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TIRO CON ARCO

La solemnidad

Dani Villagrasa Beltrán
domingo 02 de julio de 2017, 19:46h
Actualizado el: 07/09/2017 18:46h

Soy muy sensible a la solemnidad. En cuanto alguien necesita ponerse solemne para decir cualquier cosa, yo estoy casi seguro de que está mintiendo. La verdad, la naturalidad, la ligereza: todo eso va junto. Esta semana, varios medios de comunicación emitían un vídeo grabado con un teléfono móvil. Muestra a una miliciana kurda apostada como francotiradora en una ventana de la ciudad de Raqqa, donde combate al Estado Islámico. En un momento dado, una bala de los yihadistas pasa rozándole e impacta contra la pared, a escasos centímetros de su cabeza. Con un movimiento instintivo, la miliciana se agacha riendo una risa refleja y se muerde la lengua mirando a las otras personas en la habitación, que están fuera de plano, como diciendo, uf, casi. Me encanta pensar en esa risa que no ha pasado por el intelecto, que ha brotado natural de su cuerpo que había entendido, antes que ella, que la muerte había pasado de largo esta vez. Me da igual que sea un vídeo propagandístico y que casi toda la información desde la primera línea del frente de batalla lo sea. Lo vería una y otra vez sin cansarme. En ese instante está toda la fragilidad de la vida, el impulso de esa joven de moverse hacia la risa por un instinto muy primario, algo profundamente distinto del fanatismo al que combate, con todo su miedo y su solemnidad.

Hay un conducto subterráneo que va desde el miedo a la solemnidad, a lo serio, a lo mortuorio. Yo, que he sido un niño más bien solemne, nunca me he llevado bien con las fechas señaladas, los grandes acontecimientos, los rituales demasiado envarados, etcétera. A mí, si hubiera estado en el lugar de esa miliciana, seguramente no me hubiera brotado la risa, para mi desgracia. Porque el primer impulso del instinto es el que suele valer, el que nos guía a lo largo de la vida. Hay personas cuyo primer instinto, cuya buena constitución, les permite estar siempre a la altura de la circunstancias, sean cuales sean.

Llegan las fechas solemnes y con ellas la obligación de estar a la altura. Las grandes efemérides que marcan la historia del país y que nos ponen delante del espejo. Hay que mirar atrás y ver quién somos. Suele ser desagradable, si no hay buenos fundamentos. He detectado en la prensa una gran tendencia a la solemnidad, en lugar de la naturalidad, y, como digo, eso me hace pensar en el miedo. Reaparece el miedo, que estaba, también, en esa primera votación de la actual democracia, hace ahora cuarenta años.

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