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Ante el fracaso de “un mundo sin drogas”. ¡Legalización!

Lucía Nieto
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lnietoelimparciales/7/1/7/19
martes 01 de julio de 2008, 22:06h
En 1998, la ONU decidió eliminar o reducir significativamente el cultivo ilegal de la hoja de coca, del cannabis y de la adormidera para 2008 y, un claro ejemplo del despliegue estratégico de esta máxima, lo encontramos en el Plan Colombia. El Plan Colombia: Plan para la paz, la prosperidad y el fortalecimiento del Estado, se diseñó en 1999 en la Casa de Nariño por sugerencia de la Casa Blanca, siendo presidente Andrés Pastrana.

Es el 2008 el año señalado para el cumplimiento de la meta establecida por Naciones Unidas, año que nos sitúa en las puertas del cumplimiento de una década de la aplicación del Plan Colombia, es por tanto necesario detenernos un minuto y hacer un balance de logros y beneficios, que dé señales sobre los derroteros a futuro de la lucha antidrogas a nivel mundial y que permita trascender de la retórica como condicionante de las decisiones políticas en este tema. Ha de ser este un laboratorio, una experiencia -el Plan Colombia- que no puede ser desechada, muchas vidas han ido quedando en el camino y muchas otras podrán ser rescatadas si aprendemos algunas lecciones de sus resultados.

Lo que hace 10 años se anunciaba como un macroplan para el fortalecimiento institucional del estado colombiano, con un gran componente en justicia, derechos humanos y política social y una estrategia de paz con las guerrillas, que no podía estar ajeno al problema del narcotráfico, por lo que propone una estrategia antinarcóticos que pretende combatir todos los componentes del ciclo de las drogas ilícitas -cultivo, producción, distribución, comercialización, consumo y lavado de activos-, en asocio con los distintos países comprometidos en esta cadena de producción, haciendo un llamado al principio de corresponsabilidad de la comunidad internacional para un tratamiento adecuado del problema de la droga. Ha sido realmente una estrategia integral de cooperación bilateral Colombia-Estados Unidos, cuyo principal objetivo es la superación de la amenaza narcoterrorista, suponiendo que el logro de este objetivo traerá consigo y de manera natural el fortalecimiento de la democracia y los Derechos Humanos, así como la mejora de las condiciones sociales y económicas de los grupos de población más vulnerables.

En estos últimos 9 años se ha contado con una multimillonaria asistencia en seguridad de Estados Unidos a Colombia, los dineros invertidos han sido del orden de los 15.000 millones de dólares de los cuales cerca del 64% han sido esfuerzo fiscal colombiano. De estos dineros el 58% se ha destinado a la lucha contra las drogas ilícitas y el crimen organizado, 26% a fortalecimiento institucional y 16% a reactivación económica. El Plan Colombia se propuso como meta en seis años, a partir de 1999, reducir en un 50% el cultivo, el procesamiento y la distribución de la cocaína, pero los resultados de la aplicación de esta estrategia en la disminución de la producción no pueden ser más decepcionantes. La producción total en Colombia se ha disminuido de 2001 a 2006 en 7 toneladas -de 617 a 610 toneladas- y la producción total en Colombia, Perú y Bolivia ha pasado de 827 toneladas en 2001 a 984 toneladas en 2006, un aumento de 30 toneladas. A pesar de ser cierta la afirmación de una disminución de cerca del 46% del número de hectáreas sembradas de coca, lo evidente es el aumento de la productividad, situación corroborada por la estabilidad de los precios del clorhidrato de la cocaína tanto en Colombia como en las calles de Nueva York.

En América Latina, los 8 años que llevamos del siglo XXI dejan ver que el narcotráfico se ha expandido y que ha contribuido sustancialmente al aumento de la criminalidad, generando corrupción, violencia y desestabilización política. En la medida en que aumenta la delincuencia, la autoridad de los gobiernos disminuye en amplias zonas, creándose áreas vedadas a la policía en las que se imponen los barones de la droga estableciendo para-estados. La región de México, Centroamérica y el Caribe, región de trasbordo de la droga y de refugio de organizaciones criminales, ha sido inundada con grandes cantidades de dinero proveniente del narcotráfico con las esperadas consecuencias de corrupción y narcoviolencia. La desestabilización de la región andina es preocupante, además de los narcoestados han surgido, entre muchos otros, graves problemas fronterizos, cada vez de más difícil solución.

El laboratorio Plan Colombia hace evidente el fracaso de la estrategia de ilegalización. A día de hoy la producción y el consumo siguen básicamente igual que hace una década, engordando los bolsillos de los narcotraficantes como únicos beneficiarios, y las consecuencias de la invasión de la cultura narco por toda América Latina no pueden ser más aterradoras. Hay que parar esta bola de nieve, aceptemos la liberalización del consumo, y comprometámonos con una salida viable para la legalización, transformando una causa de desestabilización mundial en un problema de salud pública manejable, se trata de pasar de la lógica del mercado a tratar a los adictos como pacientes, se debe actuar con valor e imaginación para superar la ignorancia, el miedo y los intereses que sostienen esta guerra, como insiste Ethan Nadelman -Director de la Alianza para las Políticas sobre las drogas de USA-.

Lucía Nieto

Investigadora de la Fundación Ortega y Gasset

Lucía Nieto es investigadora de la Fundación Ortega y Gasset.

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