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ENSAYO

Adam Zagajewski: Releer a Rilke

domingo 18 de junio de 2017, 17:52h
Adam Zagajewski: Releer a Rilke

Traducción de Javier Fernández de Castro. Acantilado. Barcelona, 2017. 80 páginas. 10 €. El flamante Premio Princesa de Asturias de las Letras nos ofrece un breve pero especialmente luminoso acercamiento a la seductora figura y obra del autor de "Elegías de Duino". Dos grandes poetas frente a frente. Por Carmen R. Santos

No hace mucho, Acantilado publicó una monumental biografía de Rainer Maria Rilke, en la que su autor, Mauricio Wiesenthal, ofrecía un completísimo y original acercamiento a una figura con mucho de errante y marcada por las contradicciones. Acuciado por la incesante búsqueda de la belleza, Rilke consiguió atraparla finalmente en ese prodigio poético que es Elegías de Duino, cuya escritura comenzó en 1912, en el castillo de la princesa Marie von Thurn and Taxis-Hohenhole, una de las amigas y protectoras del poeta. Y si esta biografía resulta imprescindible, no lo es menos Releer a Rilke, que nos llega de la mano de otro insigne escritor, el polaco Adam Zagajewski, galardonado con numerosas distinciones, la última el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017, fallado recientemente este mes de junio.

En su acta, el Jurado destacó que “la poesía de Zagajewski -así como sus reflexiones sobre la creación y su intenso trabajo memorialístico- confirma el sentido ético de la literatura y hace que la tradición occidental se sienta una y diversa en su acento nativo polaco, a la vez que refleja los quebrantos del exilio. El cuidado por la imagen lírica, la vivencia íntima del tiempo y el convencimiento de que tras una obra artística alienta el fulgor, inspiran una de las experiencias poéticas más emocionantes de la Europa heredera de Rilke, Miłosz y Antonio Machado”.

No por azar se señala al poeta, novelista y ensayista Adam Zagajewski como excelso representante de la Europa heredera de Rilke, al que dedica este trabajo, breve pero iluminador, con agudas observaciones sobre la producción rilkeana, y que sirve, a la vez, para comprender mejor la propia obra de Zagajewski, aparecida en español en Acantilado -Deseo, Dos ciudades, En defensa del fervor, Solidaridad y soledad, entre otros títulos-, sin olvidar En la belleza ajena y Poemas escogidos, en Pre-Textos.

Zagajewski recuerda la primera vez que entró en contacto con la poesía de Rilke, cuando, todavía siendo estudiante, compró un “estilizado y elegante ejemplar” de las Elegías de Duino, que empezó a leer ávidamente “en mitad de la calle inundada por el monótono estruendo de una perezosa tarde comunista”, y el impacto que le produjeron sus “mágicas frases”: “La calle desapareció de repente, se evaporaron los regímenes políticos, el día se volvió intemporal, me topé con la eternidad y la poesía despertó. Este delgado y elegante librito pasó a ser una joya en mi biblioteca, entonces modesta comparada con la de mis padres”.

Este poemario rilkeano hizo cambiar sus hábitos lectores, pues, confiesa Zagajewski: “En aquella época era un adicto a las gruesas novelas rusas que conseguía en la biblioteca municipal. La propia estilización de las Elegías me hizo plantearme el peso de la palabra: si un volumen tan fino podía contener tanta trascendencia, ¿para qué cargar con el peso de la épica?”

Recalca Zagajewski, que vino al mundo en Lvov, hoy Ucrania, se crió en Silesia y en Cracovia, se estableció un par de años en Berlín y después en París y Estados Unidos, donde impartió clases en algunas de sus universidades -es así en buena medida también errante como Rilke-, que el autor de Sonetos a Orfeo llegó justo después del gigante Goethe, a quien no le va a la zaga, aunque sus vidas y personalidades fueron bien diferentes. Ya en el comienzo de su ensayo, Zagajewski caracteriza perfectamente a Rilke como “un modesto poeta sin hogar, nacido en la periferia del Imperio Austrohúngaro, un artista que hubo de inventarse unos ancestros y que reivindicó un linaje aristocrático -reivindicación al parecer altamente dudosa-, un introvertido amante de la soledad y alguien que, sobre todo en sus últimos años, no se mostró particularmente interesado en publicar y hasta el final de su corta vida fue conocido únicamente por un reducido número de iniciados”.

Características que no dejan de entrañar paradojas, que recoge Zagajewski. Rilke fue un solitario pero no hizo ascos a la vida social ni a mujeres no precisamente discretas, como Lou-Andreas-Salomé, con la que mantuvo un apasionado idilio cuando él tenía veintiún años y ella treinta y seis. Rilke, como pocos, contó con tantos admiradores como detractores, y muchos insistieron en verlo “como un gorrón, un arribista social medio ridículo, un esnob que impresionó a un gran número de princesas y marquesas con su distinguido saber estar…, pero también con sus escritos”. En esto último radica quizá el quid de la cuestión, pues, como subraya Zagajewski, “el aspecto más fascinante de su biografía es la férrea determinación de Rilke a esperar que las Elegías de Duino visitasen su mente poética”. Rilke, “el artista puro”, el poeta que cuestiona la Modernidad, por prosaica y chata, el autor de las Elegías, ese “bosque encantado” poblado de los ángeles rilkeanos. Claro que, leemos en su segunda elegía, “todo ángel es terrible”. Seductor Rilke y seductora esta propuesta de Adam Zagajewski, privilegiada herramienta para toda lectura-relectura del escritor praguense. Dos grandes poetas frente a frente.

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