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POESÍA

Francisco Brines: Entre dos nadas. Antología consultada

domingo 16 de julio de 2017, 16:34h
Francisco Brines: Entre dos nadas. Antología consultada

Prólogo de Alejandro Duque Amusco. Renacimiento. Sevilla, 2017. 360 págs. 14,90 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

“Somos un paréntesis entre dos nadas”, dijo en una entrevista el poeta Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932), Premio Reina Sofía en 2010. Una afirmación que define como ninguna otra la esencia de su propia obra; y Entre dos nadas. Antología consultada es el título escogido para esta nueva ventana por la que el lector puede asomarse a la dilatada trayectoria de una de las voces más personales de la poesía española de la segunda mitad del XX. La poesía de Brines parte de una mirada reflexiva, penetrante, que no puede dejar de observar que toda vida, toda realidad -física y emocional- trae indefectiblemente la semilla de la degradación, de la corrupción que finalmente devendrá en la muerte y en la nada. Una nada que no es “carencia”, ni “reverso de la luz”, ni “silencio”, ni siquiera esa “imposibilidad” del concepto de Dios; una nada que, en todo caso, sentiremos como un frío en nuestra carne, pero que no afirma ni niega la existencia.

Francisco Brines ha declarado que la suya es una “cosmovisión de la vida como pérdida”, de ahí que la conciencia de la inevitabilidad del tiempo sea el elemento que perfila de principio a fin su poética. No la meditación sobre su fugacidad, al modo clásico del ubi sunt, sino la constatación de su ineludible presencia en todo ser, sentimiento o acontecimiento desde el mismo momento de su existencia. La luz y las sombras, en todas sus formas y metáforas, son un escenario constante, explícito y profundo, en todos sus poemas; y de ahí que en una de sus composiciones, a modo de poética, afirme: “Así uní las palabras para quemar la noche / hacer un falso día hermoso, […] mas no supieron separar la lágrima y la risa”, / pues eran una sola verdad”. El amor, el que trasciende lo físico, más allá del simple goce de los cuerpos (“los encuentros del cuerpo, sin amor, / sólo son actos de tinieblas”) es otro de los temas fundamentales en la obra del poeta, al sentirlo como el gran impulsor de vida y de poesía: “Hacer el amor, hacer el poema: dos formas, para Brines, de una misma intensidad” -escribe Alejandro Duque en el prólogo-; aunque no por ello es invulnerable a las sombras ni a la pérdida.

Todo ello con una poética desolada, de una buscada aridez que atrapa por su “intensidad y emoción”, dos adjetivos con los que Duque identifica la poesía de Francisco Brines; y que el propio autor confirma: “La poesía, tanto en quien la hace como en quien la recibe, es primordialmente un acto de intensidad; cumple, pues, una función exaltadora de la vida”. De ahí esa unión indisoluble entre desolación y fuerza vital (“Mas hoy, junto a los templos de los dioses, / miro caer en tierra el negro cielo / y siento que es mi vida quien aturde a la muerte”); unión que provoca la arrolladora e inesperada fuerza de sus imágenes, como las del impresionante poema “El santo inocente”, que concluye: “El hombre es esto: / alguien que, sin amor a un niño, / lo eleva a los altares / para crear la fe; / y luego, arrodillado gime. / El hombre es esta carne marchita y negra, / una débil razón / y un sentimiento frágil. / Si existe Dios asumirá el fracaso”. O la expresionista y cargada de plasticidad de la mirada de un perro (similar a aquella del Libro de Sigüenza de Gabriel Miró) que entre varios matan a pedradas: “su vida que escapa por los abiertos ojos / cada vez más abiertos / porque la muerte le obligaba, con su prisa iracunda, / a desertar de dentro tanta sustancia por vivir, / y por el ojo sólo tenía salida”.

Y todo ello, también, con un lenguaje tan trabajado, depurado y sencillo que oculta con perfección todos sus engranajes, porque “la verdad -dice- es humilde y es sencilla”. En definitiva, Entre dos nadas es un libro para abrirse a él y dejar que te duela su descarnada belleza: “Y hemos aceptado esta dichosa aventura / oler una flor del campo, / acariciar con temblor un cuerpo amigo, / ver las sombras abatirse diariamente sobre la tierra”.

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