organización del PSOE, elegido por la provincia de Sevilla. El acto fue en el Congreso de los Diputados, presidieron su presidenta, Ana Pastor, y el presidente del Senado, Pío García Escudero, e intervinieron también los representantes de la Asociación, Fernando Sanz, secretario general, y Juan Van Halen, su presidente.
Yo me referí a lo que hicieron el Senado y los senadores de aquel tiempo constituyente, y como comenté a varios que me escucharon, mis enfoques políticos actuales deben más a Groucho Marx que a otros autores acreditados.
Estas fueron mis palabras:
“Pensaba yo en mi casa, al redactar este texto, si tiene algún significado que estemos aquí tres senadores constituyentes por un sólo diputado de aquella Legislatura. Bien es verdad que Landelino y Rodolfo, aunque ambos tengan filiación cristiana y democrática, han sido menos monógamos que Alfonso y que yo en lo que reza a fidelidades de Cámara, e incluso de Partido político, de manera, Alfonso, que nosotros dos tenemos segura la salvación eterna por no haber caído en la apostasía política, una inclinación propia de este tiempo de sustituciones de pareja, de ideología, e incluso de peluquero.
Impulsado de ese “algún significado” voy a hablar del Senado constituyente y de algunos senadores de aquel tiempo. No es memoria histórica, sino tan sólo historia; por comparación, un modesto saber que resulta de leer las actas y diarios de sesiones de las primeras Cámaras parlamentarias.
Seré breve, porque la historia es el cuento de nunca acabar, y escogeré dos momentos estelares de aquel Senado.
Para empezar aquel Senado tenía casi los mismos poderes legislativos que el Congreso de los Diputados, como constaba en la Ley de la Reforma política de 4 de enero de 1977.
Sin embargo, los 207 senadores electos y los 41 senadores reales no tenían todavía Cámara propia. El Palacio de la plaza de la Marina española, la más antigua sede parlamentaria de España, que había servido de sede del partido único del dictador, tardaría aún tiempo para que sea rescatado de su sino por los representares de la soberanía nacional. Hasta entonces, el Senado se reunió en una sala del segundo piso de este edificio, propio de diputados, e impropio de damas y caballeros que efectivamente éramos la Cámara Alta, es decir, la que está en el piso de arriba del Congreso.
Salvo en la calidad del mobiliario, el Senado se constituyó con las mismas trazas que el Congreso de los Diputados. A la hora de formar la mesa de edad de una y otra Cámara, la verdad, tuvo mala suerte el Gobierno de Adolfo Suárez, sobre todo de cara a los sectores ultras del franquismo, vigilantes de los símbolos de lo que se venía encima: la mesa de edad del Congreso contaba con dos comunistas, Dolores Ibárruri y Rafael Alberti, los veteranos, y con dos socialistas, Andrés Eguibar y Josep Pau, los más jóvenes; en cuanto al Senado, los de mayor edad fueron, Manuel de Irujo, nacionalista vasco y ministro con el gobierno de Largo Caballero, y Justo Martínez Amutio, socialista, colaborador de don Francisco Largo y comisionado en la elección de don Manuel Azaña a la presidencia de la República; en cuanto a los de menos edad, un regionalista canario, Miguel Cabrera, y un socialista por Burgos que fui yo.
Veteranos y jóvenes éramos gente educada y seguro, como así fue, que nos pusimos corbata los varones y que la Pasionaria impresionó por su señorial porte, pero aún así una norma gubernamental dispuso que presidirían las mesas de edad el diputado y el senador que antes entregara el acta en la oficina de las Cortes recién elegidas.
Por supuesto resultó que Modesto Fraile y Rafael Calvo Ortega llegaron los primeros a entregarla, ambos elegidos por la cercana y poco poblada Segovia, y con aquellas carreteras radiales ni con un Ferrari se les podía dar caza, de modo que cundió la tranquilidad en las filas gubernamentales, al saber que la geografía y la demografía estaban de su parte.
Fueron elegidos Fernando Álvarez de Miranda y Antonio Fontán presidentes del Congreso y del Senado, pero estaban en una forzosa interinidad. Ambos presidentes -que aprovecho para rendirles homenaje en su recuerdo-, aparecen así en los Diarios de Sesiones de aquellos días: “el presidente interino del Congreso o del Senado”.
Las Cámaras carecían de Reglamentos. Funcionaban con unas “Normas provisionales de la presidencia de las Cortes”, redactadas por “el presidente de las Cortes”, don Antonio Hernández Gil, un eminente jurista que no concurrió a las elecciones y que fue designado “senador real” por el rey, el mismo que lo nombró para presidir aquellas Cortes por un real decreto.
Su cargo es la expresión perfecta de la dualidad del momento: legalmente estaba por encima de los presidentes electos de las Cámaras.
Como se ha visto, la versión según la cual la transición estuvo controlada y programada, debe referirse tal vez a que los diputados y senadores fuimos todos, sin faltar ninguno, a la Carrera de San Jerónimo, para hacer las cosas propias de nuestra condición, o tal vez se refiera a que ese día, cuando todo comenzó, fue nada menos que el 13 julio, miércoles, que como es sabido en el santoral se venera a san Esdras y san Silas (¡san Landelino de festeja el 15 de Junio, como acaba de informarme el amigo Lavilla!) la prueba definitiva de nuestra sumisión colectiva a la ley del candado constitucional. (continuará).