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NOVELA

Amélie Nothomb: El crimen del conde Neville

domingo 30 de julio de 2017, 15:58h
Amélie Nothomb: El crimen del conde Neville

Traducción de Sergi Pàmies. Anagrama. Barcelona, 2017. 113 páginas. 14,15 €. Libro electrónico: 9,49 €.

Por Daniel González Irala

Sobre hasta qué punto somos fieles a nuestros principios o prejuicios bromea este texto de Amélie Nothomb, narradora nacida en Kobe (Japón), criada en Bélgica y que actualmente reside en París, que hace suya la tradición estética cultivada desde el teatro del británico por Oscar Wilde, a quién debe algo más que el título, cuyo original El crimen de lord Arthur Savile es más un homenaje lleno de comedia, tragedia, amor y humor, no sólo al personaje, junto a la crítica que hace a cierta aristocracia rancia y encorsetada a la que le viene todo dado, y que salva sus penurias heredadas (también las económicas) “matando” el tiempo.

Subvirtiendo códigos a través de la metaliteratura, de nuevo la autora recurre con economía de medios, pero no de tono, a una excentricidad que no pasa de moda por más que se obceque en ser cruel, desde el uso de un narrador en tercera persona poco identificado que se pega a Henry y su hija en los diálogos de una manera magistral y que va de la sonrisa a la carcajada. El hecho de haber escogido a Pàmies para su traducción, también novelista en este caso catalán muy ligado a ese afán que también practica Quim Monzó entre otros, resulta todo un acierto en tanto en cuanto notamos que ambos se divierten de lo lindo escribiendo, haciendo y deshaciendo.

Henri, casado con Alexandra (mujer a la que varios de los asistentes a sus garden parties le propinan mejores piropos que cuando tenía veinte años), acude a una vidente para encontrar la solución a su situación financiera, pues no sabe si vender o no su casa. Antes de irse de allí, la vidente le dice que en breve se cometerá un asesinato y que él será su autor.

Leyendo algunas de las entrevistas de Amélie Nothomb en prensa y conociendo parte de su carácter autodestructivo, la novela podría leerse como un himno para insomnes irredentos en tanto en cuanto Henri Neville parece sentirse mirado con lupa por sí mismo y abrumado ante su hija Sérieuse, que siente sobremanera estar perdiendo ya con doce años la labilidad de su extrema inteligencia, notando cómo el frío del mundo se apodera de algo que, para colmo, cree que ha heredado de su padre. A la vez, la niña tiene un complejo de Electra que le ha hecho tener que ponerse a leer a todos los clásicos de la biblioteca sin encontrar respuesta ni solución a sus problemas.

El acierto para el lector en este sentido es comprobar cómo las lecturas de su padre son impostadas, de tal forma que si vemos meter la pata al pobre hombre con Patrick Modiano, cuáles no serán los errores con personajes clásicos como Ifigenia, Antígona, y hasta algunos bíblicos como Isaac… la verdad es que bastante tiene el hombre con aprenderse las listas de invitados insustanciales a los que pudiera parecer que les da igual ocho que ochenta.

Además de poco leído, aspecto que podría hacerlo hasta más identificable a un público no erudito, el narrador nos define ya en las primeras páginas al protagonista con la siguiente frase: “La gente debía tener vivencias, Neville era alérgico a este vocablo tan ridículo como pretencioso”.

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